29 mar

De mantillas y servicios públicos

El otro día, y al hilo de la pregunta que flotaba en todas las tertulias televisivas de si la misa es o no es un servicio público, se me ocurrió escribir esto en Twitter:

“Si en este país habláramos más de ciencia y menos de fe, tal vez las cosas nos irían mejor”.

Los trolls del puro y la mantilla no tardaron en hacerse oír. Que a la fe se la respeta, repetían como una letanía los más educados. Los menos, de roja de mierda para arriba me pusieron, aunque a una, que ya tiene carrerilla en esto de las redes sociales, se la refanflinfa igual que ciertas cuestiones de estado a algún político de por ahí.

Leer más

27 sep

Diez cosas en las que pienso cuando pienso en España

  1. En una clase política despreciable y muy venida a menos. Toda, sin excepciones. Desde la derecha mentirosa, rancia y corrupta que camufla su desvergüenza bajo un traje de firma y aplasta voluntades a golpe de recortes, hasta esa izquierda supuestamente tan progre que se ha dejado fagocitar por el inmovilismo.
  2. En la mala malísima memoria a largo plazo de los españoles y su absurda indulgencia votando. O dicho de otra manera, y por poner un ejemplo, en que los más de 7.500 millones de euros de las arcas públicas que han sido saqueados entre unos y otros no hayan conseguido que a los electores les tiemble el pulso a la hora de introducir la papeleta -ésa y no otra- en la urna.
  3. En la intolerable tendencia a la perversión de ciertos episodios nacionales del pasado. Mientras algunos se empecinan en apelar constantemente a la historia reciente de España para justificar la coyuntura actual, otros parecen haberse olvidado convenientemente de que ciertas heridas continúan abiertas y sangrando. De nuevo, la mala memoria.
  4. En un mercado laboral cada vez más hostil y precario, que deniega sistemáticamente segundas oportunidades, y en el que, a pesar del doloroso 23% de paro, la contratación de becarios -sí, has leído bien- ha crecido la friolera de un 350%. Becarios que, a diferencia de lo que ocurre en otros países, no siempre son remunerados, sufren jornadas maratonianas, o cuentan con responsabilidades que exceden con mucho la finalidad formativa de los contratos de prácticas. Un mercado laboral para el que valemos 655, 2 euros, frente a los 1.473 de Alemania, los 1.458 de Francia, o los 1.510 de Reino Unido. Que nos exige experiencia, conocimientos cada vez más multidisciplinares, capacidad para gestionar la presión y el estrés, y, por supuesto, que nos olvidemos de esa cosa tan exótica llamada conciliación. Y, a cambio, ¿qué nos ofrece? Un contrato temporal. O lo que es lo mismo, la posibilidad de dejar de ser una estadística durante unos pocos meses.
  5. En un modelo productivo basado en la sustitución de una burbuja por otra. Primero, la inmobiliaria; luego, la del turismo. De sol y playa, preferentemente. Un modelo para el que la tecnología, la ciencia o la industria no cuentan porque un lobby de engominados considera que construir aeropuertos fantasmas u hoteles en primera línea de mar es mucho más rentable.
  6. En unos medios de comunicación ridículamente controlados por el gobierno -no importa el color político- o ciertos conglomerados de empresas afines al gobierno, cuyas únicas funciones son, por un lado, crear una agenda perfecta para inocular el miedo y el pensamiento único en la masa; y por otro, asegurarse de que la masa siga siendo justamente eso, masa. Y todo ello funcionando a pleno rendimiento gracias a una clase periodística aduladora por convicción, o condescendiente por obligación.
  7. En una sociedad fundamentalmente desprotegida frente a los abusos de los poderes fácticos. Una sociedad que no entiende la letra pequeña, que no la ve, o que, ni siquiera la cuestiona.
  8. En una Administración Pública despótica, sobrecargada, parsimoniosa e ineficaz que recuerda demasiado a la que Larra ya retratase en su célebre Vuelva usted mañana de hace un par de siglos.
  9. En un país hecho de muchos pequeños países a los que no les da la real gana entenderse entre ellos a pesar de compartir la misma lengua y que se la pasan culpándose mutuamente de sus desmanes. Tú me robas más. No, tú.
  10. En un país que vive simultáneamente a dos velocidades. Mientras unos, los acomplejados, corren casi sin aliento para alcanzar el último vagón del carro europeo, otros, los apalancados, sobreviven respirando el cómodo aire de las subvenciones.
15 jul

Sherlock Holmes y el (in)comprensible panorama político español

-Me preocupa, Watson. Le noto un tanto taciturno y eso no es propio de usted. ¿Qué le ocurre?

Watson dobló el tabloide matinal por la mitad y lo lanzó de mala gana sobre la mesa.

-Qué observador es usted, Holmes -dijo tensando una sonrisa forzada pero efímera-. Lo cierto es que no dejo de darle vueltas a todo este asunto de las elecciones.

Sherlock negó con un gesto de la cabeza, recogió el periódico y lo depositó con sumo cuidado a los pies de su ajado sillón Chesterfield de piel oscura.

-No debería torturarse de esa manera, mi querido amigo. Afortunadamente, todavía quedan enigmas más interesantes por resolver que el panorama político español.

-Lo sé, lo sé. Lo que pasa es que… -se interrumpió para ponerse de pie-. Lo que pasa es que no consigo entender qué problema tienen los españoles -añadió, mesándose la barbilla.

-¿Quiere decir, además del desempleo, la corrupción, la crisis económica y la falta de transparencia democrática? -inquirió Sherlock en tono sarcástico.

-¿Ve? ¡A eso es a lo que me refiero, Holmes! -exclamó Watson señalándolo con el dedo índice. -No parece que a los españoles les preocupen mucho todas esas contrariedades, dadas las circunstancias.

-Permítame, Watson -replicó Sherlock alzando la mano-. Hay un ligero error de precisión semántica en su afirmación que voy a tomarme la libertad de corregir ahora mismo. No es que a los que los españoles no les importen “mucho” todas esas contrariedades; es que no les importan en absoluto. -matizó.

-¿Y a usted le parece normal? -preguntó Watson volteando las palmas de las manos hacia arriba.

-Normal o no, es un hecho constatado, a juzgar por los resultados del 26J. ¿Quiere una taza de té? -Se inclinó ligeramente sobre la mesa, destapó la tetera y agitó con suavidad las dos bolsitas de Earl Grey que la señora Hudson había sumergido previamente en ella.

-¡¿Pero cómo puede usted pensar en tomar té, Holmes?! -voceó Watson. Había comenzado a caminar hacia un lado y otro de la estancia de forma prácticamente mecánica.- ¿Acaso no le perturba esta situación? ¿Acaso no le extraña?

-Lo que me extraña es que le extrañe a usted, Watson -respondió Sherlock impertérrito, mientras vertía el agua burbujeante en el interior de una de las tazas. Después se la tendió a su compañero, haciendo caso omiso de su negativa anterior. -Tome, bébaselo, ¿quiere? Las cosas suelen verse mejor acompañadas de un té. Sobre todo, si es tan delicioso como éste.

Watson puso los ojos en blanco y cogió la taza.

-Lo que usted diga -masculló.

-Deje que le haga una pregunta muy sencilla, Watson. ¿De qué se sorprende?

-¿Que de qué me sorprendo? -repitió Watson con gesto sorprendido. -Tal vez de que la sociedad española sea tan poco patriótica.

-Vaya- Sherlock frunció los labios-. Esa sí es una afirmación contundente.

-Bueno, ¿y qué espera que diga, Holmes? Sólo un pueblo que se desprecia a sí mismo es capaz de otorgar el poder, una y otra vez -remarcó abriendo los ojos con amplitud-, a una banda de delincuentes en potencia cuya máxima preocupación es asegurarse la jubilación en alguna multinacional de turno.

-No piense con el corazón, Watson. Piense con la cabeza. El español es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. ¿Y sabe por qué?

Watson suspiró profundamente y se dejó caer sobre el sofá.

-Adelante, ilumíneme Holmes. Yo ya no sé qué demonios pensar.

-Mi querido Watson -dijo Sherlock con una sonrisa inusualmente cándida. -Reconozco que su ingenuidad me conmueve. No obstante, deje que le diga que es intolerable que alguien tan instruido como usted se sorprenda ante una evidencia de tales magnitudes.

-Haga el favor de hablar claro de una vez, Holmes. Su tendencia a la divagación me resulta importuna. -sentenció Watson con un tono que indicaba una total e inminente pérdida de la paciencia.

-¡Santo Cielo! -exclamó Sherlock incorporándose de un bote. -¿Es que no lo ve? ¿Pero de verdad se creía usted que iba a cambiar algo? ¿De verdad pensaba que unas elecciones, unas simples elecciones, bastarían para corregir a un pueblo que usted mismo califica, y con razón, de poco patriota? ¿Es que todavía no se ha dado cuenta de que ese mismo pueblo carece de la cultura democrática necesaria, porque vive instalado en el sopor al que lo han condenado los poderes fácticos?

-Pero las encuestas decían… -balbuceó Watson.

-¡Paparruchas! No me diga que no ha oído usted hablar de la “cocina”.

Watson tensó su cuerpo y en su rostro se dibujó una repentina mueca de horror.

-¿Está usted insinuando que las encuestas previas a las elecciones fueron manipuladas, Holmes? -preguntó, luego de llevarse la mano a la boca.

Sherlock encadenó unos cuantos chasquidos de lengua.

-Francamente, Watson, me decepciona usted. ¿Debo ser yo quién le recuerde que en España toda, absolutamente toda la información proveniente de cualquier medio de comunicación convencional se encuentra bajo sospecha de secuestro, tergiversación o falseamiento?

-Sí, pero, en cualquier caso, ¿al interés de quién se supone que responden unos sondeos tan alejados del resultado final? A no ser que… ¡Un momento! -El rostro se le iluminó de repente, como si una lámpara se hubiera encendido sobre su cabeza- A no ser que la intención de voto haya sido deliberadamente maquillada por los medios del establishment para movilizar a todos esos indecisos entre los que la campaña del miedo no había cuajado todavía. ¡Claaaaaro!

Sherlock esbozó una sonrisa cínica y comenzó a aplaudir con deliberada lentitud.

-¡Bravo, Watson! ¿Lo ve? No era tan difícil llegar a esa conclusión. Ahora ya lo sabe: Los españoles no tienen remedio, así que no me haga perder más tiempo con asuntos de poca relevancia. ¿Otro té?

04 may

Una conversación en la frutería

-¿A cómo va el tomate, Pepe?

-A 4, 90 el kilo, Don Francisco.

-¡¿A 4,90?! Pero bueno, ¿es que los has lavado con agua bendita o qué? ¡Me cagüen la mar, qué caros!

-Hombre, Don Francisco, que son de proximidad, de un huerto de aquí, al ladito de Mataró…

-Por mí como si son del huerto de la mismísima Moncloa, Pepe.

-¡Ay, qué gracioso es usted, Don Francisco! De ese huerto me da a mí que no salen más que manzanas podridas.

-Hombre, no te pases, Pepe, que en ese huerto, como tú dices, ha crecido el mejor presidente que ha tenido España en toda la historia de su democracia.

-¿Quién? ¿Zapatero?

-¿Zapatero? Mira, porque los tomates esos de Mataró o de dónde cojones sean son muy caros, que si no, te los tiraba ahora mismo a la cara. Anda, echa ahí un kilo, pero no me los pongas muy grandes que luego la mestressa me echa la bronca.

Leer más

08 abr

Una conversación en la pescadería

-¿Cómo te limpio la lubina, nena?

-Pues no sé, tú eres la experta. Es para hacerla a la plancha.

-Entonces te la corto a filetitos y te dejo las escamas para que no se te quede pegada a la sartén, ¿eh, reina?

-Tú sí que sabes, Mariví.

-Hija, qué remedio. Son muchos años en el oficio.

-Y qué oficio tan complicado, ¿verdad?

-¿Cuál? ¿El de pescadera? ¡Que va a ser complicado ni complicado! Complicado es gobernar un país; esto sólo es práctica.

-No estoy muy de acuerdo, Mariví. Mira cómo estás eviscerando a ese pobre pez, con más precisión que un cirujano. Ya le gustaría a Rajoy ser la mitad de diestro que tú.

-Uy, a ése ni me lo mentes. Que últimamente me tiene de un contento…

-A ti y a media España.

Leer más

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR