08 Ene

La paradoja de la vida interrumpida

Esto acaba de suceder.

Son las diez de la mañana de un soleado día invernal. Camino distraída por la amplia Avenida Madrid. El sonido de las ruedas quemando asfalto llega amortiguado a mis oídos; no presto demasiada atención a lo que pasa a mi alrededor. La lista de cosas que tengo que hacer hoy es interminable y las repaso mentalmente como parte de una ridícula terapia para no perder la memoria. Sí, de un tiempo a esta parte me olvido de todo.

1) Comprar leche
2) Corregir el capítulo uno
3) Poner una lavadora de ropa oscura
4) Sacar el pescado del congelador
5) Exfoliarme la cara
6) …
Ya no me acuerdo de más.

De pronto, atisbo un gran cordón policial que se extiende varios metros desde mi posición. Un montón de agentes de uniforme custodian la entrada a un edificio de viviendas. En mitad de la acera, una enorme lona azul protege lo que sea que haya en el suelo. Del portal sale un inspector judicial. Viste de paisano pero lleva la placa colgada al cuello, así que es inconfundible. Detrás, unos tipos enfundados de los pies a la cabeza en sendos buzos blancos portando maletines. Ya sabéis a lo que me refiero; estamos hartos de ver a la policía científica en las series de televisión. Me paro en seco. Y no sé qué clase de impulso me lleva a mirar hacia arriba, pero lo hago. El edificio es tan alto que casi me mareo, y al instante, el vértigo se me extiende como un veneno por todo el cuerpo. No me atrevo a preguntar, nunca me ha gustado hacerlo en este tipo de situaciones. Decido mezclarme entre la multitud, cada vez más numerosa, que se congrega junto al portal. Agudizo el oído y escucho.

¿Qué ha pasado?, pregunta una voz.
Alguien se ha caído de un balcón, dice otra señalando.
No, no se ha caído. La han empujado. La han asesinado, se apresura a matizar un supuesto testigo.
No digas tonterías. Se ha tirado. Se ha suicidado.

Con un gesto inconsciente de la mano, sofoco un grito. Y me da por pensar en la persona que yace tirada en la acera, oculta de la curiosidad morbosa y de la especulación tras la lona policial, junto a un reguero de sangre, el cráneo quizás partido, las piernas probablemente dobladas, la mirada acaso perdida. Y me sube una bola de tristeza desde el estómago a la garganta y vuelta para abajo. Porque somos humanos y esto no es un serie de Netflix ni una novela negra. Esto es la realidad. Y también siento miedo. Un miedo irracional, como todos los miedos, pero que está ahí, atenazándome la garganta, porque diez minutos antes de que esa persona impactara contra el suelo, yo acababa de salir de casa. Así de paradójica es la vida.

Y todo lo que tengo que hacer, de pronto deja de parecerme importante.

09 Nov

Pero ¿quién es ella?

No sé cuál es su nombre, así que la llamaré simplemente “Ella”.

Ella me recuerda un poco a Brigitte Nielsen, con su cortísimo pelo rubio platino y sus pómulos arrogantes. Es atrevida. O al menos lo parece por cómo se viste. Siempre va de negro, con el mismo estilo de ropa ajustada que Sandy Olsson en el final de “Grease”, cuando conquistó a Danny Zuko enfundada en unos leggins y una camiseta que le marcaban hasta el volumen del alma. Ella nunca baja de sus zapatos de tacón infinito; es de las que pisan fuerte, de las que miran el mundo desde arriba. Siempre hacia delante. Sin vacilar. Lleva los brazos llenos de tatuajes, el escote y también el cuello; quién sabe cuántas historias contiene toda la tinta que embellece su piel en extremo bronceada. Cuántos amores. Desamores. Encuentros. Desencuentros. Principios y finales. Los labios, pintados de rojo carmín. Los ojos, melancólicos bajo una línea oscura de trazo quizá demasiado grueso; tal vez es la forma de camuflar su verdad, de preservarla. Su perfume, un aroma seductor. Ella es puro magnetismo y, por eso, lleva tantas miradas adheridas a la piel. Las de los hombres que la desean porque la imaginan fogosa en su intimidad, desinhibida; las de las mujeres que desaprueban su apariencia y su actitud, aunque secretamente la envidian. Pero nadie la conoce en realidad.

Olvidé un pequeño detalle.
Ella tiene 75 años.

18 Oct

Una breve, brevísima, historia de amor

La noche cayó con rotundidad sobre la pequeña ciudad colonial. Se sentaron en la vieja escalinata de piedra de la plaza central, donde todo el mundo se congregaba tras la puesta de sol a escuchar a la banda. El bochorno se adhería a las pieles tostadas; la música y el ron exaltaban los ánimos. La gente era -o parecía- feliz. En aquella latitud, no existía el tiempo. Ni las prisas. Ni las obligaciones. No había un día de mañana al que rendirle cuentas. Empezaban a acostumbrarse a la sensación de ligereza que los acompañaba a todas partes desde su llegada. Aquello era, sencillamente, el paraíso, y como tal habría de ser recordado. De pronto, la bola de helado se desparramó sobre las piernas desnudas de ella y le manchó las sandalias. Él decidió ir a buscarle alguna otra cosa con la que mitigar el calor. No tardes, dijo ella. Se encontraban inmersos en esa etapa en la vida de toda pareja naciente en la que separarse constituye un auténtico ejercicio de fuerza de voluntad. Él respondió a su petición con un prometedor mordisco en el cuello y ella se estremeció. Después se marchó y ella siguió su figura bronceada con la mirada hasta que desapareció calle abajo. Un hombre ocupó inmediatamente el hueco que él había dejado en la escalinata. Carraspeó y se dirigió a ella. Me preguntaba si sería usted tan amable de prestarme sus anteojos un momento, para que pueda verla bien de cerca. Ella le devolvió una mirada de extrañeza y él se explicó. Verá, es que llevo meses juntando algo de plata para comprarme unos, pero todavía no me alcanza. Son muchas cosas, sabe usted, la vida está muy cara y uno a veces se ve en la obligación de escoger. O los anteojos o los frijoles. O ver o comer. El hombre le dispensó una sonrisa que se reveló sincera. Triste, pero sincera. Era ya mayor, pasada la cincuentena tal vez. La piel negra como el carbón, llena de surcos, el pelo ralo, del color de la nieve sucia. Era muy flaco y estaba algo jorobado. Le faltaba la mitad de los dientes y la otra mitad no tardaría mucho en despeñarse. Ella sintió pena y al punto aquel lugar dejó de parecerle tan idílico. ¿Y para qué quiere usted verme de cerca, caballero?, le preguntó ella, arqueadas las cejas y el aire incrédulo. Para tener la certeza de que es usted tan hermosa como de lejos, contestó él.

16 Mar

Carpe Diem

El mundo no necesita más malas noticias.
Ni más periódicos.
Ni más análisis.
Ni conjeturas.
Especulaciones.
Futuribles.
Días de mañana.
El mundo necesita más días de hoy.
Más ahora.
Más momentos.
De esos cortos pero que parece que duran una vida.
No necesita más zonas cero el mundo.
Necesita más aquí.
Más contigo.
Más con todos.
Con todas.
Más Carpe Diem y menos ansiolíticos.
Necesita más versos.
Más poesía.
Poesía, qué diablos!
Más música y menos ruido.
Más hombres que lloren.
Más mujeres que rían.
Más niños que sigan siendo niños.
Y más piel.
Más abrazos.
Más besos.
Más orgasmos.
Más dedos en busca de esos orgasmos.
Sin pudor.
Ni tantas normas.
O códigos.
Y las etiquetas, sólo en la ropa.
El mundo necesita que le hagamos el humor.
Y el amor.
Más te quiero y menos silencio.
Necesita que apartemos la vista del teléfono y miremos en otra dirección.
Necesita menos máquinas.
Más almas.
Menos burbujas de plástico.
Y más lluvia.
Y más sol.
Y aire.
Frío o calor.
Menos centros comerciales.
Más cerezos en flor.

17 Feb

Florida

Un día cualquiera.
Sin nada de particular.
Igual que ayer y que mañana.
Te levantas.
Repites de forma mecánica todo lo que has aprendido.
Ducharte.
Lavarte los dientes.
Acariciarle la oreja a tu perro.
Jugar a tu videojuego favorito mientras tu madre te prepara el desayuno.
Saborear las tres cucharadas de ese cacao en polvo que tanto te gusta pero que nunca eres capaz de terminarte.
Luego, corriendo al instituto que llegas tarde.
Y por eso no le has dado un beso a tu madre.
Aunque da igual porque en un rato volverás a verla.
Además, tú ya no tienes edad para andar besando, que eres un adolescente.
Menos a esa preciosidad rubia de tercero b.
A esa sí la besarías.
Si tuvieras los arrestos para pedirle que fuera contigo al baile de fin de curso, claro.
Tío, eres un gallina, te dice tu mejor amigo.
Algún día, le dices tú.
Pero no habrá más días.
Tú no lo sabes, pero tu vida se va a acabar hoy.
En cuanto ese pequeño hijo de puta traspase la puerta de clase y te apunte con su rifle AR-15.
Después, todo se fundirá a negro.
Entiendes lo que eso significa?
Significa que habrás perdido toda oportunidad de pedirle a la chica de tercero b que te acompañe al baile.
Significa que no podrás terminar todo lo que has dejado a medias.
El cacao en polvo.
La partida de tu videojuego favorito.
Significa que no verás más a tu madre.
Ni a tu perro.
Ni a tu mejor amigo.
Y de repente, todos los actos mecánicos de tu corta existencia cobran importancia.
Ducharte.
Lavarte los dientes.
Todo eso es un milagro del que el sucio destino está a punto de privarte.
Así que antes de que eso suceda.
Vuelve atrás un instante.
Vuelve al punto exacto anterior a la detonación.
Y congélalo.
Congélalo porque eso es lo que te llevas.
El pequeño milagro de la vida.
Contigo.
Para siempre.

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