18 Oct

Una breve, brevísima, historia de amor

La noche cayó con rotundidad sobre la pequeña ciudad colonial. Se sentaron en la vieja escalinata de piedra de la plaza central, donde todo el mundo se congregaba tras la puesta de sol a escuchar a la banda. El bochorno se adhería a las pieles tostadas; la música y el ron exaltaban los ánimos. La gente era -o parecía- feliz. En aquella latitud, no existía el tiempo. Ni las prisas. Ni las obligaciones. No había un día de mañana al que rendirle cuentas. Empezaban a acostumbrarse a la sensación de ligereza que los acompañaba a todas partes desde su llegada. Aquello era, sencillamente, el paraíso, y como tal habría de ser recordado. De pronto, la bola de helado se desparramó sobre las piernas desnudas de ella y le manchó las sandalias. Él decidió ir a buscarle alguna otra cosa con la que mitigar el calor. No tardes, dijo ella. Se encontraban inmersos en esa etapa en la vida de toda pareja naciente en la que separarse constituye un auténtico ejercicio de fuerza de voluntad. Él respondió a su petición con un prometedor mordisco en el cuello y ella se estremeció. Después se marchó y ella siguió su figura bronceada con la mirada hasta que desapareció calle abajo. Un hombre ocupó inmediatamente el hueco que él había dejado en la escalinata. Carraspeó y se dirigió a ella. Me preguntaba si sería usted tan amable de prestarme sus anteojos un momento, para que pueda verla bien de cerca. Ella le devolvió una mirada de extrañeza y él se explicó. Verá, es que llevo meses juntando algo de plata para comprarme unos, pero todavía no me alcanza. Son muchas cosas, sabe usted, la vida está muy cara y uno a veces se ve en la obligación de escoger. O los anteojos o los frijoles. O ver o comer. El hombre le dispensó una sonrisa que se reveló sincera. Triste, pero sincera. Era ya mayor, pasada la cincuentena tal vez. La piel negra como el carbón, llena de surcos, el pelo ralo, del color de la nieve sucia. Era muy flaco y estaba algo jorobado. Le faltaba la mitad de los dientes y la otra mitad no tardaría mucho en despeñarse. Ella sintió pena y al punto aquel lugar dejó de parecerle tan idílico. ¿Y para qué quiere usted verme de cerca, caballero?, le preguntó ella, arqueadas las cejas y el aire incrédulo. Para tener la certeza de que es usted tan hermosa como de lejos, contestó él.

07 Mar

Diagnóstico: Garrulos emocionales

Vale, esto es verídico.

Una pareja se besa apasionadamente en el pasillo que une la línea amarilla del metro de Barcelona con la roja. La cantidad de reacciones que contabilicé en menos de un minuto no me cabe en ambas manos. Reacciones que, dicho sea de paso, oscilaban impunemente entre la burla y la falta de respeto.

Os estaréis preguntando qué tiene de especial que dos personas se coman la boca en público en los tiempos que corren, ¿verdad?

En efecto, habéis acertado: Eran dos tías.

Y sí, tampoco os equivocáis en esto: Estoy indignada.

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