15 Sep

El lector

Volvía a casa de nuestro paseo matinal de rigor cuando reparé en aquel hombre. Tendría unos 60 años, 65 a lo sumo. La tez bronceada, sin tensiones aparentes, y un reciente divorcio del reloj manifiesto en su relajo corporal. Estaba sentado en un banco, solo, sin otra compañía que los rumores habituales de la vida urbana, aunque no parecía que le importara, y sus manos, llenas de historias, sostenían la cubierta de un libro abierto de par en par. Observé la expresión de su rostro mientras leía. La elevación de sus cejas. La conversión de sus labios en una fina línea. El parpadeo compulsivo. Estaba completamente absorto. Ajeno a cualquier otro mundo que existiera fuera de las páginas que acariciaban sus dedos. Entonces supe que esa historia lo había atrapado igual que un niño atrapa a una mariposa. Y pensé que hay cosas mágicas, muy mágicas, que sólo un libro es capaz de conseguir.

07 Feb

El milagro del librero

El otro día, de casualidad, descubrí una pequeña plaza oculta entre el vertiginoso enjambre de calles y avenidas de la ciudad. Una especie de oasis de paz en mitad del caos de la jungla de asfalto. El lugar invitaba a quedarse y así lo hice. Deambulé sin prisa observando la arquitectura regia de otra época, los plataneros perfectamente podados, la extrema pulcritud del pavimento, las terrazas de los gastrobares, dispuestas con orden y concierto. Observé también a los hombres que jugaban al dominó en tiempo detenido, a los que discutían de política sin alzar la voz entre trago y trago de una noble copa de jerez, a los espíritus solitarios que leían el periódico con los dedos manchados de tinta. Una señora arreglada como para ir a misa con la que me crucé deslizó la mirada hacia el cochecito del bebé y me dedicó una sonrisa de aprobación. Las perlas de su collar refractaban la luz del sol invernal y tuve que dirigir la vista hacia otro lado para no quedarme ciega -espero que la buena mujer no pensara que estaba siendo una maleducada-. Fue entonces cuando divisé una minúscula librería en uno de los laterales de la plaza apenas perceptible a primera vista. Movida por la curiosidad, me acerqué y eché un vistazo a través del cristal del escaparate. No había oído hablar en mi vida de ninguno de los libros allí expuestos y algo se encendió en mi cerebro, una especie de clic, como una detonación. Con pasos titubeantes, abrí la puerta y entré. La madera del suelo crujía bajo mis pies. Olía a cera para muebles y a libros nuevos, acaso el olor más agradable del mundo, después del de los crêpes de chocolate. Un tipo con pajarita y chaleco de franela se me acercó. Deduje que era el dueño porque no había nadie más en el establecimiento y porque tenía el clásico atractivo algo desfasado de los libreros. Me sonrió y me preguntó si podía ayudarme. No lo sé, puede?, respondí presa de una repentina necesidad de empatía. Usted tiene pinta de querer que la entiendan, me dijo con gran aplomo. Se dirigió a uno de los estantes y regresó al cabo con un libro en las manos. Diario de un ama de casa desquiciada, de Sue Kaufman. Será una broma, le espeté enarcando las cejas con consternación. Hagamos una cosa, repuso él sin perder la serenidad, llévese el libro y léalo. Si al terminarlo, siente que por fin alguien la entiende, vuelve y me lo paga. Si no, considérelo un regalo, aunque de todos modos me gustaría conocer su opinión. Reconozco que tuve ciertas reticencias al principio, pero acabé accediendo a la inusual petición de aquel hombre. Hoy, cuatro días después, debo volver a esa minúscula librería con olor a cera y suelo de madera que cruje para pagárselo. Yo no sabía que un librero fuese capaz de mirar a alguien a los ojos y determinar qué necesita leer para aplacar su aflicción. Pero ya ven, los milagros no sólo existen en la ficción.

24 Abr

Mis últimas tardes con Juan Marsé

Yo tendría 13 años; 14, a lo sumo. La señorita Alegre -la maestra de Lengua Castellana más antipática que se ha visto nunca- me había mandado castigada a la biblioteca como tantas otras veces. No recuerdo el motivo, aunque seguro que fue por cotorra, porque en aquella época, yo hablaba hasta en sueños. Allí siempre terminábamos los mismos: los rebeldes sin causa, los incomprendidos por el mundo, los que jugaban a ser mayores, los que tenían miedo de llegar a serlo y los que nos aburríamos en clase. A mí me gustaba mucho estar allí, a pesar de todo. En parte, porque me encantaba el olor de los libros viejos y las historias de otros lectores que me encontraba entre sus páginas amarillentas y ajadas. Y en parte -la menos poética, supongo-, porque detestaba las clases de la señorita Alegre y su obsesión enfermiza por el análisis gramatical de las oraciones subordinadas.

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