01 ago

Agosto

Antes me gustaba agosto.

Antes, cuando el horizonte estaba lleno de posibilidades.

Y las noches eran cortas pero eran largas.

Y el whisky se bebía sin hielo.

Sin miedo.

Ahora que muchas certezas han caducado, agosto ya no es agosto, sino una transición.

Una mera cortina de humo.

Un pasatiempo.

La letra de un tango intenso y fugaz que dice que es un soplo la vida.

Y que veinte años no es nada.

23 jul

La otra Barcelona

Me gusta la otra Barcelona.
La que suena como sonaban antes las ciudades.
A barrio.
Con el afilador.
Y el griterío del gitano que vende melones en un camión.
Con las risas de los chiquillos que juegan con sus pistolas de agua en la calle.
Y las cigarras de día.
Y los grillos de noche.
La Barcelona con acento en la e de extrarradio.
Que late rápido y late lento.
La siempre nostálgica.
La siempre rumbera.
La que no sale en Lonely Planet.
Esa es la otra Barcelona.
Mi Barcelona.
La que me gusta.

07 abr

Vivir (y morir) con dignidad

Hoy me ha dado por pensar en cómo sería mi vida si de repente un día tuviera un accidente y me quedara tetrapléjica.

O si en un chequeo médico rutinario me diagnosticaran Esclerosis Lateral Amiotrófica.

Son posibilidades que uno nunca contempla, o no quiere, no se atreve a contemplar.

Pero están ahí; existen bajo la forma de una insoportable amenaza.

Bajo la forma de esa sentencia lapidaria que dice Podría pasarte a ti.

Como le pasó a Ramón Sampedro.

O a José Antonio Arrabal.

He intentado imaginar mi día a día como debió de serlo el de Ramón o el de José Antonio durante mucho tiempo.

Con un horizonte que al final ya no ofrece ninguna posibilidad.

Sin nada que hacer.

Sin nada por lo que luchar.

Dependiente de.

Dependiendo para.

Y en este trágico contexto que no admite tiempos verbales en futuro, he pensado también en mi familia, sobre todo en mi marido, que cumpliría a rajatabla esa cláusula que estipula que el contrato se cumple por igual en la salud y en la enfermedad. Y al hacerlo, no he podido evitar que la pena me moje los ojos, las yemas de los dedos y hasta las aristas del corazón.

Pena por mí, claro.

Pero, sobre todo, por él.

Porque su vida se consumiría junto a la mía, entre botellas de oxígeno, tubos y palanganas.

¿Pueden un tetrapléjico o un enfermo de ELA vivir con dignidad?

Es una pregunta para la que no tengo respuesta. Por más que trato de imaginar cómo sería todo si yo estuviera en la misma situación que Ramón Sampedro o José Antonio Arrabal, no he podido, no he sabido o no he querido hacerlo.

Porque no sé si yo podría, sabría o querría vivir cuando el horizonte ya no ofrece ninguna posibilidad.

No sé si yo querría morir lentamente mientras mato lentamente a los míos.

Digo que no lo sé, pero en el fondo sí lo sé.

Como lo supo Ramón.

Como lo supo José Antonio.

 

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16 feb

A mí también

A mí también me han discriminado por ser mujer.

También me han preguntado si pensaba tener hijos en una entrevista de trabajo.

O me han contratado por un sueldo más bajo que a otro compañero que hiciera lo mismo.

O me han excluido de alguna reunión. ¿Lo entiendes, verdad guapa? Es que ya somos muchos en la sala.

A mí también me han dicho que tengo suerte de que mi marido me ayude en casa. Como si él pasara por allí. Como si mi hogar no fuera su hogar también, con todos los derechos y obligaciones que ello implica.

También me han aconsejado que nunca le diga que no porque si no, rapidito se busca a otra que le caliente la cama. Como si el sexo fuera un deber y no un momento de intimidad suprema entre dos personas que se desean.

A mí también me han venido con eso de que las mujeres somos el sexo débil. La falacia más grande de la historia.

O que el amor duele. Otra mentira tolerada.

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23 dic

El día que supe que iba a ser madre

Hace unos meses, ni siquiera quería oír hablar del tema. Cada vez que alguien me preguntaba acerca de mis planes de ser madre, me ponía tensa. Todavía soy muy joven o hay muchos países a los que aún tengo que viajar solían ser mis respuestas comodín. Eso, en el mejor de los casos. En el peor, sacaba las garras y soltaba un bufido que dejaba al interlocutor del color de la nieve. Pero es normal; supongo que me sentía presionada y, sobre todo, aterrada por la responsabilidad que implica traer un hijo al mundo.

Aunque entonces, yo no lo sabía.

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