27 may

Ana. Peso muerto

Cuando la besé en las mejillas, sus pómulos cadavéricos golpearon mi rostro sin ninguna compasión. Tenía la mirada diluida en una tristeza exageradamente manifiesta y los dedos pelados y amarillentos.

-Es por los vómitos -dijo con una sorprendente naturalidad, extendiendo las manos para que pudiera observarlas mejor.

Llevábamos meses hablando a través de las redes sociales y habíamos quedado en una céntrica cafetería de Barcelona para conocernos por fin. Bueno, no. Fundamentalmente, era ella quien hablaba; yo me limitaba a escuchar.

Ana me había contado que estaba enferma desde hacía más de 20 años y en el preciso momento en que la vi de frente, me di cuenta de que llevaba escrita esa enfermedad en cada vértice de su cuerpo.

-No sé qué aspecto tengo. Tendrás que disculparme si estoy despeinada. No acostumbro a mirarme en los espejos -dijo.

Pidió un café solo y vertió sobre él la mitad de un sobre de sacarina. Observé su muñeca mientras lo removía, tan escuálida y frágil que tuve ganas de pedirle que se detuviera por temor a que se le fuera a romper. Imaginé que sus huesos no eran huesos, sino pequeños trocitos de cristal a punto de resquebrajarse.

-No hay nada que disculpar.

Podría haber incurrido en el engaño compasivo y haberle dicho que lucía muy bien. Podría haber sido una hipócrita sin escrúpulos y haberle dicho que no parecía anoréxica.

Pero ambas sabíamos que eso era mentira.

Ana era y parecía anoréxica.

Sé que antes de enfermar, había sido una mujer hermosa. Ella misma me había enviado una foto de la última vez que recordaba haberlo sido. Pero la desnutrición severa que padecía le había robado sin piedad cualquier trazo de un pasado feliz. Normal. Sano. Tenía el pelo seco y sin brillo, las cuencas de los ojos hundidas y la tez de un impúdico pálido mortecino. Estaba tan demacrada que por un momento tuve que apartar la vista de ella.

Qué lástima, pensé. Pero enseguida eliminé ese pensamiento de mi cabeza. Seguro que no es eso lo que ella quiere transmitir, me dije.

-Cuéntame, Ana. ¿Cómo estás?

Sonrió con pesar y pude observar unas encías blanquecinas, castigadas por el ácido corrosivo del vómito continuo.

-Estoy, que no es poco. Aunque si me tomara la medicación, podría estar mejor.

-¿Y por qué no te la tomas? -quise saber.

-Porque esas pastillas me engordan.

De repente sentí un nudo en la garganta y no fui capaz de decir nada. ¿Qué carajo podía decirle yo a una persona que llevaba 20 años padeciendo una distorsión grave de su propia imagen?

-Cuando me las tomo -prosiguió-, siento que mi barriga crece de forma descomunal y me doy tanto asco que tengo que vomitar de inmediato.

Ana había elegido el castigo de la purga frente a la estabilidad emocional que podría haberle proporcionado el tratamiento. Había elegido no comer. Porque Ana no soportaba sentir su cuerpo lleno de algo que no fuera la nada. O tal vez, porque lo que se llevaba a la boca era lo único en su vida que sí podía controlar.

Ana estaba verdaderamente enferma. Se alimentaba a base de coca-cola, café y melón. A veces, cuando sus 46 kilos de peso la atormentaban, vomitaba también el melón. Detestaba el olor a comida. Detestaba masticar, tragar y digerir. Detestaba que un alimento sólido permaneciera dentro su cuerpo. Me enseñó las cicatrices de los múltiples cortes que habían mutilado el dorso de sus muñecas y que permanecerían tatuadas para siempre en su piel como un recordatorio de quién era, de lo que había sido, de lo que sería.

-¿Por qué te haces esto, Ana?

-Porque mi cuerpo es una cárcel.

Y entonces lo entendí todo.

Si le preguntáramos a todas las Anas del mundo cuál fue el detonante de su enfermedad, estoy convencida de que ninguna culparía a la publicidad.

-Mi terapeuta dice que los estereotipos de belleza no son el origen; sino el catalizador.

Ana nunca había querido tener la figura de una modelo de Victoria’s Secret. Ella no envidiaba esos cuerpos que parecen haber sido esculpidos por la mano de un artesano; simplemente, odiaba el suyo. Odiaba el cuerpo en el que había tocado habitar. Y no podía o no sabía cómo cambiarlo, por eso lo maltrataba.

Por eso se maltrataba.

Y porque bajo ese saco de piel y huesos, se escondían los demonios de alguien con una patología muy profunda. Tal vez oscura. Tal vez siniestra.

La cárcel de Ana no era su cuerpo; sino su mente.

Una mente que había ido enfermando poco a poco en cada kilo perdido, hasta llegar a un peso muerto. No importaba el por qué; no importaba el cómo. Como no importa ninguno de los porqués ni de los cómos de todas las otras Anas del mundo.

Ana dejó de comer porque, en algún punto de su existencia, quién sabe porqué, quién sabe cómo, también había dejado de vivir.

-Pero aún hay esperanza -afirmé casi como una súplica.

-No -sentenció con calma-. Yo llevo más de 20 años matándome lentamente.

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31 comentarios de “Ana. Peso muerto

  1. Que te voy a decir, emocionada así estoy. No quieren dar pena, no quieren compasión, quieren ayuda, otros ojos y comprensión. Para ellas como dices su cuerpo pero sobretodo su mente es una celda en el corredor de la muerte. Nunca sabes cuando se ejecutará la condena o bien, se conmutará.
    Felicidades Carmen por no olvidarte de esas niñ@s, mujeres y hombres que padecen un TAC y expresarlo tal cuál.

  2. Estas “bendecida” con el don de ver lo que hay en nuestras almas, y por encima le añades la cualidad de una narrativa cada día más excelsa. Como ya no tengo razones para la crítica simplemente aplaudo.

  3. Muy, muy realista, Carmen. Un dolor que cuesta comprender. Que lleva a la muerte sí, como si la desearan… desean vivir como todos, pero mueren como nadie quiere morir. Sucede en todos los niveles: pobres y ricos. Lo que sucede en esas mentes es complicado, y más complicado aun es no saber cómo ayudar, como has escrito. He visto de cerca un caso similar… muy triste. Tu relato me hizo recordarla. Te felicito.

    • Muchísimas gracias Óscar. Cuesta comprenderlo, sí, pero hay que hacer un esfuerzo por empatizar con los enfermos de esta lacra. Yo también conozco varios casos y es tristísimo, de verdad que sí.

  4. Vaya tela lo de esta chica. Se te cae el alma a los pies al leer el artículo, así que imagino que verla ‘in situ’ debe ser sobrecogedor. A ver si estas líneas tuyas tan bien expresadas pueden ayudar a todas estas personas a salir de esa cárcel mental en la que se encuentran. Un abrazo

    • Muchas gracias, amigo Rodrigo. No sé si servirá para que alguna Ana consiga romper las cadenas que la inmovilizan, pero al menos, sí para que los demás nos concienciemos de la complejidad de la anorexia.

  5. Gracias por colocar en el podium, una vez más, un problema tan grande y penoso, de nuestra sociedad. Gracias por tu humanidad y sensibilidad. En nombre de todas las personas que sufren un trastorno alimenticio, gracias.
    Un beso.

  6. Le has dado a este problema un enfoque distinto del habitual. De verdad me ha gustado Felicidades. ¿Passsa con la novela?

    • Muchas gracias Manuel! No quería compadecerme de las personas enfermas y veo que lo has captado muy muy bien. De la novela te hablaré cuando me toques la flauta de cerezo del Valle del Jerte 😀 Quid pro Quo

  7. Qué buen tema y qué bien tratado por una escritora moderna. Millones de Anas hacen exactamente los comentarios que transcribe el post porque el mensaje de la muerte está en cada centímetro de nuestra cultura contemporánea. Felicitaciones

  8. Sentí un nudo en la garganta al ir leyendo las lineas del texto. No se puede describir mejor la tremenda y maléfica enfermedad de la anorexia. Como bien dices quienes la padecen no quieren dar pena, quieren que se les escuche y comprenda.
    Creo con toda sinceridad que estas personas tienen la obligación de quererse así mismas, y la verdad es que nadie puede hacer ese trabajo por ellas. Lo que si podemos hacer es sugerirles que piensen que TODA SU ESPERANZA ESTA EN ELLAS, si así lo interiorizaran estoy casi seguro que podrían encontrar una salida para la recuperación.
    Es simplemente una observación propia y nunca quisiera que se entendiera como si quisiese sentar cátedra.
    Desde aquí quiero mandar un fortísimo abrazo a todas aquellas personas que padecen esta maldita enfermedad y desearles, a pesar de saber que no es nada fácil, que hagan un esfuerzo sobrenatural para encontrarse a si mismos. Creo que esta cuestión es el mayor acto de rebeldía.

  9. De nuevo, felicidades! ¡Como me gustaría poder escribir así!
    Sobre el tema, no estoy muy documentado pero evidentemente es una enfermedad que mata lentamente.

    Salud

    • Jope, Cele, me halagas un montón!! Yo conozco varios casos y he hecho algún que otro reportaje sobre el tema. Lo cierto es que es una enfermedad muy muy incomprendida.

      Besotes y jamones 😉

  10. Buenas Carmen,

    un placer leerte, como siempre. Creo que a nivel formal, es el texto que más me ha gustado de este blog. Veo que la lectura fluye, que hay esa medida en las imágenes de la que te hablé en el anterior post y que casi lo has redondeado con un ritmo que va desarbolando el dolor de forma muy sutil. Quizá el giro final, el de “entonces lo entendí todo” me parece un tanto brusco y un poco absolutista.

    También he visto la dosificación justa en la crudeza del texto, que ya de por sí tiene mucha.

    Me quedo con ganas de saber un poco más de esa situación, de antecedentes, de detalles en la conversación, aunque la línea del por qué es la misma que tengo sobre este tipo de enfermedades.

    Mi más sincera enhorabuena! Saludos, Carmen. Nos leemos!

    PD: Creo que estaría mejor meter 20 en letras. Pero qué sé yo, no soy un periodista con título.

  11. Hola Rafa,

    Gracias, como siempre, por tus esmerados comentarios. Me alegro mucho de que hayas disfrutado de la lectura. Además, como ya te dije, tomo buena nota de tus consejos. Sólo un par de apreciaciones. No sé si has visto la película ‘Shame’, en la que Michael Fassbender da vida a un enfermo adicto al sexo. En esa película no se explica nada de los antecedentes del enfermo, ni qué le ocurrió para llegar a castigarse a sí mismo de esa manera. Lo que quiero decir es que a veces da igual cómo uno ha llegado al punto de someter a su cuerpo al máximo estrés para provocarle dolor a su alma, porque lo importa es el dolor. Yo en este relato observaba el dolor de esa persona, pero no trataba de desgranarlo. Sigo pensando que a veces no hace falta. También debo decirte que aunque tú lo veas absolutista, hay ocasiones en las que una palabra, un gesto o un simple detalle lo hacen a uno entenderlo todo. A mí me pasa; me considero una persona muy sensible, sensitiva y emotiva. Y en cuanto al 20, en este caso sí debe ir en número.

    Muchas gracias de nuevo por estar siempre al quite 😉

    Abrazos,

    Carmen

    • Está claro cuál es el enfoque, sólo decía a modo de apreciación mía, no como crítica al texto, que me gustaría saber algo más, un detalle entre la sombra y la luz que de lugar a mayor especulación sobre la historia.

      Sobre lo de absolutista, lo digo porque yo no creo que uno pueda “entenderlo todo”. Quizá comprender más, es posible que acercarse más al sufrimiento de esta persona, pero eso de “entenderlo todo” me da a pensar que quien hay detrás del escrito es una especie de Dios que lo ve y lo sabe todo… No sé, creo que es una cualidad de los escritores que mejor saben trasmitir. Leía hace poco a Primo Levi sus vivencias en Auschwitz, e independientemente de lo abrupto de sus vivencias con la muerte en cada esquina, creo que la mayor virtud del texto es la humildad con la que plasmaba el horror, ese enfoque de saber lo que vives y sientes, no más allá. Pero vamos, imagino también que será tema de apreciaciones.

      También es cierto que son apreciaciones muy mínimas al lado de un texto que brilla con mucha luz.

      Un plaer! Ens llegim!

      • Afortunadamente la mayoría entendío que cuando decían ‘Cómete todo el pollo’ se referían al pollo empanado que estaba en el plato, justo delante nuestro, y no que extinguiéramos la especie

  12. Me gusta tu posición de testigo aventajado en el relato. La sensibilidad con la que abordas un tema tan delicado como la anorexia y el hacerlo de forma tan directa, te convierte en una narradora comprometida toda vez que cuidadosa y solidaria con aquellos que la sufren.



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