07 abr

Vivir (y morir) con dignidad

Hoy me ha dado por pensar en cómo sería mi vida si de repente un día tuviera un accidente y me quedara tetrapléjica.

O si en un chequeo médico rutinario me diagnosticaran Esclerosis Lateral Amiotrófica.

Son posibilidades que uno nunca contempla, o no quiere, no se atreve a contemplar.

Pero están ahí; existen bajo la forma de una insoportable amenaza.

Bajo la forma de esa sentencia lapidaria que dice Podría pasarte a ti.

Como le pasó a Ramón Sampedro.

O a José Antonio Arrabal.

He intentado imaginar mi día a día como debió de serlo el de Ramón o el de José Antonio durante mucho tiempo.

Con un horizonte que al final ya no ofrece ninguna posibilidad.

Sin nada que hacer.

Sin nada por lo que luchar.

Dependiente de.

Dependiendo para.

Y en este trágico contexto que no admite tiempos verbales en futuro, he pensado también en mi familia, sobre todo en mi marido, que cumpliría a rajatabla esa cláusula que estipula que el contrato se cumple por igual en la salud y en la enfermedad. Y al hacerlo, no he podido evitar que la pena me moje los ojos, las yemas de los dedos y hasta las aristas del corazón.

Pena por mí, claro.

Pero, sobre todo, por él.

Porque su vida se consumiría junto a la mía, entre botellas de oxígeno, tubos y palanganas.

¿Pueden un tetrapléjico o un enfermo de ELA vivir con dignidad?

Es una pregunta para la que no tengo respuesta. Por más que trato de imaginar cómo sería todo si yo estuviera en la misma situación que Ramón Sampedro o José Antonio Arrabal, no he podido, no he sabido o no he querido hacerlo.

Porque no sé si yo podría, sabría o querría vivir cuando el horizonte ya no ofrece ninguna posibilidad.

No sé si yo querría morir lentamente mientras mato lentamente a los míos.

Digo que no lo sé, pero en el fondo sí lo sé.

Como lo supo Ramón.

Como lo supo José Antonio.

 

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16 feb

A mí también

A mí también me han discriminado por ser mujer.

También me han preguntado si pensaba tener hijos en una entrevista de trabajo.

O me han contratado por un sueldo más bajo que a otro compañero que hiciera lo mismo.

O me han excluido de alguna reunión. ¿Lo entiendes, verdad guapa? Es que ya somos muchos en la sala.

A mí también me han dicho que tengo suerte de que mi marido me ayude en casa. Como si él pasara por allí. Como si mi hogar no fuera su hogar también, con todos los derechos y obligaciones que ello implica.

También me han aconsejado que nunca le diga que no porque si no, rapidito se busca a otra que le caliente la cama. Como si el sexo fuera un deber y no un momento de intimidad suprema entre dos personas que se desean.

A mí también me han venido con eso de que las mujeres somos el sexo débil. La falacia más grande de la historia.

O que el amor duele. Otra mentira tolerada.

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23 dic

El día que supe que iba a ser madre

Hace unos meses, ni siquiera quería oír hablar del tema. Cada vez que alguien me preguntaba acerca de mis planes de ser madre, me ponía tensa. Todavía soy muy joven o hay muchos países a los que aún tengo que viajar solían ser mis respuestas comodín. Eso, en el mejor de los casos. En el peor, sacaba las garras y soltaba un bufido que dejaba al interlocutor del color de la nieve. Pero es normal; supongo que me sentía presionada y, sobre todo, aterrada por la responsabilidad que implica traer un hijo al mundo.

Aunque entonces, yo no lo sabía.

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25 nov

Tengo hambre

Anoche soñé con canelones.

Una enorme bandeja de canelones cubiertos de bechamel caliente y queso rallado.

Yo no acostumbro a comer carne. Lo más parecido a la carne que cocina mi madre son las salchichas de Frankfurt cocidas que le echa a los macarrones. A veces, también nos hace un huevo frito. Ella dice que eso depende de si mi hermana pequeña y yo nos portamos bien, pero yo creo que en realidad depende de si en casa hay aceite, que suele ser casi nunca.

Hoy no hemos ido a clase y el director del colegio ha llamado a mi madre al móvil. Ella no lo sabe, pero he pegado la oreja a la pared de mi habitación y he escuchado lo que le decía. Que no podía llevarnos otra vez al colegio sin desayunar, que no podía consentir que mi hermana pequeña se volviera a desmayar. Después se ha puesto a llorar. Ha dicho que tenía dos niños pequeños y que nadie la estaba ayudando. Y también ha dicho “Por el amor de Dios”. Cuando dice eso, es que la cosa es seria.

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27 sep

Diez cosas en las que pienso cuando pienso en España

  1. En una clase política despreciable y muy venida a menos. Toda, sin excepciones. Desde la derecha mentirosa, rancia y corrupta que camufla su desvergüenza bajo un traje de firma y aplasta voluntades a golpe de recortes, hasta esa izquierda supuestamente tan progre que se ha dejado fagocitar por el inmovilismo.
  2. En la mala malísima memoria a largo plazo de los españoles y su absurda indulgencia votando. O dicho de otra manera, y por poner un ejemplo, en que los más de 7.500 millones de euros de las arcas públicas que han sido saqueados entre unos y otros no hayan conseguido que a los electores les tiemble el pulso a la hora de introducir la papeleta -ésa y no otra- en la urna.
  3. En la intolerable tendencia a la perversión de ciertos episodios nacionales del pasado. Mientras algunos se empecinan en apelar constantemente a la historia reciente de España para justificar la coyuntura actual, otros parecen haberse olvidado convenientemente de que ciertas heridas continúan abiertas y sangrando. De nuevo, la mala memoria.
  4. En un mercado laboral cada vez más hostil y precario, que deniega sistemáticamente segundas oportunidades, y en el que, a pesar del doloroso 23% de paro, la contratación de becarios -sí, has leído bien- ha crecido la friolera de un 350%. Becarios que, a diferencia de lo que ocurre en otros países, no siempre son remunerados, sufren jornadas maratonianas, o cuentan con responsabilidades que exceden con mucho la finalidad formativa de los contratos de prácticas. Un mercado laboral para el que valemos 655, 2 euros, frente a los 1.473 de Alemania, los 1.458 de Francia, o los 1.510 de Reino Unido. Que nos exige experiencia, conocimientos cada vez más multidisciplinares, capacidad para gestionar la presión y el estrés, y, por supuesto, que nos olvidemos de esa cosa tan exótica llamada conciliación. Y, a cambio, ¿qué nos ofrece? Un contrato temporal. O lo que es lo mismo, la posibilidad de dejar de ser una estadística durante unos pocos meses.
  5. En un modelo productivo basado en la sustitución de una burbuja por otra. Primero, la inmobiliaria; luego, la del turismo. De sol y playa, preferentemente. Un modelo para el que la tecnología, la ciencia o la industria no cuentan porque un lobby de engominados considera que construir aeropuertos fantasmas u hoteles en primera línea de mar es mucho más rentable.
  6. En unos medios de comunicación ridículamente controlados por el gobierno -no importa el color político- o ciertos conglomerados de empresas afines al gobierno, cuyas únicas funciones son, por un lado, crear una agenda perfecta para inocular el miedo y el pensamiento único en la masa; y por otro, asegurarse de que la masa siga siendo justamente eso, masa. Y todo ello funcionando a pleno rendimiento gracias a una clase periodística aduladora por convicción, o condescendiente por obligación.
  7. En una sociedad fundamentalmente desprotegida frente a los abusos de los poderes fácticos. Una sociedad que no entiende la letra pequeña, que no la ve, o que, ni siquiera la cuestiona.
  8. En una Administración Pública despótica, sobrecargada, parsimoniosa e ineficaz que recuerda demasiado a la que Larra ya retratase en su célebre Vuelva usted mañana de hace un par de siglos.
  9. En un país hecho de muchos pequeños países a los que no les da la real gana entenderse entre ellos a pesar de compartir la misma lengua y que se la pasan culpándose mutuamente de sus desmanes. Tú me robas más. No, tú.
  10. En un país que vive simultáneamente a dos velocidades. Mientras unos, los acomplejados, corren casi sin aliento para alcanzar el último vagón del carro europeo, otros, los apalancados, sobreviven respirando el cómodo aire de las subvenciones.

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