07 mar

Un hombre feminista

Tengo la suerte de convivir con un hombre feminista.
Un hombre al que nunca se le ocurriría preguntarme una chorrada del tipo “Qué te pasa, que tienes la regla?”.
Ni ensañarse con un “Mujer tenías que ser” si me equivoco.
Ni decir que tal o cual es una zorra porque disfruta del sexo sin complejos.
Ni cuestionar qué hay detrás del éxito de una mujer.
El hombre con el que vivo a veces se avergüenza de ser hombre.
Cuando ve que hay otros capaces de matar.
Violar.
Humillar.
Golpear.
Amparados en el rol de superioridad que la sociedad les ha otorgado.
Entonces me pide perdón en nombre de su género.
A mí y a todas las mujeres.
Y en ocasiones también me pide que lo corrija.
Aunque a mí también me cuesta.
Así de enraizado a nuestra cultura está el machismo.
Digan lo que digan los negacionistas.
Él nunca habla de denuncias falsas.
Ni de eso que muchos llaman “la otra violencia”.
Para él, los datos son lo suficiente esclarecedores.
Es terrorismo.
Punto.
No es necesario defenderse.
Hay que actuar.
Tampoco le gusta oír eso de “Claro, si es que vas provocando”.
Eso le repele.
Porque con ese argumento se da por sentado que
Uno) todas las mujeres esperan/desean que las agredan
Y
Dos) todos los hombres son agresores en potencia
Al hombre con el que convivo la paternidad lo ha hecho aún más feminista.
Y por eso, le habría gustado disfrutar de la misma baja laboral que yo.
Para criar a su hijo.
Porque eso no es cosa solo de mujeres.
Y que los cambiadores para bebés no estuvieran siempre en los baños públicos femeninos.
Y que nunca nadie le hubiera preguntado que si ayuda en casa.
Como si él simplemente pasara por aquí.
Y mucho menos, que al nacer su hijo, el/la machista de turno le hubiera dicho que había perdido su puesto.
Qué somos los hombres?
Niños pequeños que necesitamos atención las 24 horas?
Por todas estas cosas.
Y muchas otras que no me caben.
Y porque el feminismo suma.
Sí, suma.
El hombre con el que convivo me apoya para que el 8 de marzo.
Yo también me una a la lucha.
Y para que ese día.
Tú.
Ella.
Y todas nosotras.
PAREMOS.

07 nov

#MeToo

Yo también.
Y me cuesta creer que tú no.
O tú.
Alguna vez.
Por improbable que te/me/nos haya parecido.
Porque siempre acabamos siendo cosificadas.
Reducidas a objetos para el disfrute del puto Harvey Weinstein de turno.
Objetos maleables.
Maleables y con tetas, claro.
De usar y tirar.
Y haz el favor de estarte calladita o me vas a buscar un problema.
Cada día, en cada rincón del mundo, hay una de nosotras que también.
Una y otra y otra más.
Que no se atreve.
Que se lo tiene que tragar.
El orgullo y a veces algo más.
Porque total, sólo soy otra.
Una de tantas.
Pero qué asco, joder.
Y algunos mientras tanto, qué.
Que si feminazi.
Exagerada.
Si no te han violado, no te quejes.
Y si te han violado, tú te lo has buscado.
Para qué vas, si sabes a lo que te expones.
Encima, culpabilizando.
Me pregunto cuántas de las que me estáis leyendo ahora estaréis pensando que a vosotras también.
Cuántos sentiréis vergüenza.

#MeToo

16 feb

A mí también

A mí también me han discriminado por ser mujer.

También me han preguntado si pensaba tener hijos en una entrevista de trabajo.

O me han contratado por un sueldo más bajo que a otro compañero que hiciera lo mismo.

O me han excluido de alguna reunión. ¿Lo entiendes, verdad guapa? Es que ya somos muchos en la sala.

A mí también me han dicho que tengo suerte de que mi marido me ayude en casa. Como si él pasara por allí. Como si mi hogar no fuera su hogar también, con todos los derechos y obligaciones que ello implica.

También me han aconsejado que nunca le diga que no porque si no, rapidito se busca a otra que le caliente la cama. Como si el sexo fuera un deber y no un momento de intimidad suprema entre dos personas que se desean.

A mí también me han venido con eso de que las mujeres somos el sexo débil. La falacia más grande de la historia.

O que el amor duele. Otra mentira tolerada.

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14 oct

Invisibles: Aisha (Parte Uno)

Aisha tiene 8 años y vive con su padre y sus dos hermanos mayores en la pequeña aldea rural de Jaryi, en el interior del Yemen. Todas las mañanas, Aisha se despierta nada más arrancar el alba y ordeña la vaca de su padre. Después, hierve la leche y la vierte en cuatro cuencos de madera, mezclándola con unos pocos trozos de pan duro del día anterior. A Aisha no le está permitido comer en la misma habitación que los hombres, y aunque le entristece tener que hacerlo sola, en el fondo se siente agradecida por tener una familia que la protege y vela por ella.

Como tantas mujeres yemeníes, su madre murió en el parto, a los 21 años de edad. A pesar de no haberla conocido, Aisha sabe que era muy hermosa, porque conserva una vieja foto de ella que besa todas las noches antes de irse a dormir. Aisha está convencida de que su madre la protege, allí donde esté.

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25 ago

‘No’ es ‘no’

Cuando me enteré de que los presuntos -y digo “presuntos” como una cortesía al derecho penal nada más- violadores de San Fermín habían estado alardeando de su hazaña en un grupito de Whatsapp, no pude reprimir el instinto de opinar en público. Ese instinto, que con el único género que tenía algo que ver era con el humano, nació de mis tripas y brotó con fuerza hacia arriba, en dirección a mi garganta, hasta que salió disparado en forma de bilis. Así que me conecté a Facebook y, con los dedos llenos de rabia, escribí: “¿Y qué, machotes, cuando estéis en la cárcel y un puñado de convictos chungos os pongan en fila y os rompan el culo en seco, también se lo vais a contar a vuestros amiguetes de La Manada?”. Un análisis un pelín primario, ya lo sé. Pero, ¿qué otra cosa, sino escupir mi deseo de que les pagaran con la misma moneda a esos despreciables engendros medievales, podía hacer? Al fin y al cabo, es lo normal en situaciones como esta.

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