27 oct

No más odio, señores

Nunca había percibido tanto odio como el que destilan las redes estos días.
Hay demasiado ruido.
Demasiada burundanga mediática.
Demasiado furor nacional de un color y del otro.
Demasiado maniqueísmo.
Es como si en un matrimonio donde toda la vida ha imperado el aguante comenzaran a aflorar los reproches.
Ahora, al cabo de.
Es que tú.
Y tú qué?
Así no se puede, hombre.
Discutir por conceptos tan abstractos como los terroritorios, qué cosa más absurda.
Por un trozo de tela.
Por un acento.
Por la unidad o reivindicación de algo que no es tuyo, ni mío, ni de nadie.
Que simplemente es.
Está.
Y nada más.
Como para ponerse ahora a defenderlo a sangre y fuego.
Con la historia que llevamos cosida a las espaldas.
Venga ya.
Conmigo que no cuenten para que me enfrente a quien vea la realidad de forma distinta.
No es mi labor la de hacer proselitismo.
Ni tengo ganas de batallar por territorios o banderas.
Esa es la guerra de otros, en todo caso.
De los que mueven los hilos, para ser exactos.
Prefiero hablar de libros.
De sexo.
De vino.
Del tiempo.
Se acabó.
Ni una discusión más.

03 oct

Mi patria. Mi voto

Soy catalana.
Hija de inmigrantes castellanos y andaluces, como tantos otros en esta tierra.
Me siento catalana.
Como supongo que podría sentirme vasca, gallega o madrileña.
Con esto quiero decir que no me interesan las banderas.
Mi única patria es mi familia.
Mi marido. Mi niño. Mi casa.
Lo demás son pretextos para el totum revolutum.
Para los mártires y los falsos héroes nacionales.
No creo en rupturas ni en supremacías de un lado u otro de la frontera.
Pero sí creo en el diálogo.
Sí creo en la democracia.
En la soberanía popular.
En eso es en lo que me han educado.
Y por eso ayer, 1 de octubre, fui a votar.
Porque para cualquier mente inteligente, un voto jamás puede constituir una amenaza.
Ni una ilegalidad.
Y mucho menos un arma.
Votar significa libertad de elección.
Aquí, allí y en todas partes.
Yo ayer fui a votar.
Porque como catalana que soy, no podía desoír la inquietud de mi pueblo.
La mía propia.
No podía no votar.
A mí que no me vengan apelando a la ilegalidad esos cínicos que dicen que nos gobiernan.
Ellos, precisamente.
Los primeros en saltarse su adorada Constitución.
Fui a votar y voté que no.
Para que luego hablen de adoctrinamiento.
Y sin embargo, hoy me he despertado preguntándome amargamente si tal vez me equivoqué.
Si tal vez debería haber votado que sí.
Y ojalá no lo pensara.
Porque soy catalana y soy española.
Sin connotaciones de ningún tipo.
Pero es que me quedo sin argumentos.
Porque nos están alejando.
Nos están echando.
Lanzándonos a sus mercenarios de casco y porra como si fuéramos criminales.
Abriendo una grieta tan profunda entre ellos y nosotros que ya es insalvable.
Y han conseguido que cualquier atisbo de sensatez quede empañando de vergüenza.

 

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Oportuna doctrina del shock

 

22 sep

Oportuna doctrina del shock

Seré breve.

No se dejen engañar por los medios reaccionarios; el principal problema de España no se llama Catalunya.
Se llama corrupción.
Impunidad.
Cloacas del Estado.
Gürtel, Púnica, Lezo, ERES, Bankia… podría seguir, pero es que me da vergüenza.
Se llama precariedad laboral y tasa de desempleo que crece hasta en agosto, por mucho que nos vendan primaveras, brotes y no sé qué otras arcadias más.
Se llama desmantelamiento de la industria. Nula inversión en desarrollo.
Economía sumergida.
Modelo productivo basado en el ladrillazo y la hostelería.
¿Se acuerdan de cuando los amos del cortijo nos decían que España estaba en la Champions League? Y nosotros venga a sacar pecho confiados y orgullosos.
Se llama recortes presupuestarios en sanidad y educación. ¿O es que ya se les han olvidado todos esos niños achicharrándose en escuelas sin aire acondicionado en plena ola de calor? ¿Se les ha olvidado ya al consejero de turno sugiriendo abanicos de papel para combatirla? Ahí, con dos cojones. ¿O los hospitales cayéndose a cachos mientras se construían aeropuertos sin aviones? Porque eso también se merecería una cacerolada diaria y de las gordas.
Y últimamente, se llama también merma de ciertas libertades.
Lo que nos faltaba.


Insisto, no se dejen engañar. El Partido Popular tiene una agenda oculta y su oportuna doctrina del shock es el mecanismo perfecto para implementarla.

27 sep

Diez cosas en las que pienso cuando pienso en España

  1. En una clase política despreciable y muy venida a menos. Toda, sin excepciones. Desde la derecha mentirosa, rancia y corrupta que camufla su desvergüenza bajo un traje de firma y aplasta voluntades a golpe de recortes, hasta esa izquierda supuestamente tan progre que se ha dejado fagocitar por el inmovilismo.
  2. En la mala malísima memoria a largo plazo de los españoles y su absurda indulgencia votando. O dicho de otra manera, y por poner un ejemplo, en que los más de 7.500 millones de euros de las arcas públicas que han sido saqueados entre unos y otros no hayan conseguido que a los electores les tiemble el pulso a la hora de introducir la papeleta -ésa y no otra- en la urna.
  3. En la intolerable tendencia a la perversión de ciertos episodios nacionales del pasado. Mientras algunos se empecinan en apelar constantemente a la historia reciente de España para justificar la coyuntura actual, otros parecen haberse olvidado convenientemente de que ciertas heridas continúan abiertas y sangrando. De nuevo, la mala memoria.
  4. En un mercado laboral cada vez más hostil y precario, que deniega sistemáticamente segundas oportunidades, y en el que, a pesar del doloroso 23% de paro, la contratación de becarios -sí, has leído bien- ha crecido la friolera de un 350%. Becarios que, a diferencia de lo que ocurre en otros países, no siempre son remunerados, sufren jornadas maratonianas, o cuentan con responsabilidades que exceden con mucho la finalidad formativa de los contratos de prácticas. Un mercado laboral para el que valemos 655, 2 euros, frente a los 1.473 de Alemania, los 1.458 de Francia, o los 1.510 de Reino Unido. Que nos exige experiencia, conocimientos cada vez más multidisciplinares, capacidad para gestionar la presión y el estrés, y, por supuesto, que nos olvidemos de esa cosa tan exótica llamada conciliación. Y, a cambio, ¿qué nos ofrece? Un contrato temporal. O lo que es lo mismo, la posibilidad de dejar de ser una estadística durante unos pocos meses.
  5. En un modelo productivo basado en la sustitución de una burbuja por otra. Primero, la inmobiliaria; luego, la del turismo. De sol y playa, preferentemente. Un modelo para el que la tecnología, la ciencia o la industria no cuentan porque un lobby de engominados considera que construir aeropuertos fantasmas u hoteles en primera línea de mar es mucho más rentable.
  6. En unos medios de comunicación ridículamente controlados por el gobierno -no importa el color político- o ciertos conglomerados de empresas afines al gobierno, cuyas únicas funciones son, por un lado, crear una agenda perfecta para inocular el miedo y el pensamiento único en la masa; y por otro, asegurarse de que la masa siga siendo justamente eso, masa. Y todo ello funcionando a pleno rendimiento gracias a una clase periodística aduladora por convicción, o condescendiente por obligación.
  7. En una sociedad fundamentalmente desprotegida frente a los abusos de los poderes fácticos. Una sociedad que no entiende la letra pequeña, que no la ve, o que, ni siquiera la cuestiona.
  8. En una Administración Pública despótica, sobrecargada, parsimoniosa e ineficaz que recuerda demasiado a la que Larra ya retratase en su célebre Vuelva usted mañana de hace un par de siglos.
  9. En un país hecho de muchos pequeños países a los que no les da la real gana entenderse entre ellos a pesar de compartir la misma lengua y que se la pasan culpándose mutuamente de sus desmanes. Tú me robas más. No, tú.
  10. En un país que vive simultáneamente a dos velocidades. Mientras unos, los acomplejados, corren casi sin aliento para alcanzar el último vagón del carro europeo, otros, los apalancados, sobreviven respirando el cómodo aire de las subvenciones.
15 jul

Sherlock Holmes y el (in)comprensible panorama político español

-Me preocupa, Watson. Le noto un tanto taciturno y eso no es propio de usted. ¿Qué le ocurre?

Watson dobló el tabloide matinal por la mitad y lo lanzó de mala gana sobre la mesa.

-Qué observador es usted, Holmes -dijo tensando una sonrisa forzada pero efímera-. Lo cierto es que no dejo de darle vueltas a todo este asunto de las elecciones.

Sherlock negó con un gesto de la cabeza, recogió el periódico y lo depositó con sumo cuidado a los pies de su ajado sillón Chesterfield de piel oscura.

-No debería torturarse de esa manera, mi querido amigo. Afortunadamente, todavía quedan enigmas más interesantes por resolver que el panorama político español.

-Lo sé, lo sé. Lo que pasa es que… -se interrumpió para ponerse de pie-. Lo que pasa es que no consigo entender qué problema tienen los españoles -añadió, mesándose la barbilla.

-¿Quiere decir, además del desempleo, la corrupción, la crisis económica y la falta de transparencia democrática? -inquirió Sherlock en tono sarcástico.

-¿Ve? ¡A eso es a lo que me refiero, Holmes! -exclamó Watson señalándolo con el dedo índice. -No parece que a los españoles les preocupen mucho todas esas contrariedades, dadas las circunstancias.

-Permítame, Watson -replicó Sherlock alzando la mano-. Hay un ligero error de precisión semántica en su afirmación que voy a tomarme la libertad de corregir ahora mismo. No es que a los que los españoles no les importen “mucho” todas esas contrariedades; es que no les importan en absoluto. -matizó.

-¿Y a usted le parece normal? -preguntó Watson volteando las palmas de las manos hacia arriba.

-Normal o no, es un hecho constatado, a juzgar por los resultados del 26J. ¿Quiere una taza de té? -Se inclinó ligeramente sobre la mesa, destapó la tetera y agitó con suavidad las dos bolsitas de Earl Grey que la señora Hudson había sumergido previamente en ella.

-¡¿Pero cómo puede usted pensar en tomar té, Holmes?! -voceó Watson. Había comenzado a caminar hacia un lado y otro de la estancia de forma prácticamente mecánica.- ¿Acaso no le perturba esta situación? ¿Acaso no le extraña?

-Lo que me extraña es que le extrañe a usted, Watson -respondió Sherlock impertérrito, mientras vertía el agua burbujeante en el interior de una de las tazas. Después se la tendió a su compañero, haciendo caso omiso de su negativa anterior. -Tome, bébaselo, ¿quiere? Las cosas suelen verse mejor acompañadas de un té. Sobre todo, si es tan delicioso como éste.

Watson puso los ojos en blanco y cogió la taza.

-Lo que usted diga -masculló.

-Deje que le haga una pregunta muy sencilla, Watson. ¿De qué se sorprende?

-¿Que de qué me sorprendo? -repitió Watson con gesto sorprendido. -Tal vez de que la sociedad española sea tan poco patriótica.

-Vaya- Sherlock frunció los labios-. Esa sí es una afirmación contundente.

-Bueno, ¿y qué espera que diga, Holmes? Sólo un pueblo que se desprecia a sí mismo es capaz de otorgar el poder, una y otra vez -remarcó abriendo los ojos con amplitud-, a una banda de delincuentes en potencia cuya máxima preocupación es asegurarse la jubilación en alguna multinacional de turno.

-No piense con el corazón, Watson. Piense con la cabeza. El español es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. ¿Y sabe por qué?

Watson suspiró profundamente y se dejó caer sobre el sofá.

-Adelante, ilumíneme Holmes. Yo ya no sé qué demonios pensar.

-Mi querido Watson -dijo Sherlock con una sonrisa inusualmente cándida. -Reconozco que su ingenuidad me conmueve. No obstante, deje que le diga que es intolerable que alguien tan instruido como usted se sorprenda ante una evidencia de tales magnitudes.

-Haga el favor de hablar claro de una vez, Holmes. Su tendencia a la divagación me resulta importuna. -sentenció Watson con un tono que indicaba una total e inminente pérdida de la paciencia.

-¡Santo Cielo! -exclamó Sherlock incorporándose de un bote. -¿Es que no lo ve? ¿Pero de verdad se creía usted que iba a cambiar algo? ¿De verdad pensaba que unas elecciones, unas simples elecciones, bastarían para corregir a un pueblo que usted mismo califica, y con razón, de poco patriota? ¿Es que todavía no se ha dado cuenta de que ese mismo pueblo carece de la cultura democrática necesaria, porque vive instalado en el sopor al que lo han condenado los poderes fácticos?

-Pero las encuestas decían… -balbuceó Watson.

-¡Paparruchas! No me diga que no ha oído usted hablar de la “cocina”.

Watson tensó su cuerpo y en su rostro se dibujó una repentina mueca de horror.

-¿Está usted insinuando que las encuestas previas a las elecciones fueron manipuladas, Holmes? -preguntó, luego de llevarse la mano a la boca.

Sherlock encadenó unos cuantos chasquidos de lengua.

-Francamente, Watson, me decepciona usted. ¿Debo ser yo quién le recuerde que en España toda, absolutamente toda la información proveniente de cualquier medio de comunicación convencional se encuentra bajo sospecha de secuestro, tergiversación o falseamiento?

-Sí, pero, en cualquier caso, ¿al interés de quién se supone que responden unos sondeos tan alejados del resultado final? A no ser que… ¡Un momento! -El rostro se le iluminó de repente, como si una lámpara se hubiera encendido sobre su cabeza- A no ser que la intención de voto haya sido deliberadamente maquillada por los medios del establishment para movilizar a todos esos indecisos entre los que la campaña del miedo no había cuajado todavía. ¡Claaaaaro!

Sherlock esbozó una sonrisa cínica y comenzó a aplaudir con deliberada lentitud.

-¡Bravo, Watson! ¿Lo ve? No era tan difícil llegar a esa conclusión. Ahora ya lo sabe: Los españoles no tienen remedio, así que no me haga perder más tiempo con asuntos de poca relevancia. ¿Otro té?

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