18 ago

Barcelona bonita y poderosa

Anoche no pude dormir.
Tenía mucho frío.
Frío del que te cala los huesos y no se puede aplacar con calor.
Porque es frío de agosto.
Del 17 de agosto.
Y es frío de tristeza.
Porque nos han hecho daño.
Nos han golpeado en el corazón.
En donde más nos duele.
En nuestra casa.
En nuestra Barcelona bonita y poderosa.
Maldita sea, podría haber sido yo.
Yo podría haber decidido salir a pasear por Las Ramblas ayer.
O tú.
O él.
Y quizás habría sido el último día de nuestra vida.
Porque frente al horror todos somos igual de vulnerables.
La seguridad total no existe.
Cualquiera es el blanco perfecto del fanatismo.
Y contra eso, no hay banderas ni idiomas que valgan.
Y el horror se llora lo mismo en todas partes.
No se discute.
Porque no es más ni es menos que.
Pero hoy.
Hoy.
Hoy hay que levantarse.
Recomponer los trocitos de la ciudad bonita y poderosa.
Por los que fueron.
Por los que podríamos/podrían haber sido.
Y seguir adelante.
Con el corazón roto, sí.
Pero sin miedo.
Sin miedo.

07 oct

El bloqueo

Odiaba escribir, pero adoraba haber escrito

Cuando terminó el capítulo, se sintió aliviado. Había pasado las últimas 136 horas sumergido en la escritura de lo que consideraba la parte más importante de la trama. Para entonces,  el mundo había dejado de existir, la barba le picaba de forma preocupante y los surcos bajo sus ojos habían adoptado el intenso tono oscuro del azabache. No tenía nada en la nevera, salvo una botella de vodka que se bebió a palo seco y sin contemplaciones.

Creyó que se lo merecía.

Después, se desplomó como un saco de patatas, balanceado por el sopor etílico, hasta que el sueño lo venció y se quedó dormido en el suelo, con un gesto de satisfacción dibujado en los labios entreabiertos.

Pero no siempre había sido así.

El escritor no solía dormir. Ni mucho menos, sentirse satisfecho.

 

136 horas antes

En el cuarto intento, pensó que era un fracasado.

Mucho antes de eso, había hecho lo que hacía cada mañana: Se había despertado en el lado izquierdo de la cama a las siete en punto; se había preparado un café americano con tres gotas y media de edulcorante; y se había fumado un pitillo en el balcón antes de sentarse frente al portátil.

Exactamente lo mismo que hacía cada mañana. Era un escritor de costumbres.

Pero aquella vez, aunque era igual a las otras, fue distinta.

Aquella vez, las palabras daban vueltas en sus dedos y se quedaban atoradas en las teclas. Las agujas del reloj corrían y el insistente parpadeo del cursor no hacía más que recordarle que la hoja seguía en blanco.

Primero inspiró.

Luego trató de darle sentido a aquel caos y se obligó a escribir una frase.

Dos frases.

Tres.

Cuando releyó aquello, le pareció dolorosamente absurdo y desprovisto de estilo. Así que lo borró y volvió a intentarlo.

Y en el cuarto intento, pensó que era un fracasado.

 

Miedo

Al principio, creyó que lloraba de rabia, pero después se dio cuenta de que estaba aterrado.

Se suponía que aquella era la parte más importante de la trama.

La parte en el que se mediría su talento.

Y sin embargo, no era capaz de escribir.

Porque no tenía talento.

O sí.

El problema era trasladar al papel lo que acontecía en su mente.

El olor.

El color.

El sabor de lo que acontecía en su mente.

No había palabras lo suficientemente precisas. O quizás sí, pero él no lograba encontrarlas. Y eso lo atormentaba, porque tenía miedo de ser mediocre.

Tenía miedo de contar lo mismo que ya habían contado otros.

Tenía miedo de no ser recordado.

Y como creyó que ya era demasiado tarde, decidió que no volvería a escribir jamás. Lloró mucho y mucho rato, como si le hubieran extirpado el alma.

Después, cuando hubo agotado todas las lágrimas, se sentó de nuevo frente al portátil y deslizó los dedos hacia el teclado.

Odiaba escribir, pero adoraba haber escrito.

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