15 Sep

El lector

Volvía a casa de nuestro paseo matinal de rigor cuando reparé en aquel hombre. Tendría unos 60 años, 65 a lo sumo. La tez bronceada, sin tensiones aparentes, y un reciente divorcio del reloj manifiesto en su relajo corporal. Estaba sentado en un banco, solo, sin otra compañía que los rumores habituales de la vida urbana, aunque no parecía que le importara, y sus manos, llenas de historias, sostenían la cubierta de un libro abierto de par en par. Observé la expresión de su rostro mientras leía. La elevación de sus cejas. La conversión de sus labios en una fina línea. El parpadeo compulsivo. Estaba completamente absorto. Ajeno a cualquier otro mundo que existiera fuera de las páginas que acariciaban sus dedos. Entonces supe que esa historia lo había atrapado igual que un niño atrapa a una mariposa. Y pensé que hay cosas mágicas, muy mágicas, que sólo un libro es capaz de conseguir.

20 Abr

Moraleja japonesa

Sin duda, aquella era la línea ferroviaria más larga de la región de Kansai. El trayecto comenzaba en la prefectura de Wakayama y terminaba dos horas y cuarenta y cinco minutos después en la estación central de Kyoto. Una duración que los japoneses calificaban con candor como meras cercanías, pero que resultaba insufrible para la mayoría de occidentales. Yo me había subido en Nara. Entonces el tren todavía iba relativamente vacío. Apenas unos pocos turistas norteamericanos que, como yo, volvían de visitar la ciudad de los ciervos sagrados. El vagón se fue llenando poco a poco y al llegar a Osaka, ya no cabía ni un alfiler. Saben lo que sucede en un tren abarrotado? El aire se permeabiliza de efluvios, se mezclan los perfumes, los alientos y los sudores, las pieles se rozan, los gritos ajenos invaden los oídos propios, los cuerpos chocan por la inercia del movimiento. Es realmente desagradable. Pero en Japón eso no pasa. Nunca. Porque invadir el espacio personal de uno se considera una verdadera afrenta. Y por eso, no era de extrañar que en un tren como aquel, que cubría prácticamente la distancia entre cinco prefecturas, nadie estableciera contacto visual con nadie. Ni que nadie rozara siquiera a nadie. Ni mucho menos, que nadie tuviera que soportar el olor corporal de nadie. Tal vez por eso, porque todo el mundo estaba demasiado concentrado en su propio espacio, la presencia de aquella pobre mujer pasó desapercibida. Era diminuta. Y tenía los ojos diminutos. Tanto que había que mirarla un par de veces a la cara para tener la certeza de que estaban allí. Si hubiese tenido que adivinar su edad, habría dicho que por los menos rondaba los cien años. Vestía un kimono oscuro de algodón y llevaba el pelo recogido en un moño a la altura de la nuca. Sin ornamentos de ninguna clase. No quiero que piensen que frivolizo, pero en aquel momento me recordó a algún personaje de esas series de animación nipona que me acompañaron cada tarde durante mi ya lejana infancia. La pobre mujer trataba de hacerse paso como podía entre la multitud, sosteniéndose a duras penas sobre un viejo cayado de bambú. Le temblaban las piernas y arrastraba los pies de forma lastimera. Aun así, era invisible. Nadie la miró. Nadie se compadeció de ella. Nadie quería ver su espacio invadido por una centenaria abuela de ropas raídas y huesos frágiles. Entonces, me levanté y le ofrecí mi asiento. Ella lo declinó con una amabilidad difícil de encajar pero yo insistí hasta que conseguí que se sentara. La pobre no dejaba de encorvarse en reverencias de agradecimiento y yo enrojecí de vergüenza. Al poco rato, el tren se detuvo en su parada. Después de una eternidad, se puso de nuevo en pie y se acercó a mí, abrió su pequeño bolso de tela, sacó un paquete de pastelillos de judías rojas y me lo tendió. Yo no salía de mi asombro. Arigato, arigato gozaimasu, repetía una y otra vez mientras me apretaba con fuerza las manos, sin temor a invadir mi espacio personal. Me habría gustado decirle muchas cosas en ese instante, pero todo lo que pude articular en mi precario japonés fue un “Corra, señora, corra, no se le vayan a cerrar las puertas del vagón”.

15 Feb

El hombre de ébano

Lo veo todas las mañanas, sentado en la puerta de ese supermercado. Se le distingue desde lejos por el brillo de su piel de ébano y unas piernas largas y finas como las de un antílope; quién sabe si en otra latitud fue un corredor avezado. No obstante, su sello de identidad es la sonrisa asomada a sus labios de forma permanente para acompañar esos buenos días con un ligero acento que no se cansa de repetir. Nosotros, los demás, jamás nos miramos los unos a los otros. Caminamos arrastrando los pies como si la vida nos pesara una tonelada. Siempre desconfiados y circunspectos. El hombre de ébano y sonrisa franca no pide nada. Se limita a sentarse allí, en la puerta de ese supermercado, libre de la esclavitud occidental del tiempo y el espacio, permitiendo que el sol le dé en la cara y se vean sus cicatrices. Algunos dicen que es un caradura. Otros, un chiflado. Pero para mí, es un superviviente. La viva imagen de un hombre agradecido.

07 Feb

El milagro del librero

El otro día, de casualidad, descubrí una pequeña plaza oculta entre el vertiginoso enjambre de calles y avenidas de la ciudad. Una especie de oasis de paz en mitad del caos de la jungla de asfalto. El lugar invitaba a quedarse y así lo hice. Deambulé sin prisa observando la arquitectura regia de otra época, los plataneros perfectamente podados, la extrema pulcritud del pavimento, las terrazas de los gastrobares, dispuestas con orden y concierto. Observé también a los hombres que jugaban al dominó en tiempo detenido, a los que discutían de política sin alzar la voz entre trago y trago de una noble copa de jerez, a los espíritus solitarios que leían el periódico con los dedos manchados de tinta. Una señora arreglada como para ir a misa con la que me crucé deslizó la mirada hacia el cochecito del bebé y me dedicó una sonrisa de aprobación. Las perlas de su collar refractaban la luz del sol invernal y tuve que dirigir la vista hacia otro lado para no quedarme ciega -espero que la buena mujer no pensara que estaba siendo una maleducada-. Fue entonces cuando divisé una minúscula librería en uno de los laterales de la plaza apenas perceptible a primera vista. Movida por la curiosidad, me acerqué y eché un vistazo a través del cristal del escaparate. No había oído hablar en mi vida de ninguno de los libros allí expuestos y algo se encendió en mi cerebro, una especie de clic, como una detonación. Con pasos titubeantes, abrí la puerta y entré. La madera del suelo crujía bajo mis pies. Olía a cera para muebles y a libros nuevos, acaso el olor más agradable del mundo, después del de los crêpes de chocolate. Un tipo con pajarita y chaleco de franela se me acercó. Deduje que era el dueño porque no había nadie más en el establecimiento y porque tenía el clásico atractivo algo desfasado de los libreros. Me sonrió y me preguntó si podía ayudarme. No lo sé, puede?, respondí presa de una repentina necesidad de empatía. Usted tiene pinta de querer que la entiendan, me dijo con gran aplomo. Se dirigió a uno de los estantes y regresó al cabo con un libro en las manos. Diario de un ama de casa desquiciada, de Sue Kaufman. Será una broma, le espeté enarcando las cejas con consternación. Hagamos una cosa, repuso él sin perder la serenidad, llévese el libro y léalo. Si al terminarlo, siente que por fin alguien la entiende, vuelve y me lo paga. Si no, considérelo un regalo, aunque de todos modos me gustaría conocer su opinión. Reconozco que tuve ciertas reticencias al principio, pero acabé accediendo a la inusual petición de aquel hombre. Hoy, cuatro días después, debo volver a esa minúscula librería con olor a cera y suelo de madera que cruje para pagárselo. Yo no sabía que un librero fuese capaz de mirar a alguien a los ojos y determinar qué necesita leer para aplacar su aflicción. Pero ya ven, los milagros no sólo existen en la ficción.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies