23 abr

Escribo, luego existo

Era el día que más me gustaba del año. Más que Navidad, más que el primero de mayo, o incluso, más que ese ansiado día en que apagas el portátil a toda mecha para largarte de vacaciones lo más lejos posible. Pero ese día, Barcelona estaba tan bonita, con sus balcones modernistas engalanados de rosas rojas y todas esas banderas que bailaban caprichosas al viento, reivindicando por una vez nada más que el amor por una tradición, que me parecía la ciudad más hermosa del mundo y me olvidaba de todos sus defectos.

Era de esos días en que inusitadamente, el jaleo y la gresca no me molestaban; a mí, que suelo detestar las aglomeraciones. Por el contrario, me parecían encantadoras las gitanas de larga melena azabache recogida en un un moño y ojos negros como el carbón que me paraban en cada esquina, con sus mandiles de improvisadas vendedoras de flores, y me decían eso tan gracioso de “¡Mira qué rosa guapa tengo, nena, do’ euro’ na’ ma’. Llévate una nena, pa’ tu mae, pa’ tu mae!”. Yo sonreía con los ojos y continuaba con mi recorrido hacia ninguna parte. O hacia donde quisieran llevarme los pies.

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