27 may

Ana. Peso muerto

Cuando la besé en las mejillas, sus pómulos cadavéricos golpearon mi rostro sin ninguna compasión. Tenía la mirada diluida en una tristeza exageradamente manifiesta y los dedos pelados y amarillentos.

-Es por los vómitos -dijo con una sorprendente naturalidad, extendiendo las manos para que pudiera observarlas mejor.

Llevábamos meses hablando a través de las redes sociales y habíamos quedado en una céntrica cafetería de Barcelona para conocernos por fin. Bueno, no. Fundamentalmente, era ella quien hablaba; yo me limitaba a escuchar.

Ana me había contado que estaba enferma desde hacía más de 20 años y en el preciso momento en que la vi de frente, me di cuenta de que llevaba escrita esa enfermedad en cada vértice de su cuerpo.

-No sé qué aspecto tengo. Tendrás que disculparme si estoy despeinada. No acostumbro a mirarme en los espejos -dijo.

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