09 Nov

Pero ¿quién es ella?

No sé cuál es su nombre, así que la llamaré simplemente “Ella”.

Ella me recuerda un poco a Brigitte Nielsen, con su cortísimo pelo rubio platino y sus pómulos arrogantes. Es atrevida. O al menos lo parece por cómo se viste. Siempre va de negro, con el mismo estilo de ropa ajustada que Sandy Olsson en el final de “Grease”, cuando conquistó a Danny Zuko enfundada en unos leggins y una camiseta que le marcaban hasta el volumen del alma. Ella nunca baja de sus zapatos de tacón infinito; es de las que pisan fuerte, de las que miran el mundo desde arriba. Siempre hacia delante. Sin vacilar. Lleva los brazos llenos de tatuajes, el escote y también el cuello; quién sabe cuántas historias contiene toda la tinta que embellece su piel en extremo bronceada. Cuántos amores. Desamores. Encuentros. Desencuentros. Principios y finales. Los labios, pintados de rojo carmín. Los ojos, melancólicos bajo una línea oscura de trazo quizá demasiado grueso; tal vez es la forma de camuflar su verdad, de preservarla. Su perfume, un aroma seductor. Ella es puro magnetismo y, por eso, lleva tantas miradas adheridas a la piel. Las de los hombres que la desean porque la imaginan fogosa en su intimidad, desinhibida; las de las mujeres que desaprueban su apariencia y su actitud, aunque secretamente la envidian. Pero nadie la conoce en realidad.

Olvidé un pequeño detalle.
Ella tiene 75 años.

26 Sep

Del fundamental respeto por las lenguas

Muchos sabéis que durante una época de mi vida, viví en Euskadi, para mí uno de los lugares más hermosos y acogedores del mundo. Y eso que conozco unos cuantos. Lo que supongo que no todos sabréis es que durante ese período intenté aprender euskera. Lo básico para poder comunicarme aquí y allí; lo suficiente para mostrar mi respeto hacia la tierra que me estaba cobijando por aquel entonces. Algún que otro obtuso de miras me acusó de estar perdiendo el tiempo. Pero cómo se te ocurre molestarte en aprender la lengua esa de caseríos y tabernas pudiendo hablar el castellano?, clamaba con indignación el cerrado en cuestión. Por la misma razón por la que nunca se me ocurriría irme a vivir a Suecia y no aprender el sueco, oiga. Ojalá hubiera aprendido mucho más euskera y hoy pudiese hablarlo de forma fluida. Igual que esos amigos de Marruecos, Brasil, Italia, Inglaterra o Rusia que viven en Barcelona y hablan catalán a la perfección. Porque una lengua siempre suma.
Nunca jamás resta.

06 Sep

Arbeit macht frei

No tendría que haberme puesto estas sandalias, pensé; hay barro por todas partes.
Había estado lloviendo sin tregua durante las últimas horas. El lodo y la niebla acrecentaban el aspecto lúgubre de aquel lugar. Ciertamente, el clima no acompañaba. Estábamos en pleno agosto, pero la sensación térmica era de noviembre para adelante. Miré al cielo. Los cúmulos de color gris plomizo sin duda presagiaban más agua. Con pasos titubeantes, me acerqué a la entrada. En la parte superior de la vieja cancela que separaba este mundo de aquel podía leerse la inscripción “Arbeit macht frei”. El trabajo os hará libres. Me estremecí. Después tomé aliento y traspasé la puerta. A partir de ese momento, comencé a verlo todo en blanco y negro. En uno de los barracones que todavía quedaban en pie, permanecía intacto tras una vitrina el mejor resumen de lo que había sido el holocausto. Allí se conservaban toneladas de zapatos desparejados. Toneladas de maletas con las direcciones de sus dueños escritas en letra grande en uno de sus lados, acaso esperando ser devueltas a su destino cuando aquello terminase. Toneladas de pelo humano. Toneladas de botones para uniformes militares hechos con piel humana. Toneladas de pijamas a rayas. Y junto a todas aquellas toneladas de horror, millones de fotografías del mismo rostro, una y otra vez. Cabeza rapada. Pómulos huesudos. Cuencas de los ojos hundidas. Malnutrición severa. Mirada perdida. Sueños rotos. Y un número tatuado en el antebrazo. Quizás, lo que más me impactó. Después, en otro barracón, las literas donde los internos se hacinaban a montones junto a las letrinas infectas y las ratas, compartían el último mendrugo de pan rancio entre las mantas raídas y se preguntaban por qué el 2.267 no había vuelto todavía de la ducha. Y más allá, las celdas de castigo, como si estar en un sitio como aquel no fuera un castigo en sí mismo. Habitáculos minúsculos y sombríos por donde calaba el frío invernal en días mucho peores que ese. Me miré las sandalias y al punto tuve ganas de vomitar. Pero retuve la náusea en mi estómago; aún no había visto lo peor. Me quedaba el último barracón, del que jamás regresarían sin saberlo. Las cámaras por cuyas paredes penetraba el mortífero zyklon b que los aniquilaba. Y en la sala aneja, un horno crematorio. En ese punto, tuve que salir al exterior; el olor a muerte allí dentro se me hizo irrespirable. Fuera, observé los raíles de tren que partían el campo de concentración en dos y no pude evitar pensar en todas las personas que habrían pisado aquella misma tierra que se hundía bajo mis sandalias. Sobre todo, pensé en el millón y pico de personas que no pudieron contarlo. Judíos. Homosexuales. Liberales. Diferentes. Y una vez más, miré la inscripción de la vieja cancela de hierro. No es el trabajo lo que nos hará libres, me dije. Es la Historia.

*Auschwitz-Birkenau no sólo fue el mayor campo de concentración y exterminio nazi, sino también el más letal: más de un millón de personas fueron asesinadas tras aquellas alambradas.

22 Ago

Imagina que fueras un inmigrante

Imagina que vivieras en un país en guerra.
Que han matado a machetazos a tu familia.
A tus vecinos.
A tus amigos.
Que cuelgan a los disidentes políticos del árbol más cercano.
Que no hay trabajo.
Ni prosperidad.
No hay futuro.
Porque no tienes nada que llevarte a la boca.
Eres pobre.
Y eres negro.
No tienes libertad.
Todo lo que tienes es coltán.
Níquel.
Oro.
Crudo.
Y ni siquiera te pertenece.
Porque les pertenece a ellos.
Ellos son blancos.
Y tienes un hoy, porque el mañana en tu país no existe, es incierto.
Imagina ahora que te dicen.
Que te explican.
Que te cuentan con los ojos muy abiertos.
Que, en un lugar remoto, hay libertad.
Dinero.
Comida.
Futuro.
Trabajo.
Paz.
Tú qué harías?
Te irías.
Hervirías por dentro y te irías.
A pesar de los riesgos.
Del largo viaje.
Y de los muros de los dueños blancos del coltán.
Seguro que no perderías la esperanza.
Aunque te quedaras por el camino.
Convertido en polvo y huesos.
Porque en tu oídos seguiría resonando con fuerza una palabra.
Vida.

06 Ago

La esclavitud estival del cuerpo

Este verano, luce silueta por fin.

Cada vez que paso por delante de un gimnasio, un centro de estética o una tienda de productos dietéticos y veo uno de esos jodidos carteles reclamo, me entran ganas de atiborrarme a donuts. Pero por joder a los evangelizadores de la belleza, básicamente. No sé vosotras, pero yo estoy harta de que se manipule la imagen de las mujeres con pretextos tan absurdos como la salud o esa palabra tan de moda ahora, wellness, porque es mentira. La cosa no va de salud. Va de etiquetarnos, como siempre. Y no. No hay que tener curvas para ser una mujer de verdad, ni caber en una talla 34 para sentir que no le debemos nada al mundo. No se trata de eso. La auténtica feminidad no tiene nada que ver con la forma de nuestros cuerpos, por muchos siglos que nos lo lleven vendiendo así. La feminidad va de comprensión, de las redes que sólo nosotras sabemos tejer, de sororidad, de fuerza. Y los cánones estéticos de los que todas somos/hemos sido víctimas, un envoltorio bonito, pero falaz, efímero, debilitante, aprisionador. No tenemos por qué pedir perdón por el cuerpo que la naturaleza y la genética nos han otorgado. Gruesas o delgadas, qué más da si parece que siempre va a ser demasiado, que nunca va a ser suficiente. Yo sin ir más lejos, bailo entre la talla 40 y la 42. Tengo cartucheras. El culo redondo como una plaza de toros. Unos muslos que se rozan constantemente cuando camino en pantalón corto. Y ni os cuento qué tetas se me han puesto desde que soy mamá. Y qué? Acaso estoy condenada al ostracismo por ello? Acaso se creen en los gimnasios, los centros de estética o las tiendas de productos dietéticos que voy a salir de mi casa envuelta en un burka? Que me voy a negar a mí misma el placer de sentir en mi piel las olas del mar este y todos los veranos que tengo por delante? Luce silueta una mierda. Yo no quiero lucir silueta. Quiero vivir la vida sin complejos que para eso es de un solo uso. En verano y en invierno.

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