03 oct

Mi patria. Mi voto

Soy catalana.
Hija de inmigrantes castellanos y andaluces, como tantos otros en esta tierra.
Me siento catalana.
Como supongo que podría sentirme vasca, gallega o madrileña.
Con esto quiero decir que no me interesan las banderas.
Mi única patria es mi familia.
Mi marido. Mi niño. Mi casa.
Lo demás son pretextos para el totum revolutum.
Para los mártires y los falsos héroes nacionales.
No creo en rupturas ni en supremacías de un lado u otro de la frontera.
Pero sí creo en el diálogo.
Sí creo en la democracia.
En la soberanía popular.
En eso es en lo que me han educado.
Y por eso ayer, 1 de octubre, fui a votar.
Porque para cualquier mente inteligente, un voto jamás puede constituir una amenaza.
Ni una ilegalidad.
Y mucho menos un arma.
Votar significa libertad de elección.
Aquí, allí y en todas partes.
Yo ayer fui a votar.
Porque como catalana que soy, no podía desoír la inquietud de mi pueblo.
La mía propia.
No podía no votar.
A mí que no me vengan apelando a la ilegalidad esos cínicos que dicen que nos gobiernan.
Ellos, precisamente.
Los primeros en saltarse su adorada Constitución.
Fui a votar y voté que no.
Para que luego hablen de adoctrinamiento.
Y sin embargo, hoy me he despertado preguntándome amargamente si tal vez me equivoqué.
Si tal vez debería haber votado que sí.
Y ojalá no lo pensara.
Porque soy catalana y soy española.
Sin connotaciones de ningún tipo.
Pero es que me quedo sin argumentos.
Porque nos están alejando.
Nos están echando.
Lanzándonos a sus mercenarios de casco y porra como si fuéramos criminales.
Abriendo una grieta tan profunda entre ellos y nosotros que ya es insalvable.
Y han conseguido que cualquier atisbo de sensatez quede empañando de vergüenza.

 

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Oportuna doctrina del shock

 

22 sep

Oportuna doctrina del shock

Seré breve.

No se dejen engañar por los medios reaccionarios; el principal problema de España no se llama Catalunya.
Se llama corrupción.
Impunidad.
Cloacas del Estado.
Gürtel, Púnica, Lezo, ERES, Bankia… podría seguir, pero es que me da vergüenza.
Se llama precariedad laboral y tasa de desempleo que crece hasta en agosto, por mucho que nos vendan primaveras, brotes y no sé qué otras arcadias más.
Se llama desmantelamiento de la industria. Nula inversión en desarrollo.
Economía sumergida.
Modelo productivo basado en el ladrillazo y la hostelería.
¿Se acuerdan de cuando los amos del cortijo nos decían que España estaba en la Champions League? Y nosotros venga a sacar pecho confiados y orgullosos.
Se llama recortes presupuestarios en sanidad y educación. ¿O es que ya se les han olvidado todos esos niños achicharrándose en escuelas sin aire acondicionado en plena ola de calor? ¿Se les ha olvidado ya al consejero de turno sugiriendo abanicos de papel para combatirla? Ahí, con dos cojones. ¿O los hospitales cayéndose a cachos mientras se construían aeropuertos sin aviones? Porque eso también se merecería una cacerolada diaria y de las gordas.
Y últimamente, se llama también merma de ciertas libertades.
Lo que nos faltaba.


Insisto, no se dejen engañar. El Partido Popular tiene una agenda oculta y su oportuna doctrina del shock es el mecanismo perfecto para implementarla.

11 ago

Juana. Y todas las demás

Que una mujer llegue borracha a su casa de madrugada tras haberse corrido una fiesta de campeonato -o dos, o tres- no legitima el maltrato.

No legitima los golpes ni los insultos.

No la convierte en víctima potencial.

Ni en culpable de nada.

No debería.

Porque una mujer es libre de hacer con su vida lo que le dé la gana.

Debería poder serlo.

Poder ponerse la falda más corta.

O no ponerse nada.

Y que no la señalaran.

Puta. Si es que vas provocando.

Porque una mujer no es de nadie, salvo de sí misma.

No es de su maltratador.

Aunque se aferre a él.

Qué sabe nadie por qué lo hace.

Quién se cree que es nadie para juzgar por qué lo hace.

Que un hombre maltrate a su mujer debería bastarle a esta justicia secuestrada para entender que ese monstruo no puede ser un buen padre.

No. Jamás.

Qué no harías tú para proteger a tus hijos?

Que exista Juana debería darnos miedo.

Juana y todas las demás.

11 may

Imbecilidad culinaria

“Los chefs deberíamos cobrar derechos de autor por cada plato que diseñamos”. Es la última estupidez que ha salido de la boca de uno de estos cocineros de la nueva ola que tanto han proliferado en nuestro país en los últimos tiempos. Me estoy refiriendo, naturalmente, a los conocidos como “chefs mediáticos”, o lo que es lo mismo, los que se pasan más tiempo bajo los focos de un plató de televisión que entre fogones. O los que nos deleitan -nótese la ironía- cada 23 de abril con un nuevo libro de cocina, ya sea alta, rápida o para torpes, porque el caso es estar ahí, entre Javier Cercas y Lorenzo Silva. Sí, los mismos que se erigen en jueces y verdugos de un concepto tan puramente subjetivo como es el gusto y sobre el que nadie -ni siquiera un tío al que otro tío ha colocado en una cosa llamada Guía Michelin- tiene la verdad absoluta.

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29 mar

De mantillas y servicios públicos

El otro día, y al hilo de la pregunta que flotaba en todas las tertulias televisivas de si la misa es o no es un servicio público, se me ocurrió escribir esto en Twitter:

“Si en este país habláramos más de ciencia y menos de fe, tal vez las cosas nos irían mejor”.

Los trolls del puro y la mantilla no tardaron en hacerse oír. Que a la fe se la respeta, repetían como una letanía los más educados. Los menos, de roja de mierda para arriba me pusieron, aunque a una, que ya tiene carrerilla en esto de las redes sociales, se la refanflinfa igual que ciertas cuestiones de estado a algún político de por ahí.

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