24 abr

Mis últimas tardes con Juan Marsé

Yo tendría 13 años; 14, a lo sumo. La señorita Alegre -la maestra de Lengua Castellana más antipática que se ha visto nunca- me había mandado castigada a la biblioteca como tantas otras veces. No recuerdo el motivo, aunque seguro que fue por cotorra, porque en aquella época, yo hablaba hasta en sueños. Allí siempre terminábamos los mismos: los rebeldes sin causa, los incomprendidos por el mundo, los que jugaban a ser mayores, los que tenían miedo de llegar a serlo y los que nos aburríamos en clase. A mí me gustaba mucho estar allí, a pesar de todo. En parte, porque me encantaba el olor de los libros viejos y las historias de otros lectores que me encontraba entre sus páginas amarillentas y ajadas. Y en parte -la menos poética, supongo-, porque detestaba las clases de la señorita Alegre y su obsesión enfermiza por el análisis gramatical de las oraciones subordinadas.

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