18 ago

Barcelona bonita y poderosa

Anoche no pude dormir.
Tenía mucho frío.
Frío del que te cala los huesos y no se puede aplacar con calor.
Porque es frío de agosto.
Del 17 de agosto.
Y es frío de tristeza.
Porque nos han hecho daño.
Nos han golpeado en el corazón.
En donde más nos duele.
En nuestra casa.
En nuestra Barcelona bonita y poderosa.
Maldita sea, podría haber sido yo.
Yo podría haber decidido salir a pasear por Las Ramblas ayer.
O tú.
O él.
Y quizás habría sido el último día de nuestra vida.
Porque frente al horror todos somos igual de vulnerables.
La seguridad total no existe.
Cualquiera es el blanco perfecto del fanatismo.
Y contra eso, no hay banderas ni idiomas que valgan.
Y el horror se llora lo mismo en todas partes.
No se discute.
Porque no es más ni es menos que.
Pero hoy.
Hoy.
Hoy hay que levantarse.
Recomponer los trocitos de la ciudad bonita y poderosa.
Por los que fueron.
Por los que podríamos/podrían haber sido.
Y seguir adelante.
Con el corazón roto, sí.
Pero sin miedo.
Sin miedo.

11 ago

Juana. Y todas las demás

Que una mujer llegue borracha a su casa de madrugada tras haberse corrido una fiesta de campeonato -o dos, o tres- no legitima el maltrato.

No legitima los golpes ni los insultos.

No la convierte en víctima potencial.

Ni en culpable de nada.

No debería.

Porque una mujer es libre de hacer con su vida lo que le dé la gana.

Debería poder serlo.

Poder ponerse la falda más corta.

O no ponerse nada.

Y que no la señalaran.

Puta. Si es que vas provocando.

Porque una mujer no es de nadie, salvo de sí misma.

No es de su maltratador.

Aunque se aferre a él.

Qué sabe nadie por qué lo hace.

Quién se cree que es nadie para juzgar por qué lo hace.

Que un hombre maltrate a su mujer debería bastarle a esta justicia secuestrada para entender que ese monstruo no puede ser un buen padre.

No. Jamás.

Qué no harías tú para proteger a tus hijos?

Que exista Juana debería darnos miedo.

Juana y todas las demás.

01 ago

Agosto

Antes me gustaba agosto.

Antes, cuando el horizonte estaba lleno de posibilidades.

Y las noches eran cortas pero eran largas.

Y el whisky se bebía sin hielo.

Sin miedo.

Ahora que muchas certezas han caducado, agosto ya no es agosto, sino una transición.

Una mera cortina de humo.

Un pasatiempo.

La letra de un tango intenso y fugaz que dice que es un soplo la vida.

Y que veinte años no es nada.

23 jul

La otra Barcelona

Me gusta la otra Barcelona.
La que suena como sonaban antes las ciudades.
A barrio.
Con el afilador.
Y el griterío del gitano que vende melones en un camión.
Con las risas de los chiquillos que juegan con sus pistolas de agua en la calle.
Y las cigarras de día.
Y los grillos de noche.
La Barcelona con acento en la e de extrarradio.
Que late rápido y late lento.
La siempre nostálgica.
La siempre rumbera.
La que no sale en Lonely Planet.
Esa es la otra Barcelona.
Mi Barcelona.
La que me gusta.

07 abr

Vivir (y morir) con dignidad

Hoy me ha dado por pensar en cómo sería mi vida si de repente un día tuviera un accidente y me quedara tetrapléjica.

O si en un chequeo médico rutinario me diagnosticaran Esclerosis Lateral Amiotrófica.

Son posibilidades que uno nunca contempla, o no quiere, no se atreve a contemplar.

Pero están ahí; existen bajo la forma de una insoportable amenaza.

Bajo la forma de esa sentencia lapidaria que dice Podría pasarte a ti.

Como le pasó a Ramón Sampedro.

O a José Antonio Arrabal.

He intentado imaginar mi día a día como debió de serlo el de Ramón o el de José Antonio durante mucho tiempo.

Con un horizonte que al final ya no ofrece ninguna posibilidad.

Sin nada que hacer.

Sin nada por lo que luchar.

Dependiente de.

Dependiendo para.

Y en este trágico contexto que no admite tiempos verbales en futuro, he pensado también en mi familia, sobre todo en mi marido, que cumpliría a rajatabla esa cláusula que estipula que el contrato se cumple por igual en la salud y en la enfermedad. Y al hacerlo, no he podido evitar que la pena me moje los ojos, las yemas de los dedos y hasta las aristas del corazón.

Pena por mí, claro.

Pero, sobre todo, por él.

Porque su vida se consumiría junto a la mía, entre botellas de oxígeno, tubos y palanganas.

¿Pueden un tetrapléjico o un enfermo de ELA vivir con dignidad?

Es una pregunta para la que no tengo respuesta. Por más que trato de imaginar cómo sería todo si yo estuviera en la misma situación que Ramón Sampedro o José Antonio Arrabal, no he podido, no he sabido o no he querido hacerlo.

Porque no sé si yo podría, sabría o querría vivir cuando el horizonte ya no ofrece ninguna posibilidad.

No sé si yo querría morir lentamente mientras mato lentamente a los míos.

Digo que no lo sé, pero en el fondo sí lo sé.

Como lo supo Ramón.

Como lo supo José Antonio.

 

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