15 abr

Welcome refugees

“Nadie pone a su hijo en un barco a no ser que el agua sea más segura que la tierra.”  Warsan Shire

Solía pasear todas las tardes por la misma calle. Me había acostumbrado al ajetreo de la principal arteria de aquel barrio de Barcelona y al tedio de sus escaparates. No perseguía nada en particular; tan sólo mover las piernas, que me diera un poco el aire, o encontrarme con algún rostro conocido. Quién sabe.

Pero una de esas tardes en las que nunca pasaba nada más que el tiempo, sucedió algo extraordinario. Había estirado las piernas, me había dado el aire, y aunque no me había encontrado con ningún rostro conocido, decidí permanecer un poco más en la calle antes de volver a casa. En una concurrida plaza en la que los niños acostumbraban a devorar sus meriendas al salir del colegio mientras sus padres charlaban de esto y de aquello, un grupo escaso de personas se había congregado en torno a una pancarta circundada de velas rojas. Me acerqué lo suficiente como para poder leer el mensaje sin necesidad de llamar demasiado la atención. Welcome refugees, leí. Una muchacha de unos 35 años, delgada, demacrada, con aspecto de tener mucho mundo a las espaldas, cogió un micrófono y, con la voz firme pero impregnada de tristeza, comenzó a relatar su experiencia. Decidí quedarme a escucharla, intuyendo que lo que tenía que contar era importante. Que para sería importante. Y no me equivoqué.

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24 mar

Hemos perdido el norte

219.

No es un número cualquiera. Es el número de atentados terroristas que ha habido en el mundo desde el 1 de enero de 2016 hasta el día de hoy. Irak, Libia, Túnez, Pakistán, Camerún, Somalia, Siria, Afganistán, Burkina Faso, Nigeria, Turquía, Congo, Costa de Marfil, Egipto.

Y también Bélgica.

Pero esto no va sólo de Bélgica. O de Francia. O de España. No va sólo de Europa o de América. No sacude sólo a Occidente. El terror es global y duele lo mismo a un lado y a otro del hemisferio.

O debería.

Pero parece que no es así. Parece que sólo hay #JeSuis y minutos de silencio para los de este lado, mientras que los de aquél no se merecen ni que tiñamos nuestra foto de perfil de Facebook con la bandera de algún país que muy probablemente no sabríamos situar en un mapa.

No hay víctimas de primera y víctimas de segunda.

O no debería.

Pero las hay.

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