18 ago

Barcelona bonita y poderosa

Anoche no pude dormir.
Tenía mucho frío.
Frío del que te cala los huesos y no se puede aplacar con calor.
Porque es frío de agosto.
Del 17 de agosto.
Y es frío de tristeza.
Porque nos han hecho daño.
Nos han golpeado en el corazón.
En donde más nos duele.
En nuestra casa.
En nuestra Barcelona bonita y poderosa.
Maldita sea, podría haber sido yo.
Yo podría haber decidido salir a pasear por Las Ramblas ayer.
O tú.
O él.
Y quizás habría sido el último día de nuestra vida.
Porque frente al horror todos somos igual de vulnerables.
La seguridad total no existe.
Cualquiera es el blanco perfecto del fanatismo.
Y contra eso, no hay banderas ni idiomas que valgan.
Y el horror se llora lo mismo en todas partes.
No se discute.
Porque no es más ni es menos que.
Pero hoy.
Hoy.
Hoy hay que levantarse.
Recomponer los trocitos de la ciudad bonita y poderosa.
Por los que fueron.
Por los que podríamos/podrían haber sido.
Y seguir adelante.
Con el corazón roto, sí.
Pero sin miedo.
Sin miedo.

03 jun

Cómo hombre blanco mira tierra negra

Hace un tiempo leí en una página cualquiera de un medio cualquiera, que un grupo de autoridades de diferentes nacionalidades había tenido la genial idea de darse un banquete con comida caducada en Kenia, en el marco de alguna cumbre institucional que no viene al caso, como forma de protesta por las toneladas de alimentos que se desperdician a diario en el Primer Mundo, mientras el Tercero, dicho sea de paso, se muere de hambre. La reivindicación me pareció cuanto menos ridícula, por no decir hipócrita y hasta inmoral. Teniendo en cuenta que más del 20% de la población keniata se encuentra en condiciones de malnutrición severa, si alguien quería darle una lección a Occidente, por una vez, los fieles adeptos al protocolo y a la corbata podrían haber dejado la foto para luego, y haberse remangado para que los 3 millones de personas que en ese país no pueden satisfacer ni una cuarta parte de las necesidades nutricionales diarias recomendadas por la FAO, tuvieran algo que llevarse a la boca.

Aunque fuese comida caducada.

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15 abr

Welcome refugees

“Nadie pone a su hijo en un barco a no ser que el agua sea más segura que la tierra.”  Warsan Shire

Solía pasear todas las tardes por la misma calle. Me había acostumbrado al ajetreo de la principal arteria de aquel barrio de Barcelona y al tedio de sus escaparates. No perseguía nada en particular; tan sólo mover las piernas, que me diera un poco el aire, o encontrarme con algún rostro conocido. Quién sabe.

Pero una de esas tardes en las que nunca pasaba nada más que el tiempo, sucedió algo extraordinario. Había estirado las piernas, me había dado el aire, y aunque no me había encontrado con ningún rostro conocido, decidí permanecer un poco más en la calle antes de volver a casa. En una concurrida plaza en la que los niños acostumbraban a devorar sus meriendas al salir del colegio mientras sus padres charlaban de esto y de aquello, un grupo escaso de personas se había congregado en torno a una pancarta circundada de velas rojas. Me acerqué lo suficiente como para poder leer el mensaje sin necesidad de llamar demasiado la atención. Welcome refugees, leí. Una muchacha de unos 35 años, delgada, demacrada, con aspecto de tener mucho mundo a las espaldas, cogió un micrófono y, con la voz firme pero impregnada de tristeza, comenzó a relatar su experiencia. Decidí quedarme a escucharla, intuyendo que lo que tenía que contar era importante. Que para sería importante. Y no me equivoqué.

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