06 Sep

Arbeit macht frei

No tendría que haberme puesto estas sandalias, pensé; hay barro por todas partes.
Había estado lloviendo sin tregua durante las últimas horas. El lodo y la niebla acrecentaban el aspecto lúgubre de aquel lugar. Ciertamente, el clima no acompañaba. Estábamos en pleno agosto, pero la sensación térmica era de noviembre para adelante. Miré al cielo. Los cúmulos de color gris plomizo sin duda presagiaban más agua. Con pasos titubeantes, me acerqué a la entrada. En la parte superior de la vieja cancela que separaba este mundo de aquel podía leerse la inscripción “Arbeit macht frei”. El trabajo os hará libres. Me estremecí. Después tomé aliento y traspasé la puerta. A partir de ese momento, comencé a verlo todo en blanco y negro. En uno de los barracones que todavía quedaban en pie, permanecía intacto tras una vitrina el mejor resumen de lo que había sido el holocausto. Allí se conservaban toneladas de zapatos desparejados. Toneladas de maletas con las direcciones de sus dueños escritas en letra grande en uno de sus lados, acaso esperando ser devueltas a su destino cuando aquello terminase. Toneladas de pelo humano. Toneladas de botones para uniformes militares hechos con piel humana. Toneladas de pijamas a rayas. Y junto a todas aquellas toneladas de horror, millones de fotografías del mismo rostro, una y otra vez. Cabeza rapada. Pómulos huesudos. Cuencas de los ojos hundidas. Malnutrición severa. Mirada perdida. Sueños rotos. Y un número tatuado en el antebrazo. Quizás, lo que más me impactó. Después, en otro barracón, las literas donde los internos se hacinaban a montones junto a las letrinas infectas y las ratas, compartían el último mendrugo de pan rancio entre las mantas raídas y se preguntaban por qué el 2.267 no había vuelto todavía de la ducha. Y más allá, las celdas de castigo, como si estar en un sitio como aquel no fuera un castigo en sí mismo. Habitáculos minúsculos y sombríos por donde calaba el frío invernal en días mucho peores que ese. Me miré las sandalias y al punto tuve ganas de vomitar. Pero retuve la náusea en mi estómago; aún no había visto lo peor. Me quedaba el último barracón, del que jamás regresarían sin saberlo. Las cámaras por cuyas paredes penetraba el mortífero zyklon b que los aniquilaba. Y en la sala aneja, un horno crematorio. En ese punto, tuve que salir al exterior; el olor a muerte allí dentro se me hizo irrespirable. Fuera, observé los raíles de tren que partían el campo de concentración en dos y no pude evitar pensar en todas las personas que habrían pisado aquella misma tierra que se hundía bajo mis sandalias. Sobre todo, pensé en el millón y pico de personas que no pudieron contarlo. Judíos. Homosexuales. Liberales. Diferentes. Y una vez más, miré la inscripción de la vieja cancela de hierro. No es el trabajo lo que nos hará libres, me dije. Es la Historia.

*Auschwitz-Birkenau no sólo fue el mayor campo de concentración y exterminio nazi, sino también el más letal: más de un millón de personas fueron asesinadas tras aquellas alambradas.

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