20 may

Senectud

Llegaba tarde a la que sería mi primera entrevista de trabajo en muchos meses. Como siempre, había salido de casa con el tiempo justo, así que tocaba correr. De camino al metro, decidí atajar por una callejuela por la que no acostumbraba a pasar. Estrecha, polvorienta, y oscura. Circundada por bloques de pisos con la pintura de las fachadas desconchada y el aire decrépito de las antiguas ciudades dormitorio. El tipo de calle que uno siempre tiende a evitar, sea la hora que sea. Miré el reloj y aceleré el paso. Joder, que no llego, me dije sintiendo cómo la ansiedad me colapsaba poco a poco los pulmones.

Entonces la vi.

Era tan poquita cosa que no había reparado en ella hasta que la tuve tan cerca que prácticamente pude olerla. Olía como huelen las habitaciones que llevan mucho tiempo cerradas; como el jabón de antes; como el paso del tiempo. Olía a una agridulce antigüedad. Caminaba muy despacio, encorvada, sin apenas levantar los pies del suelo, arrastrando un destartalado carrito de la compra contra el que luchaba exangüe, como si supiera de antemano que esa batalla la tenía más que perdida. Se detuvo frente a un portal, sucumbiendo al gran esfuerzo que parecía suponerle la propia vida, y con la mano trémula se palmeó el bolsillo de su vieja bata de algodón a cuadros en busca de unas llaves que acabaron en el suelo antes de contar hasta cinco. Vi cómo peleaba contra su más que probable artrosis, tratando de doblar las rodillas sin ningún éxito, con una mueca de dolor, pena o tal vez rabia, quién sabe, compuesta en su gesto. Vi cómo intentaba superar en vano el abismo que se interponía entre su frágil cuerpercillo y aquel suelo lejano que parecía extenderse hacia las mismísimas entrañas de la Tierra. Y vi cómo ese mismo suelo traidor acababa atrayéndola hacia sí como un imán, y a su carrito de la compra, como estocada final.

Algo se removió en mi interior. No sé el qué, pero yo lo sentí. Fue como si dentro, muy adentro, se me hubiera roto alguna fibra esencial.

Hay quien diría que a eso se le llama sentir lástima.

Yo me inclino a pensar que fue empatía.

Me acerqué a ella y le tendí la mano, a la que se aferró como a un chaleco salvavidas. Tenía la piel gélida, los nudillos extraordinariamente huesudos y las yemas de los dedos rugosas. La ayudé a incorporarse asiéndola con cuidado por la cintura y al hacerlo, sentí el corazón atenazado al notar su complexión escasa y frágil. Le pregunté si estaba bien, sin dejar de sujetarla por miedo a que pudiera volver a caerse. Ella me miró con sus pequeños ojos acuosos y descoloridos por la edad, estudiando mis rasgos con un mueca de extrañeza dibujada en su rostro, como si tratara de encontrar algo en mí que le resultara familiar. Una lágrima cayó en cascada a través de los hondos surcos de su tez marchita.

-¡La compra…! -sollozó haciendo aspavientos- ¡Se me ha caído la compra!

Me agaché inmediatamente y comencé a recoger todo lo que se había desparramado por el suelo.

Una cebolla.

Tres manzanas.

Una botella de leche.

Una cola de merluza.

Dos yogures naturales.

Un brick de caldo de pollo.

Un paquete de galletas María.

Es muy poca comida, pensé. Esta pobre anciana está sola.

Y bum. Otra fibra rota.

Enderecé el carrito y recogí las llaves. Le pregunté si vivía allí pero no me contestó.

-¡La compra! ¡La compra! -no dejaba de repetir, llevándose las manos a la cabeza.

Mi móvil empezó a vibrar en el bolsillo de mi chaqueta, pero no me molesté en comprobar quién me estaba llamando. No me hizo falta; sabía perfectamente que se trataba de la responsable de Recursos Humanos con la que tenía una cita hacía ya más de diez minutos. Miré mi reloj de nuevo y suspiré profundamente. Yo me había preparado a conciencia para aquella entrevista porque necesitaba el trabajo. Demasiados meses parada. Demasiadas facturas acumuladas. Demasiado tiempo para pensar. Algo me decía, no sé, una especie de runrún en mi cabeza, que aquel puesto iba a ser mío. O podría haberlo sido. Porque estaba segura de que acababa de perder la oportunidad.

Pero no podía marcharme.

Porque aquella pobre anciana había comprado comida para una sola persona.

Y porque en aquel momento, yo, alguien cualquiera que pasaba por allí, era su única esperanza en el mundo.

¿Qué clase de persona sería si la hubiera abandonado a su suerte? ¿Si la hubiera dejado allí sola y desorientada?

Puede que me falte el trabajo, pero la humanidad no.

-No se preocupe, señora -le dije con amabilidad-. Yo la ayudaré a subir la compra.

La tomé del brazo con delicadeza, enderecé el carrito e introduje la llave en la cerradura.

-¿Recuerda en qué piso vive? -pregunté una vez hubimos entrado en el portal.

Negó con la cabeza y de súbito la angustia pareció apoderarse de su semblante.

-¡La olla! -exclamó repentinamente alterada-. ¡Me he dejado el fuego encendido! ¡Ay, Señor, qué cabeza la mía!

Las lágrimas empapaban las cicatrices que el tiempo había esculpido en aquel rostro que tantas historias contaba. Le acaricié con suavidad el corto y ralo pelo blanco, conmovida por la emotividad de aquel instante.

-Tranquila, tranquila -dije tratando de calmarla-. Ya verá como todo está en orden. ¿Recuerda al menos su nombre para que pueda buscar en los buzones?

Se sacó un pañuelo de papel del bolsillo y se secó las lágrimas con el pulso tembloroso.

-Maria Blanxart i Reig -respondió.

Vivía en el tercero. En un piso que olía como huelen las habitaciones que llevan mucho tiempo cerradas; como el jabón de antes; como el paso del tiempo. Olía a una agridulce antigüedad.

Olía a Maria Blanxart i Reig.

A la historia de una mujer que había sobrevivido a la guerra.

Al hambre.

A la tiranía y a la opresión.

Al duro trabajo en el campo, y luego sirviendo, y luego en la fábrica.

A la muerte prematura de su marido.

Que había sacado adelante ella sola a sus tres hijos. Los mismos hijos que ahora la visitaban de vez en cuando, como se visita a un pariente lejano, con un ojo puesto en el reloj y el otro en la puerta.

Por obligación.

¿A alguien se le ocurre algo más triste que visitar a una madre por obligación?

Ella, que llevaba escrita la palabra lucha en cada una de sus arrugas. En sus manos ajadas y deformes. En la debilidad de sus extremidades. Ella, Maria Blanxart i Reig. Que todavía recordaba su nombre pero no el piso en el que vivía.

Se había quedado sola.

Envejeciendo sola.

Muriendo sola.

Me dirigí a la cocina y apagué el fuego sobre el que reposaba una olla que empezaba a humear en exceso. Y entonces fui yo la que inevitablemente rompió a llorar.

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33 comentarios de “Senectud

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  2. Yo habría pillado el carro de la vieja y habría salido corriendo con él. ¿Te han dicho alguna vez que tu estilo me recuerda al de Guy de Maupassant? Por lo menos en este relato.

    • No creas que no lo pensé, pero por dos cebollas y una botella de leche no me pego yo la pateada. Nunca me habían dicho que me parecía a Maupassant. Madre mía, eso vas a tener que explicármelo.

  3. Ogni volta che leggo i tuoi racconti mi vengono dei brividi, sei veramente speciale e mi hai fatto emozionare ancora una volta…brava!!!

  4. Grande Carmen. Ya lo dice el dicho. Cría cuervos y te sacarán los ojos. Ten hijos para esto. Triste realidad de la sociedad de hoy.

  5. La triste realidad es que como el caso que describes, por cierto magistralmente,esta a la orden del día.La pena no la tienen que dar estos ancianos desvalidos, más bien el genero humano que en los tiempos que corren esta exento de humanidad, valores y empatia hacía quienes dierón toda la vida por nosotros.
    Bueno no me voy a enrrollar más por que sino rellenaria un buen monton de folios sobre el tema. Solo quiero darte las gracias por este recuerdo que haces sobre la senetud.
    Un beso bien grande.

  6. Hay varias cosas interesantes y mucho que destripar.
    Creo que desde un punto de vista formal es un trabajo muy bueno, se nota que estás escribiendo mucho y eso le da mucha vitalidad y consistencia al texto. Quizá te remarcaría que hay veces que se puede ser un poco más sencilla, no sobrecargar la expresiones, relajar la adjetivación, poner alguna coma de más… De hecho, me da la sensación de que hay veces que alguna imagen muy potente pierde esa potencia porque al lado tiene otra de igual potencia. Creo que una de las mayores dificultades a la hora de escribir es ser sutil y mesurar los puñetazos. Aunque entiendo que también es algo de gustos.

    Y justamente en eso, pero en la faceta dramática, creo que es donde le encuentro el punto que no me convence. Creo que propones una buena ambientación, muy realista, pero conforme avanza el texto el narrador se vuelve muy lastimero y a la vista de lo desgarrador de la historia, creo que no hace falta. Una idea que me venía, es tratar de narrar más hechos que contar, sobre todo en la fase que entras a la casa.

    ¡Aun así, me ha gustado mucho este trabajo! ¡Enhorabuena!

    • Muchas gracias Rafa por tus apreciaciones, que me parecen muy útiles e interesantes. Las tendré muy en cuenta para futuros relatos. Pero sobre todo,gracias por tomarte el tiempo de leerme y analizarme.

    • Caballero, hay que tener mucho tiempo libre o ganas de perderlo pasa soltar semejante discurso sin ruborizarse. Al final, ¿Cuál es la crítica exacta? Porque leo algún creo y vaguedades varias. Concrete hombre, concrete. A mí el relato, y se lo digo como escritor, me parece muy bueno ¿Que se puede desmenuza? Sí, Claro. Pero no hasta el punto que usted lo hace, porque lo critica todo : estilo; signos de puntuacion;grado de dramatismo…
      ¿Y dónde dice usted que se le puede leer? Por comparar. Y porque una persona como usted, como mínimo debe estar en nómina de la editorial Planeta como editor jefe. Qué menos.

  7. Se agolpan sentimientos en mi pecho, punzantes unos, melancólicos otros. Se me desarma el hombretón que llevo “fuera”. No puedo dejar de juzgarme a la vista de estas letras. Lo cierto es que el tema de la deuda vital con mis padres me persigue. Me ha gustado mucho medido ello en la escala Ritcher de los seísmos emocionales. Pero me has jodido el día.

    • Ay Rilo, Rilo. Tus fantasmas los vamos a olvidar mañana tequila en mano, te parece? Por cierto, me hace muy feliz cuando me comentas. Escribes tan bien galleguiño mío!!!

  8. Querida Carmen:
    Me has dejado sin palabras. Se me ha cerrado la boca del estómago y he tenido que respirar hondo para ahogar alguna lagrima que estabas a punto de arrancarme.
    Qué maravilla. Increíble la belleza con que relatas algo tan triste y, sobretodo, que forma de transmitir sentimientos.
    Cuanto más leo tus píldoras literarias más cuenta me doy de la Increible escritora que hay detrás. No lo digo por hacer un comentario que quede bien en tu blog, lo digo con el mismo sentimiento con que tú has escrito este relato.
    Eres increíble, nunca dejes de escribir. Tu transmites… Y eso no todos los escritores somos capaces de hacerlo.

  9. Muchos pueden captar instantes de vida y absorberlos como esponjas de empatía haciéndolos suyos.
    Pero no todos pueden llegar a transmitirlos a los demás, con la misma eficacia que lo hacían los pintores impresionistas.
    Llegas. Entras. Haciendo que tus emociones emocionen.
    Muy bueno.

  10. Es muy triste, pero demasiado real…
    Oye, una cosa: me gusta tu forma de escribir, de transmitir emociones y sentimientos.

  11. Woooow Gonzalo!! Sin palabras me has dejado tú. Gracias infinitas por lo que has dicho, que me alienta para que continúe escribiendo sin parar.

  12. Con diferencia y mucha, lo que mejor has plasmado en esta ocasión, has conseguído relatar realidades con tannta soberbia maestría que aún tengo la congoja en el corazón. ¡Enhorabuena Carmen!, cada día mejor.

  13. Es un excelente relato pleno de humanidad. Lo que más me gusta es la decisión que toma la joven de quedarse a ayudar a la anciana, a sabiendas de que perderá la oportunidad de conseguir el tan necesitado puesto de trabajo. Dicha decisión se convierte en el giro dramático del relato pasando a convertirse en una ficción de muchos quilates. Sí, en una ficción porque ya sabemos que, en la realidad, nadie se hubiera quedado a ayudar a la anciana, menos aun, habiendo un puesto de trabajo tan importante en juego. Así pues, confirmo que la ficción supera siempre a la realidad, pues la solidaridad supera al ego…

  14. Que bien lo has descrito Carmen, he llorado desde el minuto uno… Me ha encantado y sobre todo me encanta el personaje tan humana y solidaria, llámame ilusa pero yo creo que todavía quedan personas así, o eso espero…



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