20 abr

Moraleja japonesa

Sin duda, aquella era la línea ferroviaria más larga de la región de Kansai. El trayecto comenzaba en la prefectura de Wakayama y terminaba dos horas y cuarenta y cinco minutos después en la estación central de Kyoto. Una duración que los japoneses calificaban con candor como meras cercanías, pero que resultaba insufrible para la mayoría de occidentales. Yo me había subido en Nara. Entonces el tren todavía iba relativamente vacío. Apenas unos pocos turistas norteamericanos que, como yo, volvían de visitar la ciudad de los ciervos sagrados. El vagón se fue llenando poco a poco y al llegar a Osaka, ya no cabía ni un alfiler. Saben lo que sucede en un tren abarrotado? El aire se permeabiliza de efluvios, se mezclan los perfumes, los alientos y los sudores, las pieles se rozan, los gritos ajenos invaden los oídos propios, los cuerpos chocan por la inercia del movimiento. Es realmente desagradable. Pero en Japón eso no pasa. Nunca. Porque invadir el espacio personal de uno se considera una verdadera afrenta. Y por eso, no era de extrañar que en un tren como aquel, que cubría prácticamente la distancia entre cinco prefecturas, nadie estableciera contacto visual con nadie. Ni que nadie rozara siquiera a nadie. Ni mucho menos, que nadie tuviera que soportar el olor corporal de nadie. Tal vez por eso, porque todo el mundo estaba demasiado concentrado en su propio espacio, la presencia de aquella pobre mujer pasó desapercibida. Era diminuta. Y tenía los ojos diminutos. Tanto que había que mirarla un par de veces a la cara para tener la certeza de que estaban allí. Si hubiese tenido que adivinar su edad, habría dicho que por los menos rondaba los cien años. Vestía un kimono oscuro de algodón y llevaba el pelo recogido en un moño a la altura de la nuca. Sin ornamentos de ninguna clase. No quiero que piensen que frivolizo, pero en aquel momento me recordó a algún personaje de esas series de animación nipona que me acompañaron cada tarde durante mi ya lejana infancia. La pobre mujer trataba de hacerse paso como podía entre la multitud, sosteniéndose a duras penas sobre un viejo cayado de bambú. Le temblaban las piernas y arrastraba los pies de forma lastimera. Aun así, era invisible. Nadie la miró. Nadie se compadeció de ella. Nadie quería ver su espacio invadido por una centenaria abuela de ropas raídas y huesos frágiles. Entonces, me levanté y le ofrecí mi asiento. Ella lo declinó con una amabilidad difícil de encajar pero yo insistí hasta que conseguí que se sentara. La pobre no dejaba de encorvarse en reverencias de agradecimiento y yo enrojecí de vergüenza. Al poco rato, el tren se detuvo en su parada. Después de una eternidad, se puso de nuevo en pie y se acercó a mí, abrió su pequeño bolso de tela, sacó un paquete de pastelillos de judías rojas y me lo tendió. Yo no salía de mi asombro. Arigato, arigato gozaimasu, repetía una y otra vez mientras me apretaba con fuerza las manos, sin temor a invadir mi espacio personal. Me habría gustado decirle muchas cosas en ese instante, pero todo lo que pude articular en mi precario japonés fue un “Corra, señora, corra, no se le vayan a cerrar las puertas del vagón”.

20 may

Senectud

Llegaba tarde a la que sería mi primera entrevista de trabajo en muchos meses. Como siempre, había salido de casa con el tiempo justo, así que tocaba correr. De camino al metro, decidí atajar por una callejuela por la que no acostumbraba a pasar. Estrecha, polvorienta, y oscura. Circundada por bloques de pisos con la pintura de las fachadas desconchada y el aire decrépito de las antiguas ciudades dormitorio. El tipo de calle que uno siempre tiende a evitar, sea la hora que sea. Miré el reloj y aceleré el paso. Joder, que no llego, me dije sintiendo cómo la ansiedad me colapsaba poco a poco los pulmones.

Entonces la vi.

Era tan poquita cosa que no había reparado en ella hasta que la tuve tan cerca que prácticamente pude olerla. Olía como huelen las habitaciones que llevan mucho tiempo cerradas; como el jabón de antes; como el paso del tiempo. Olía a una agridulce antigüedad. Caminaba muy despacio, encorvada, sin apenas levantar los pies del suelo, arrastrando un destartalado carrito de la compra contra el que luchaba exangüe, como si supiera de antemano que esa batalla la tenía más que perdida. Se detuvo frente a un portal, sucumbiendo al gran esfuerzo que parecía suponerle la propia vida, y con la mano trémula se palmeó el bolsillo de su vieja bata de algodón a cuadros en busca de unas llaves que acabaron en el suelo antes de contar hasta cinco. Vi cómo peleaba contra su más que probable artrosis, tratando de doblar las rodillas sin ningún éxito, con una mueca de dolor, pena o tal vez rabia, quién sabe, compuesta en su gesto. Vi cómo intentaba superar en vano el abismo que se interponía entre su frágil cuerpercillo y aquel suelo lejano que parecía extenderse hacia las mismísimas entrañas de la Tierra. Y vi cómo ese mismo suelo traidor acababa atrayéndola hacia sí como un imán, y a su carrito de la compra, como estocada final.

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