27 abr

Educación anti manadas

Tengo un hijo pequeño.
Cuando sea un adolescente, probablemente beberá alcohol los fines de semana.
Quizá hasta se fume un porro o dos.
Querrá tatuarse.
Teñirse el pelo de azul.
Agujerearse las cejas.
Llevar la ropa raída porque eso es lo cool.
Tal vez escuche esa bazofia llamada trap que algunos se empeñan en catalogar como música.
No lo sé.
Pero la verdad es que nada de todo esto me importa.
Porque en la adolescencia, lo natural, es buscarse a uno mismo sin encontrarse.
Yo no voy a decirle a mi hijo quién tiene que ser.
Yo lo que voy a hacer es educarlo.
Educarlo para que, fundamentalmente, sea una buena persona.
No un abusón.
Ni un matón.
O un maltratador.
Para que no utilice nunca el poder de su condición masculina para atemorizar ni hacer daño a una mujer.
Ni vejarla.
Ningunearla.
O despreciarla.
No quiero que mi hijo forme parte nunca de ninguna manada.
Ni quiero que ninguna mujer tenga que correr si se encuentra a mi hijo sola por la calle de noche.
Y quiero que entienda que, el día de mañana, cuando esté con una mujer, o un hombre, me da igual, todo vale mientras haya respeto mutuo.
Consentimiento.
Lo que no vale es dar por hecho que.
Si me ha dejado que la bese, entonces querrá que le meta la mano dentro de las bragas.
Si me ha dejado que le meta la mano, ya no hay marcha atrás.
Pero siempre la hay.
Siempre hay marcha atrás.
Se llama educación.
Se llama respeto.
Y se llama igualdad.
Madres y padres del mundo.
Dejemos de educar a nuestras hijas para que se protejan.
Empecemos a educar a nuestros hijos para que no las agredan.
Enseñémosles que la piel no es un pasaporte hacia ninguna parte.
Eduquemos a personas.
No a monstruos.

07 mar

Un hombre feminista

Tengo la suerte de convivir con un hombre feminista.
Un hombre al que nunca se le ocurriría preguntarme una chorrada del tipo “Qué te pasa, que tienes la regla?”.
Ni ensañarse con un “Mujer tenías que ser” si me equivoco.
Ni decir que tal o cual es una zorra porque disfruta del sexo sin complejos.
Ni cuestionar qué hay detrás del éxito de una mujer.
El hombre con el que vivo a veces se avergüenza de ser hombre.
Cuando ve que hay otros capaces de matar.
Violar.
Humillar.
Golpear.
Amparados en el rol de superioridad que la sociedad les ha otorgado.
Entonces me pide perdón en nombre de su género.
A mí y a todas las mujeres.
Y en ocasiones también me pide que lo corrija.
Aunque a mí también me cuesta.
Así de enraizado a nuestra cultura está el machismo.
Digan lo que digan los negacionistas.
Él nunca habla de denuncias falsas.
Ni de eso que muchos llaman “la otra violencia”.
Para él, los datos son lo suficiente esclarecedores.
Es terrorismo.
Punto.
No es necesario defenderse.
Hay que actuar.
Tampoco le gusta oír eso de “Claro, si es que vas provocando”.
Eso le repele.
Porque con ese argumento se da por sentado que
Uno) todas las mujeres esperan/desean que las agredan
Y
Dos) todos los hombres son agresores en potencia
Al hombre con el que convivo la paternidad lo ha hecho aún más feminista.
Y por eso, le habría gustado disfrutar de la misma baja laboral que yo.
Para criar a su hijo.
Porque eso no es cosa solo de mujeres.
Y que los cambiadores para bebés no estuvieran siempre en los baños públicos femeninos.
Y que nunca nadie le hubiera preguntado que si ayuda en casa.
Como si él simplemente pasara por aquí.
Y mucho menos, que al nacer su hijo, el/la machista de turno le hubiera dicho que había perdido su puesto.
Qué somos los hombres?
Niños pequeños que necesitamos atención las 24 horas?
Por todas estas cosas.
Y muchas otras que no me caben.
Y porque el feminismo suma.
Sí, suma.
El hombre con el que convivo me apoya para que el 8 de marzo.
Yo también me una a la lucha.
Y para que ese día.
Tú.
Ella.
Y todas nosotras.
PAREMOS.

16 feb

A mí también

A mí también me han discriminado por ser mujer.

También me han preguntado si pensaba tener hijos en una entrevista de trabajo.

O me han contratado por un sueldo más bajo que a otro compañero que hiciera lo mismo.

O me han excluido de alguna reunión. ¿Lo entiendes, verdad guapa? Es que ya somos muchos en la sala.

A mí también me han dicho que tengo suerte de que mi marido me ayude en casa. Como si él pasara por allí. Como si mi hogar no fuera su hogar también, con todos los derechos y obligaciones que ello implica.

También me han aconsejado que nunca le diga que no porque si no, rapidito se busca a otra que le caliente la cama. Como si el sexo fuera un deber y no un momento de intimidad suprema entre dos personas que se desean.

A mí también me han venido con eso de que las mujeres somos el sexo débil. La falacia más grande de la historia.

O que el amor duele. Otra mentira tolerada.

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25 ago

‘No’ es ‘no’

Cuando me enteré de que los presuntos -y digo “presuntos” como una cortesía al derecho penal nada más- violadores de San Fermín habían estado alardeando de su hazaña en un grupito de Whatsapp, no pude reprimir el instinto de opinar en público. Ese instinto, que con el único género que tenía algo que ver era con el humano, nació de mis tripas y brotó con fuerza hacia arriba, en dirección a mi garganta, hasta que salió disparado en forma de bilis. Así que me conecté a Facebook y, con los dedos llenos de rabia, escribí: “¿Y qué, machotes, cuando estéis en la cárcel y un puñado de convictos chungos os pongan en fila y os rompan el culo en seco, también se lo vais a contar a vuestros amiguetes de La Manada?”. Un análisis un pelín primario, ya lo sé. Pero, ¿qué otra cosa, sino escupir mi deseo de que les pagaran con la misma moneda a esos despreciables engendros medievales, podía hacer? Al fin y al cabo, es lo normal en situaciones como esta.

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07 mar

Diagnóstico: Garrulos emocionales

Vale, esto es verídico.

Una pareja se besa apasionadamente en el pasillo que une la línea amarilla del metro de Barcelona con la roja. La cantidad de reacciones que contabilicé en menos de un minuto no me cabe en ambas manos. Reacciones que, dicho sea de paso, oscilaban impunemente entre la burla y la falta de respeto.

Os estaréis preguntando qué tiene de especial que dos personas se coman la boca en público en los tiempos que corren, ¿verdad?

En efecto, habéis acertado: Eran dos tías.

Y sí, tampoco os equivocáis en esto: Estoy indignada.

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