05 Abr

Vivir (y morir) con dignidad

Hoy me ha dado por pensar en cómo sería mi vida si de repente un día tuviera un accidente y me quedara tetrapléjica.

O si en un chequeo médico rutinario me diagnosticaran Esclerosis Múltiple.

Son posibilidades que uno nunca contempla, o no quiere, no se atreve a contemplar.

Pero están ahí; existen bajo la forma de una insoportable amenaza.

Bajo la forma de esa sentencia lapidaria que dice Podría pasarte a ti.

Como le pasó a Ramón Sampedro.

O a María José Carrasco.

He intentado imaginar mi día a día como debió de serlo el de Ramón o el de María José durante mucho tiempo.

Con un horizonte que al final ya no ofrece ninguna posibilidad.

Sin nada que hacer.

Sin nada por lo que luchar.

Dependiente de.

Dependiendo para.

Y en este trágico contexto que no admite tiempos verbales en futuro, he pensado también en mi familia, sobre todo en mi marido, que cumpliría a rajatabla esa cláusula que estipula que el contrato se cumple por igual en la salud y en la enfermedad. Y al hacerlo, no he podido evitar que la pena me moje los ojos, las yemas de los dedos y hasta las aristas del corazón.

Pena por mí, claro.

Pero, sobre todo, por él.

Porque su vida se consumiría junto a la mía, entre botellas de oxígeno, tubos y palanganas.

¿Pueden un tetrapléjico o un enfermo de EM vivir con dignidad?

Es una pregunta para la que no tengo respuesta. Por más que trato de imaginar cómo sería todo si yo estuviera en la misma situación que Ramón Sampedro o María José no he podido, no he sabido o no he querido hacerlo.

Porque no sé si yo podría, sabría o querría vivir cuando el horizonte ya no ofrece ninguna posibilidad.

No sé si yo querría morir lentamente mientras mato lentamente a los míos.

Digo que no lo sé, pero en el fondo sí lo sé.

Como lo supo Ramón.

Como lo supo María José.

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18 Mar

Vivir después de la muerte

Me extrañó cruzármela en el ascensor. No era una persona que se prodigara en demasía, así que rara vez coincidíamos. Le pregunté cómo estaba por pura cortesía, sin esperar nada más que el habitual “Tirando” con voz lastimera de las últimas veces. Sabía que su marido había muerto hacía unos meses, pero no me atreví a decir nada; nunca me ha gustado ahondar en la tristeza ajena. He estado muy jodida, me confesó, se confesó. Pero resulta que la vida sigue. La observé detenidamente. Se había teñido el pelo de un color que, sin ir a la moda, le otorgaba otro brillo a su rostro, lejos de la tétrica tonalidad apagada del ocaso de los días. Llevaba gafas nuevas, más grandes, como si ahora, a diferencia de antes, no quisiera perder de vista nada de lo que acontece día tras día. Su ropa era elástica y deportiva. Y yo que la creía marchita incluso antes de la muerte de su marido, pensé sorprendida. He estado medicándome, dijo. Pero, ¿sabes qué? Ninguna pastilla me va a devolver lo que la vida me ha arrebatado. Después, me vinieron a la mente las palabras que me dijo un psiquiatra una vez y que jamás he podido olvidar:
“Te garantizo que la única medicina eficaz contra la melancolía no es química”.
No, claro que no.
El pelo teñido, las gafas nuevas, la ropa elástica de esa nueva mujer que había nacido después del luto eran la medicina.
Su actitud vital era la medicina.

08 Ene

La paradoja de la vida interrumpida

Esto acaba de suceder.

Son las diez de la mañana de un soleado día invernal. Camino distraída por la amplia Avenida Madrid. El sonido de las ruedas quemando asfalto llega amortiguado a mis oídos; no presto demasiada atención a lo que pasa a mi alrededor. La lista de cosas que tengo que hacer hoy es interminable y las repaso mentalmente como parte de una ridícula terapia para no perder la memoria. Sí, de un tiempo a esta parte me olvido de todo.

1) Comprar leche
2) Corregir el capítulo uno
3) Poner una lavadora de ropa oscura
4) Sacar el pescado del congelador
5) Exfoliarme la cara
6) …
Ya no me acuerdo de más.

De pronto, atisbo un gran cordón policial que se extiende varios metros desde mi posición. Un montón de agentes de uniforme custodian la entrada a un edificio de viviendas. En mitad de la acera, una enorme lona azul protege lo que sea que haya en el suelo. Del portal sale un inspector judicial. Viste de paisano pero lleva la placa colgada al cuello, así que es inconfundible. Detrás, unos tipos enfundados de los pies a la cabeza en sendos buzos blancos portando maletines. Ya sabéis a lo que me refiero; estamos hartos de ver a la policía científica en las series de televisión. Me paro en seco. Y no sé qué clase de impulso me lleva a mirar hacia arriba, pero lo hago. El edificio es tan alto que casi me mareo, y al instante, el vértigo se me extiende como un veneno por todo el cuerpo. No me atrevo a preguntar, nunca me ha gustado hacerlo en este tipo de situaciones. Decido mezclarme entre la multitud, cada vez más numerosa, que se congrega junto al portal. Agudizo el oído y escucho.

¿Qué ha pasado?, pregunta una voz.
Alguien se ha caído de un balcón, dice otra señalando.
No, no se ha caído. La han empujado. La han asesinado, se apresura a matizar un supuesto testigo.
No digas tonterías. Se ha tirado. Se ha suicidado.

Con un gesto inconsciente de la mano, sofoco un grito. Y me da por pensar en la persona que yace tirada en la acera, oculta de la curiosidad morbosa y de la especulación tras la lona policial, junto a un reguero de sangre, el cráneo quizás partido, las piernas probablemente dobladas, la mirada acaso perdida. Y me sube una bola de tristeza desde el estómago a la garganta y vuelta para abajo. Porque somos humanos y esto no es un serie de Netflix ni una novela negra. Esto es la realidad. Y también siento miedo. Un miedo irracional, como todos los miedos, pero que está ahí, atenazándome la garganta, porque diez minutos antes de que esa persona impactara contra el suelo, yo acababa de salir de casa. Así de paradójica es la vida.

Y todo lo que tengo que hacer, de pronto deja de parecerme importante.

18 Dic

Laura

Quiero ser libre.
Poder caminar por la calle tranquila.
De día o de noche.
Lleve la ropa que lleve.
Sin tener que mirar hacia un lado y otro.
Estudiando las posibilidades que tengo de escapar en el hipotético caso de.
Sin estar constantemente vigilándome las espaldas.
Desconfiando de cada mirada masculina que me acecha.
De cada paso.
De cada sombra.
Con los dedos en tensión sobre el teléfono.
Y la garganta lista para gritar.
Me quiero viva, sí.
Pero sin miedo.
Señores, esto no va de protección.
Va de educación.
De justicia.
Entiendan que el machismo mata
y la impunidad remata.
Y por eso, tú.
Yo.
Ella.
Nosotras.
Tenemos miedo.
Pero ¿qué clase de sociedad enferma es esta que permite que las mujeres sean maltratadas, ultrajadas y asesinadas?
¿Qué mensaje estamos dando a nuestros hijos?
Hoy han matado a Laura.
Ellos dicen porque salió a correr sola.
Yo digo cuando salió a correr sola.
Podría haber sido yo.
Y aunque tengo miedo.
Me niego a encerrarme.

19 Nov

Los malotes de novela

Los malotes.
Los gamberros.
Los tíos de alma atormentada que huelen a peligro a un kilómetro de distancia.
Los empotradores que tienen el súperpoder de hacer que se te caigan las bragas sólo con mirarte.
Los que te dicen “nena” con la voz ronca.
Eso está muy bien en la ficción, pero en la vida real lo que nos gusta a las mujeres son los hombres sencillos.
Accesibles.
La buena gente.
Sin poses ni pasados oscuros.
Que entenderlos no sea más complicado que completar el puto cubo de Rubik, por favor.
Que no haya que jugar a las adivinanzas.
¿Por qué no me contestas el puto mensaje si te has conectado a WhatsApp hace un minuto?
Ni a deshojar la margarita, que ya estamos todos creciditos, gracias.
Queremos versiones masculinas de nosotras mismas.
Hombres con capacidad de comprensión.
Con sentido del humor.
Buena conversación.
Tolerancia.
Civismo y educación.
Con las cosas claras.
Que actúen en consecuencia.
Capaces de darte mandanga de la buena y llorar al mismo tiempo.
O ¿qué pasa? ¿Que los héroes no lloran?
Que disfruten con las cosas pequeñas.
Que sueñen con las grandes.
Que compartan.
Que se abran y te abran.
Hombres normales.
Porque normalidad es igual a follabilidad.
Aquí y en la República China Popular.
Con tantos defectos como nosotras.
Porque de la perfección hay que desconfiar.
Y lo de la voz ronca, hacednos caso, nos la trae al pairo.

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