15 abr

Welcome refugees

“Nadie pone a su hijo en un barco a no ser que el agua sea más segura que la tierra.”  Warsan Shire

Solía pasear todas las tardes por la misma calle. Me había acostumbrado al ajetreo de la principal arteria de aquel barrio de Barcelona y al tedio de sus escaparates. No perseguía nada en particular; tan sólo mover las piernas, que me diera un poco el aire, o encontrarme con algún rostro conocido. Quién sabe.

Pero una de esas tardes en las que nunca pasaba nada más que el tiempo, sucedió algo extraordinario. Había estirado las piernas, me había dado el aire, y aunque no me había encontrado con ningún rostro conocido, decidí permanecer un poco más en la calle antes de volver a casa. En una concurrida plaza en la que los niños acostumbraban a devorar sus meriendas al salir del colegio mientras sus padres charlaban de esto y de aquello, un grupo escaso de personas se había congregado en torno a una pancarta circundada de velas rojas. Me acerqué lo suficiente como para poder leer el mensaje sin necesidad de llamar demasiado la atención. Welcome refugees, leí. Una muchacha de unos 35 años, delgada, demacrada, con aspecto de tener mucho mundo a las espaldas, cogió un micrófono y, con la voz firme pero impregnada de tristeza, comenzó a relatar su experiencia. Decidí quedarme a escucharla, intuyendo que lo que tenía que contar era importante. Que para sería importante. Y no me equivoqué.

Aquella muchacha de mirada abatida era una cooperante que acababa de volver del campo de refugiados de Idomeni, en la frontera entre Grecia y Macedonia. Las cosas que explicó me hicieron sentir vergüenza, e incluso, tuve que cerrar los ojos en algún momento porque su relato fue tan gráfico, tan crudo, que creí poder verlo con nitidez en mi retina. Vi personas cruzando descalzas un río helado. Médicos desbordados por la septicemia, la neumonía, la desnutrición, los ataques de ansiedad. Tiendas de campaña levantadas sobre el barro. El mismo barro que se confundía con la sangre y la placenta de los partos que allí mismo tenían lugar. Allí donde no se daba a luz, sino a oscuridad. Sentí el frío y la humedad que calaba los huesos de personas que se hacinaban contra un muro, juntas, muy juntas entre ellas, porque el calor de las mantas raídas, con olor a vómito y a miseria, era insuficiente.

Vi el caos.

La muerte.

La degradación humana.

Vi lo que nunca nadie debería haber visto.

Y me pregunté qué mierda le estaba pasando al mundo. En qué momento habíamos dejado de ser cristianos -en el sentido secular de la palabra- para convertirnos en bestias asesinas de derechos.

¿Qué autoridad moral nos creemos que tenemos cuando decimos que en nuestro país -un país con unos 3 millones de viviendas vacías- no tenemos espacio para ellos?

¡Que se vayan a otro sitio!

Y a dónde.

¿A Turquía? En Turquía ya hay cerca de dos millones de refugiados y a los que sigan llegando los deportarán sin miramientos.  ¿Al Líbano, tal vez? Más de un millón. Pues entonces a Jordania. No, no pueden; allí ya son 600 mil.

Casi todos los refugiados acaban acogidos por países pobres, qué curioso.

En el camino de regreso a casa, después de que aquella cooperante de aire derrotado terminara su exposición, apreté los puños casi sin darme cuenta y derramé una lágrima. Me pregunté por qué no habría más gente como ella. Gente valiente y con la suficiente fortaleza emocional como para soportar la miseria que la retina nunca debió haber visto.

Gente que cree que otro mundo es posible.

Que las personas somos eso, personas.

No refugiados, ni inmigrantes, ni ricos, ni pobres, ni blancos, ni negros.

Personas.

Y a veces, necesitamos huir.  Como podría haber necesitado huir mi abuelo a Rusia cuando sólo era un crío en 1936. O como podría haber necesitado huir yo a Alemania a mis 33 años en 2016. Son sólo un par de ejemplos.

Reconozco que sentí mucha pena. Pena por todo lo que tendrían que soportar no sólo los que huyen, sino los que acuden en su ayuda. Y por mí. Sí, también sentí pena por mí; no me da vergüenza decirlo.

Pena por no ser más valiente.

Por haberme acomodado a contemplar la crueldad desde la comodidad de la trinchera.

Por no haberme atrevido a ir a Idomeni. O a Lesbos. Por no haber ni siquiera sentido la necesidad de hacerlo.

Por ser una ciudadana más. Una ciudadana sin más.

Porque igual que se costumbra uno a pasear siempre por la misma calle, se acostumbra a que la vida se la expliquen otros. Los que sí se atrevieron. Los que lo necesitaron.


¿Quieres escuchar esta historia? ¡Dale al play!

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25 comentarios de “Welcome refugees

  1. Carmen realmente debemos sentir pena y vergüenza de permitir tanta violencia gratuita en nombre de dioses, de poderes económicos y de políticos deseosos de poder. Realmente ya nos es indiferente ver la muerte a través de las imágenes, por que mientras no nos afecte directamente, nos da igual.
    Olvidamos que en este país muchas personas tuvieron que buscar oportunidades de mejor vida en otros lugares lejanos huyendo de la miseria y la represión. ¡Qué mala memoria ! la nuestra. Gran reflexión.

    • Muchísimas gracias como siempre Dolors. Yo te digo que en realidad siento casi más pena por la desidia que mostramos ante las catástrofes que nos asolan, que ante las mismas. Es terrible y descorazonador.

      Miles de besos :)

  2. Pingback: Bitacoras.com

  3. La verdad es que es descorazonador lo que esta ocurriendo pero lo peor de todo es la impotencia de ver que pasan los días y, lejos de arreglarse, la situación empeora y no se atisba una solución. La europa de la unión. Incapaces de ponerse de acuerdo ni en el color de la mierda. Buen artículo. Remueve conciencias

    • Muchas gracias, Rodrigo. No sabes cuánto me alegro de verte por aquí. Como tú bien dices, es descorazonador. La culpa es principalmente de las instituciones que no hacen nada porque no les interesa, pero como te cuento en el artículo, muchas veces me pregunto por qué yo misma no doy un golpe en la mesa y me marcho a hacer lo que ellos no hacen.

      Un besazo :)

  4. Todos tenemos tristeza por no poder hacer todas esas cosas que nos gustaría hacer para ayudar a estas personas. Porque lo primero que olvidamos es eso, que son personas y que no tienen culpa de lo que nuestros dirigentes, y nosotros, con nuestro voto, les estamos haciendo.
    Para ir a idomei o a Lesbos, hace falta mucho valor, como el que ha tenido mi amigo y compañero en la clandestinidad cafetera Albergó (@Tito#StopTTIP).
    Gracias por remover nuestras conciencias.

    • Cele, gracias a ti por lu siempre lúcida respuesta. Ojalá yo tuviera el valor de nuestro @TitoStopTTIP, pero no lo tengo. Al menos de momento. Así que sólo se me ocurre intentar entender el “problema” y sensibilizarme con él.

  5. A veces siento asco de mí misma. Asco de pertenecer a una especie de seres vivos que mira con indiferencia la decadencia y destrucción de sus hermanos. A veces siento aversión por los católicos y luego recuerdo que soy una de ellos. Y me digo a mí misma que debo recordar que CATÓLICO = UNIVERSAL. A veces alguien como tú nos recuerda que no debemos mirar hacia otro lado cuando nuestros hermanos sufren. Gracias por ello, Carmen.

    • Me encanta lo que me dices Mary Ann, y me halaga. Me hace sentir que vale de algo vomitar toda mi rabia en forma de letras. Algo pasará. Algo haremos. No sé cuándo ni el qué. Pero llegará.
      Un besazo amiga!

  6. Fantástico relato.
    Es realmente curioso que puedas pasearte por un mundo sin fronteras, sólo con la condición de tener pasaporte vip y dinero corrupto. Si no cumples esos requisitos, tendrás que entrenar duro para sobrevivir.

  7. Felicidades por tu relato, me dejaste con lágrimas en los ojos. As veces me pregunto en que especie de seres humanos nos estamos convirtiéndo.Un saludo Carmen

  8. A.M. Silva wooow… En serio? Siento que así haya sido, pero entiendo que te hayas emocionado como me pasó a mí misma. Un abrazo enorme y gracias por leerme y comentar :)

  9. Carmen,
    Molto profondo, triste è vero…la difficile realtà del giorno d’oggi. Meno male che ci sono persone che provano a aiutare di ogni modo, come te a scrivere così bene. Grazie, sei veramente speciali!

    • Grazie Tati per le tue dolce parole. Effetivamente, oggi come oggi la realtà é terribilmente difficile e anche dura, però mi fa proprio vergogna che neanche gli istituzioni, neanche noi stessi ne facciamo qualcosa.

      Spero tantissimo di ritrovarti sul mio blog, cara amica!

  10. Hay una verdad tan vergonzosa en este post que las palabras se me agolpan y no sé bien cómo expresarme. Tampoco sé si hay una forma de expresarse para esto, porque por momentos escapa a mi capacidad de raciocinio.

    Es crudo el suceso, y cruda tu forma de relatárnoslo y hacérnoslo llegar. Se hace difícil leerlo (y también escucharlo, en ese espectacular Podcast, con tu voz rota).

    Es dolorosamente brillante.

    • Ay Miriam, ya lo creo que es duro. Duro y vergonzante. El mismo nudo que se te formó a ti en la garganta al leerlo, se me formó a mí al escribirlo y al relatarlo. Sentí mucha pena, créeme.

      Un besazo y gracias por tu bonita opinión, mi cielo!

  11. Carmen, mientras te leía y escuchaba a la vez, sentía como dentro de mí, la impotencia se me imponía y se adueñaba de mis adentros sin compasión… las lágrimas desbordaron mis ojos pero, ¿sabes qué es lo más triste? que dentro de unos minutos mi mente se bloqueará, se pondrá en blanco y eso hará que de aquí a unos minutos ni siquiera me acuerde de lo que he leído… cómo esos millones de seres humanos en el mundo que, pese a lo que sucede en este miserable mundo, seguirán votando a los mismos que los esclavizan, desprecian y matan.Eso sí, siento mucha, muchísima vergüenza… Un abrazo enorme y gracias por hacerme “sentir”, aunque sea un instante.

    • Gracias a ti Frank, por comentar y sobre todo, por haberte sensibilizado tantísimo con el tema. Da mucha rabia y mucha vergüenza, como siempre digo, no sólo por las instituciones que no hacen nada, sino también por nosotros mismos, que vivimos entre bostezos.

      Abrazos enormes!

  12. Acabo de oírte en tu versión de podcast, y pones los pelos, los poco que me quedan, de punta. Este tema queda, por decirlo de alguna manera, más “vestido” en tu voz y con esa desazonadora música.
    No voy a cargar más las tintas en el tema, porque lo que es vergonzoso, lo es, y punto.
    De todas maneras, cuando se habla de los refugiados, no me queda más remedio que recordar que mi madre, y dos de sus hermanos, fueron llevados desde Bilbao, y en barco, a Francia durante la guerra. Por cierto, mi madre concretamente, ha mantenido contacto por carta con su “familia” francesa durante muchísimos años hasta que desgraciadamente han ido falleciendo.
    Y, como se suele decir, nosotros, con estos pelos. Y les seguiremos votando…

  13. Hola,

    a veces pienso algo parecedio. Vivimos en un mundo, en el que es más desgarrador que se te parta la pantalla del móvil que ver el reguero de personas que se tienen que ir de su casa, su hogar, del sitio donde ha surgido algún tipo de conflicto, casi todos provocados por Occidente. Un amigo me dijo una vez “Dani, el mundo huele a mierda, lo cojas por donde lo cojas” y así es.

  14. Impresionante tu relato, realmente me conmovió. Desde la lejanía del Uruguay observo la tragedia que ocurre mes a mes, año a año, y así desde el inicio de los tiempos. Los inocentes siempre a la deriva…
    Y si, leí alguna vez por ahí que detrás de cada puertita de los que a veces transitamos con indiferencia por el resto, debería existir alguien que golpeara y recordara que los desterrados están ahí porque los demás no hacemos nada… O al menos la mayoría. Que denuncies y te conmuevas es ese golpecito hoy…

  15. Qué hermosa reflexión, Isabella. Te agradezco mucho tus palabras, que me han resultado muy reconfortantes.
    Saludos desde Barcelona, amiga.



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