16 feb

A mí también

A mí también me han discriminado por ser mujer.

También me han preguntado si pensaba tener hijos en una entrevista de trabajo.

O me han contratado por un sueldo más bajo que a otro compañero que hiciera lo mismo.

O me han excluido de alguna reunión. ¿Lo entiendes, verdad guapa? Es que ya somos muchos en la sala.

A mí también me han dicho que tengo suerte de que mi marido me ayude en casa. Como si él pasara por allí. Como si mi hogar no fuera su hogar también, con todos los derechos y obligaciones que ello implica.

También me han aconsejado que nunca le diga que no porque si no, rapidito se busca a otra que le caliente la cama. Como si el sexo fuera un deber y no un momento de intimidad suprema entre dos personas que se desean.

A mí también me han venido con eso de que las mujeres somos el sexo débil. La falacia más grande de la historia.

O que el amor duele. Otra mentira tolerada.

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25 ago

‘No’ es ‘no’

Cuando me enteré de que los presuntos -y digo “presuntos” como una cortesía al derecho penal nada más- violadores de San Fermín habían estado alardeando de su hazaña en un grupito de Whatsapp, no pude reprimir el instinto de opinar en público. Ese instinto, que con el único género que tenía algo que ver era con el humano, nació de mis tripas y brotó con fuerza hacia arriba, en dirección a mi garganta, hasta que salió disparado en forma de bilis. Así que me conecté a Facebook y, con los dedos llenos de rabia, escribí: “¿Y qué, machotes, cuando estéis en la cárcel y un puñado de convictos chungos os pongan en fila y os rompan el culo en seco, también se lo vais a contar a vuestros amiguetes de La Manada?”. Un análisis un pelín primario, ya lo sé. Pero, ¿qué otra cosa, sino escupir mi deseo de que les pagaran con la misma moneda a esos despreciables engendros medievales, podía hacer? Al fin y al cabo, es lo normal en situaciones como esta.

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07 mar

Diagnóstico: Garrulos emocionales

Vale, esto es verídico.

Una pareja se besa apasionadamente en el pasillo que une la línea amarilla del metro de Barcelona con la roja. La cantidad de reacciones que contabilicé en menos de un minuto no me cabe en ambas manos. Reacciones que, dicho sea de paso, oscilaban impunemente entre la burla y la falta de respeto.

Os estaréis preguntando qué tiene de especial que dos personas se coman la boca en público en los tiempos que corren, ¿verdad?

En efecto, habéis acertado: Eran dos tías.

Y sí, tampoco os equivocáis en esto: Estoy indignada.

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22 feb

Bienvenidos a la era de la mediocridad humana

Bienvenidos a la era de la tecnología ilimitada, del 5G, de los drones que entregan pizza a domicilio, de las tazas de café que levitan, de las apps que predicen cuándo echarás tu próximo polvo. La era de los gurús de vaqueros y camiseta, como Mark Zuckerberg, cuya camiseta, por cierto, está hecha en Bangladesh, donde por cierto, se cobra el salario mínimo más mínimo del mundo (0,25 euros la hora), mientras él, el tal Zuckerberg, se embolsa lo mismo pero multiplicado por infinito al cubo por convencernos en ese escaparte de capitalismo desbocado llamado Mobile World Congress de que el móvil lo es todo.

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20 ene

Enero visto por un fofisano

Soy un tío corriente, con un nombre corriente -pongamos que Juan, Pepe o Antonio-, con una edad corriente -entre los 30 y los 45-, y una barriga corriente. O al menos eso creía yo, hasta que esta mañana he tenido dificultades para verme la chorra al mear.  De hoy no pasa que te apuntes al gimnasio o no te vas a acercar a una hembra ni pagando, me he dicho contemplándome el buche consternado. Así que he desempolvado las zapatillas de deporte, le he puesto pilas al pulsómetro y me he descargado una de esas milagrosas aplicaciones cuenta calorías, con la firme determinación, esta vez sí, de ponerme como Cristiano Ronaldo.

Dar el paso no ha sido tarea fácil. Yo, que soy más bien de llevar una vida relajada, he tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para no hacer caso a esas vocecitas capciosas que me susurraban “Tú lo que en realidad necesitas es ir a tomarte unas cañas a Los 100 Montaditos” al salir del trabajo. Sí, vale, lo reconozco, casi me dejo engatusar. Pero qué queréis que os diga, yo no tengo la fuerza de voluntad de Son Goku.

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