24 abr

Mis últimas tardes con Juan Marsé

Yo tendría 13 años; 14, a lo sumo. La señorita Alegre -la maestra de Lengua Castellana más antipática que se ha visto nunca- me había mandado castigada a la biblioteca como tantas otras veces. No recuerdo el motivo, aunque seguro que fue por cotorra, porque en aquella época, yo hablaba hasta en sueños. Allí siempre terminábamos los mismos: los rebeldes sin causa, los incomprendidos por el mundo, los que jugaban a ser mayores, los que tenían miedo de llegar a serlo y los que nos aburríamos en clase. A mí me gustaba mucho estar allí, a pesar de todo. En parte, porque me encantaba el olor de los libros viejos y las historias de otros lectores que me encontraba entre sus páginas amarillentas y ajadas. Y en parte -la menos poética, supongo-, porque detestaba las clases de la señorita Alegre y su obsesión enfermiza por el análisis gramatical de las oraciones subordinadas.

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07 abr

Vivir (y morir) con dignidad

Hoy me ha dado por pensar en cómo sería mi vida si de repente un día tuviera un accidente y me quedara tetrapléjica.

O si en un chequeo médico rutinario me diagnosticaran Esclerosis Lateral Amiotrófica.

Son posibilidades que uno nunca contempla, o no quiere, no se atreve a contemplar.

Pero están ahí; existen bajo la forma de una insoportable amenaza.

Bajo la forma de esa sentencia lapidaria que dice Podría pasarte a ti.

Como le pasó a Ramón Sampedro.

O a José Antonio Arrabal.

He intentado imaginar mi día a día como debió de serlo el de Ramón o el de José Antonio durante mucho tiempo.

Con un horizonte que al final ya no ofrece ninguna posibilidad.

Sin nada que hacer.

Sin nada por lo que luchar.

Dependiente de.

Dependiendo para.

Y en este trágico contexto que no admite tiempos verbales en futuro, he pensado también en mi familia, sobre todo en mi marido, que cumpliría a rajatabla esa cláusula que estipula que el contrato se cumple por igual en la salud y en la enfermedad. Y al hacerlo, no he podido evitar que la pena me moje los ojos, las yemas de los dedos y hasta las aristas del corazón.

Pena por mí, claro.

Pero, sobre todo, por él.

Porque su vida se consumiría junto a la mía, entre botellas de oxígeno, tubos y palanganas.

¿Pueden un tetrapléjico o un enfermo de ELA vivir con dignidad?

Es una pregunta para la que no tengo respuesta. Por más que trato de imaginar cómo sería todo si yo estuviera en la misma situación que Ramón Sampedro o José Antonio Arrabal, no he podido, no he sabido o no he querido hacerlo.

Porque no sé si yo podría, sabría o querría vivir cuando el horizonte ya no ofrece ninguna posibilidad.

No sé si yo querría morir lentamente mientras mato lentamente a los míos.

Digo que no lo sé, pero en el fondo sí lo sé.

Como lo supo Ramón.

Como lo supo José Antonio.

 

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29 mar

De mantillas y servicios públicos

El otro día, y al hilo de la pregunta que flotaba en todas las tertulias televisivas de si la misa es o no es un servicio público, se me ocurrió escribir esto en Twitter:

“Si en este país habláramos más de ciencia y menos de fe, tal vez las cosas nos irían mejor”.

Los trolls del puro y la mantilla no tardaron en hacerse oír. Que a la fe se la respeta, repetían como una letanía los más educados. Los menos, de roja de mierda para arriba me pusieron, aunque a una, que ya tiene carrerilla en esto de las redes sociales, se la refanflinfa igual que ciertas cuestiones de estado a algún político de por ahí.

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16 feb

A mí también

A mí también me han discriminado por ser mujer.

También me han preguntado si pensaba tener hijos en una entrevista de trabajo.

O me han contratado por un sueldo más bajo que a otro compañero que hiciera lo mismo.

O me han excluido de alguna reunión. ¿Lo entiendes, verdad guapa? Es que ya somos muchos en la sala.

A mí también me han dicho que tengo suerte de que mi marido me ayude en casa. Como si él pasara por allí. Como si mi hogar no fuera su hogar también, con todos los derechos y obligaciones que ello implica.

También me han aconsejado que nunca le diga que no porque si no, rapidito se busca a otra que le caliente la cama. Como si el sexo fuera un deber y no un momento de intimidad suprema entre dos personas que se desean.

A mí también me han venido con eso de que las mujeres somos el sexo débil. La falacia más grande de la historia.

O que el amor duele. Otra mentira tolerada.

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02 feb

Samanta Villar y la nueva moda de las “malas madres”

Nunca me ha gustado su estilo de contar las cosas. Para mí, lo que hace Samanta Villar se resume básicamente en un concepto que me he sacado de la manga para la ocasión: antiperiodismo irresponsable. Y aunque me encantaría detenerme a destripar todos los insustanciales 21 días con los que ha banalizado aún más la parrilla televisiva en los últimos años -no se me quita de la cabeza ese programa en el que jugó a ser anoréxica para demostrar no sé qué, la muy inconsciente-, me voy a centrar en sus recientes y controvertidas declaraciones acerca de la maternidad.

Os pondré en antecedentes. Resulta que a Samanta Villar, cuyo leit motiv es aquello de que “no es lo mismo contarlo que vivirlo”, se le ocurrió relatar en primera persona los nueve meses de su embarazo gemelar, parto incluido. Un embarazo que, como ella misma reconoce, tuvo lugar finalmente gracias a la donación de óvulos, luego de 4 años intentándolo sin éxito. Hasta aquí, todo más o menos correcto. Lo que ocurre es que la susodicha aprovechó la experiencia para escribir un libro -y me aventuro a imaginar el suculento anticipo que habrá recibido por él- con el que pretende, según dice, desmontar el mito de la maternidad idílica. Y claro, algunas de sus afirmaciones no están exentas de polémica, precisamente. “Un bebé destruye tu vida”, “Tuve hijos porque me dijeron que era todo maravilloso”, o “Tomé una decisión engañada” son una muestra de los titulares que acompañan a la promoción de su Madre hay más que una

Y yo me pregunto: ¿Pero en qué mundo vivías tú antes de parir, alma de cántaro?

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