10 Dic

Una comedia nocturna y maternal

Basado en hechos reales.

Me despertó un intenso olor a agrio. Al principio, traté de resistirme a abrir los ojos, pero el hedor, que aleteaba junto a mis fosas nasales con la persistencia de un insecto, me obligó a hacerlo. Madre mía, pero qué peste, pensé. A tientas, busqué el móvil y comprobé la hora. Las cinco. Él dormía plácidamente en el lado derecho de la cama, con un ligero tembleque en el párpado y la almohada agarrada por debajo, ajeno a todo como de costumbre. Junto a su cuerpo húmedo de calima, el bebé pataleaba con decisión sobre el arrullo, como si hiciera aspavientos. Te has hecho caca, ¿a que sí?, pregunté en voz baja sin esperar respuesta alguna. Vale, pero no hagas ruido, ¿eh?, que papá tiene que levantarse en una hora, dije, una vez más para mí misma. Me incorporé entre suspiros que se confundían con bostezos, cogí al bebé en brazos y me deslicé a su habitación con la misma habilidad de un ninja en plena noche. La lámpara del techo hacía ruido. A ver si tu padre arregla eso de una vez, mascullé mientras desvestía al pequeño con los ojos aún medio pegados. Luego, cuando abrí el pañal y retiré sus piernecitas, no pude evitar que se despegaran de golpe. Pero hijo mío, ¿tú qué es lo que comes para cagar así? ¡Qué barbaridad!, exclamé al dar cuenta del pastel, de unas dimensiones y un espesor inéditos hasta el momento. Fueron necesarias tres toallitas para neutralizar semejante bomba radioactiva. Las tres últimas que quedaban, para ser exactos. Y menos mal, me dije, porque a estas horas se iba a poner a lavarte el culo con agua y jabón Rita la Cantaora. Pero el karma. Ay, el karma. Acababa de ajustarle al bebé el adhesivo izquierdo del pañal limpio, cuando de repente, un ruido como de piedras que se despeñaban colina abajo me puso frente a la cruda realidad: el jodío se había vuelto a cagar. Y encima no me quedaban toallitas. ¡Joder! De nuevo, cargué al bebé en brazos y, a oscuras me dirigí al baño para llenar su cubito de agua. Pero, como por lo visto, había sobreestimado mis habilidades como ninja, tropecé y se me derramó la mitad. ¡Joder! De nuevo en su cuarto, dejé al bebé sobre el cambiador, le desabroché el pijamita, le quité el pañal sucio y tal como me di la vuelta para coger uno limpio, oí otro ruido. Esta vez, como de arroyo discurriendo por una ladera. O de pipi discurriendo por un cambiador y cayendo en cascada hacia el suelo, que también. ¡Joder, joder y joder! ¿Se podía tener peor suerte?

Y a todo esto, papá sin inmutarse. Puta vida…

19 Nov

Los malotes de novela

Los malotes.
Los gamberros.
Los tíos de alma atormentada que huelen a peligro a un kilómetro de distancia.
Los empotradores que tienen el súperpoder de hacer que se te caigan las bragas sólo con mirarte.
Los que te dicen “nena” con la voz ronca.
Eso está muy bien en la ficción, pero en la vida real lo que nos gusta a las mujeres son los hombres sencillos.
Accesibles.
La buena gente.
Sin poses ni pasados oscuros.
Que entenderlos no sea más complicado que completar el puto cubo de Rubik, por favor.
Que no haya que jugar a las adivinanzas.
¿Por qué no me contestas el puto mensaje si te has conectado a WhatsApp hace un minuto?
Ni a deshojar la margarita, que ya estamos todos creciditos, gracias.
Queremos versiones masculinas de nosotras mismas.
Hombres con capacidad de comprensión.
Con sentido del humor.
Buena conversación.
Tolerancia.
Civismo y educación.
Con las cosas claras.
Que actúen en consecuencia.
Capaces de darte mandanga de la buena y llorar al mismo tiempo.
O ¿qué pasa? ¿Que los héroes no lloran?
Que disfruten con las cosas pequeñas.
Que sueñen con las grandes.
Que compartan.
Que se abran y te abran.
Hombres normales.
Porque normalidad es igual a follabilidad.
Aquí y en la República China Popular.
Con tantos defectos como nosotras.
Porque de la perfección hay que desconfiar.
Y lo de la voz ronca, hacednos caso, nos la trae al pairo.

09 Nov

Pero ¿quién es ella?

No sé cuál es su nombre, así que la llamaré simplemente “Ella”.

Ella me recuerda un poco a Brigitte Nielsen, con su cortísimo pelo rubio platino y sus pómulos arrogantes. Es atrevida. O al menos lo parece por cómo se viste. Siempre va de negro, con el mismo estilo de ropa ajustada que Sandy Olsson en el final de “Grease”, cuando conquistó a Danny Zuko enfundada en unos leggins y una camiseta que le marcaban hasta el volumen del alma. Ella nunca baja de sus zapatos de tacón infinito; es de las que pisan fuerte, de las que miran el mundo desde arriba. Siempre hacia delante. Sin vacilar. Lleva los brazos llenos de tatuajes, el escote y también el cuello; quién sabe cuántas historias contiene toda la tinta que embellece su piel en extremo bronceada. Cuántos amores. Desamores. Encuentros. Desencuentros. Principios y finales. Los labios, pintados de rojo carmín. Los ojos, melancólicos bajo una línea oscura de trazo quizá demasiado grueso; tal vez es la forma de camuflar su verdad, de preservarla. Su perfume, un aroma seductor. Ella es puro magnetismo y, por eso, lleva tantas miradas adheridas a la piel. Las de los hombres que la desean porque la imaginan fogosa en su intimidad, desinhibida; las de las mujeres que desaprueban su apariencia y su actitud, aunque secretamente la envidian. Pero nadie la conoce en realidad.

Olvidé un pequeño detalle.
Ella tiene 75 años.

18 Oct

Una breve, brevísima, historia de amor

La noche cayó con rotundidad sobre la pequeña ciudad colonial. Se sentaron en la vieja escalinata de piedra de la plaza central, donde todo el mundo se congregaba tras la puesta de sol a escuchar a la banda. El bochorno se adhería a las pieles tostadas; la música y el ron exaltaban los ánimos. La gente era -o parecía- feliz. En aquella latitud, no existía el tiempo. Ni las prisas. Ni las obligaciones. No había un día de mañana al que rendirle cuentas. Empezaban a acostumbrarse a la sensación de ligereza que los acompañaba a todas partes desde su llegada. Aquello era, sencillamente, el paraíso, y como tal habría de ser recordado. De pronto, la bola de helado se desparramó sobre las piernas desnudas de ella y le manchó las sandalias. Él decidió ir a buscarle alguna otra cosa con la que mitigar el calor. No tardes, dijo ella. Se encontraban inmersos en esa etapa en la vida de toda pareja naciente en la que separarse constituye un auténtico ejercicio de fuerza de voluntad. Él respondió a su petición con un prometedor mordisco en el cuello y ella se estremeció. Después se marchó y ella siguió su figura bronceada con la mirada hasta que desapareció calle abajo. Un hombre ocupó inmediatamente el hueco que él había dejado en la escalinata. Carraspeó y se dirigió a ella. Me preguntaba si sería usted tan amable de prestarme sus anteojos un momento, para que pueda verla bien de cerca. Ella le devolvió una mirada de extrañeza y él se explicó. Verá, es que llevo meses juntando algo de plata para comprarme unos, pero todavía no me alcanza. Son muchas cosas, sabe usted, la vida está muy cara y uno a veces se ve en la obligación de escoger. O los anteojos o los frijoles. O ver o comer. El hombre le dispensó una sonrisa que se reveló sincera. Triste, pero sincera. Era ya mayor, pasada la cincuentena tal vez. La piel negra como el carbón, llena de surcos, el pelo ralo, del color de la nieve sucia. Era muy flaco y estaba algo jorobado. Le faltaba la mitad de los dientes y la otra mitad no tardaría mucho en despeñarse. Ella sintió pena y al punto aquel lugar dejó de parecerle tan idílico. ¿Y para qué quiere usted verme de cerca, caballero?, le preguntó ella, arqueadas las cejas y el aire incrédulo. Para tener la certeza de que es usted tan hermosa como de lejos, contestó él.

15 Sep

El lector

Volvía a casa de nuestro paseo matinal de rigor cuando reparé en aquel hombre. Tendría unos 60 años, 65 a lo sumo. La tez bronceada, sin tensiones aparentes, y un reciente divorcio del reloj manifiesto en su relajo corporal. Estaba sentado en un banco, solo, sin otra compañía que los rumores habituales de la vida urbana, aunque no parecía que le importara, y sus manos, llenas de historias, sostenían la cubierta de un libro abierto de par en par. Observé la expresión de su rostro mientras leía. La elevación de sus cejas. La conversión de sus labios en una fina línea. El parpadeo compulsivo. Estaba completamente absorto. Ajeno a cualquier otro mundo que existiera fuera de las páginas que acariciaban sus dedos. Entonces supe que esa historia lo había atrapado igual que un niño atrapa a una mariposa. Y pensé que hay cosas mágicas, muy mágicas, que sólo un libro es capaz de conseguir.

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