12 Mar

Infancia perdida, infancia recuperada

Hoy me he reencontrado con una persona que fue muy importante en mi infancia.
Mejor dicho.
La vida nos ha reencontrado a nosotras.
Cómo no iba a acordarme de ti, si fuiste mi primera amiga, me ha dicho al abordarla.
Y a mí se me ha llenado el corazón de plastilina.
La misma con la que nos ensuciábamos las manos a los tres años.
Cuando ni siquiera sospechábamos lo que había más allá de la cancela del patio del parvulario.
Porque nuestro mundo se sustentaba sobre la base de un cuento con final feliz.
Éramos unas niñas.
Yo, tu primera amiga.
Tú, la mía también.
Luego la vida nos marcó caminos separados.
Nos convertimos en adultas.
Se rompió la plastilina.
Ah, el paso del tiempo.
El jodido e ineluctable paso del tiempo.
Pero el destino.
O yo qué sé.
Ha querido obsequiarnos con una intersección.
Para que dos primeras amigas.
Tú y yo.
Podamos reconectar nuestros mundos un momento.
Y así ha sido.
Nos separa un océano.
Uno o dos o tres husos horarios.
Una vida de ausencias.
De no haber sido testigo de tu primer beso.
De cuando me licencié en la universidad.
De las frustraciones y los quebraderos de cabeza de la vida adulta.
De tu maternidad.
De mi maternidad.
Pero, sabes qué?
Nada de eso cuenta.
Porque hoy.
Sí, hoy.
A mis ojos.
Seguíamos siendo esas niñas que jugaban con plastilina.
Estábamos allí.
En el parvulario.
Tan pequeñas y risueñas que no parecíamos nosotras.
Pero lo éramos.
Y por un instante.
Todo ha sido como fue alguna vez llamada infancia.
Simplemente perfecto.

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