07 jul

Una puta. Tercera parte

No entendí lo que dijo, pero a juzgar por la furia con la que había lanzado el móvil contra el lavamanos, deduje que se trataba de alguna palabra gruesa en su lengua materna.

-¿Qué ocurre? -pregunté contemplando atónita la pantalla resquebrajada por el impacto.

¡Es tersera ves en mes que cliente hijo de puta cansela servisio! ¡Estoy harta! ¡Harta! 

-¿Te han cancelado el servicio? ¿Y por qué? -quise saber.

¡Ay, mujer! ¿Por qué va a ser? -dijo haciendo aspavientos, con un tono que parecía dar por sentado que yo ya debía saberlo. –¿No ves que ya no soy ninguna ninia? Tengo 33 anios; estoy vieja para gusto de hombres que contratan putas de lujo –se lamentó con acritud.

La miré con perplejidad y tuve que contener las ganas de soltar uno de esos sonoros resuellos de indignación que se me escapan a veces.

¿Vieja?

Por lo visto, también hay putas de primera y de segunda.

Qué cruel puede llegar a ser a veces el mundo.

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17 jun

Una puta. Segunda parte

-дерьмо!* ¡Por tu culpa, se ha estropeado maquillaje! –exclamó enfurecida.

Se dio la vuelta, y con las manos torpes de nerviosismo, rebuscó con ímpetu entre los cajones del cuarto de baño. Cuando dio con el paquete de discos de algodón, lo rasgó con tanta fuerza que un buen puñado de ellos acabaron desparramados por el suelo.

-Lo siento -musité agachándome a recogerlos de inmediato-. De verdad que lo siento. Siento que tengas que volver a empezar -añadí al incorporarme, acercándome a ella con los discos en las manos.

Ella me miró y pude advertir que sus ojos habían cambiado de repente, como si una especie de telón de acero mate hubiese cubierto el brillo húmedo que las lágrimas habían dejado tras de sí. Tenía otra vez esa mirada vacía con la que me había abierto la puerta de su casa.

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10 jun

Una puta. Primera parte

Tendrás que haser rápido. Acaban de llamar de agensia para servisio en una hora más menos -dijo con un fuerte acento de algún país de Europa del Este, cuando me abrió la puerta.

La seguí hacia el interior de su lujoso apartamento en una zona bien de Barcelona que no desvelaré para proteger su intimidad. Como tampoco desvelaré su nombre. Ekaterina, Irina, Anya, Natasha… Qué más da.

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23 abr

Escribo, luego existo

Era el día que más me gustaba del año. Más que Navidad, más que el primero de mayo, o incluso, más que ese ansiado día en que apagas el portátil a toda mecha para largarte de vacaciones lo más lejos posible. Pero ese día, Barcelona estaba tan bonita, con sus balcones modernistas engalanados de rosas rojas y todas esas banderas que bailaban caprichosas al viento, reivindicando por una vez nada más que el amor por una tradición, que me parecía la ciudad más hermosa del mundo y me olvidaba de todos sus defectos.

Era de esos días en que inusitadamente, el jaleo y la gresca no me molestaban; a mí, que suelo detestar las aglomeraciones. Por el contrario, me parecían encantadoras las gitanas de larga melena azabache recogida en un un moño y ojos negros como el carbón que me paraban en cada esquina, con sus mandiles de improvisadas vendedoras de flores, y me decían eso tan gracioso de “¡Mira qué rosa guapa tengo, nena, do’ euro’ na’ ma’. Llévate una nena, pa’ tu mae, pa’ tu mae!”. Yo sonreía con los ojos y continuaba con mi recorrido hacia ninguna parte. O hacia donde quisieran llevarme los pies.

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12 abr

Sherlock Holmes y el enigmático caso de las nuevas elecciones

-¡Ya voy! ¡Ya voy! ¡Válgame el cielo, Holmes! Si sigue aporreando la puerta de esa manera, va a conseguir echarla abajo.

Watson abrió la puerta del 221B de Baker Street y se topó con un Sherlock jadeante y de tez sonrosada.

-¿Ha vuelto a olvidar las llaves Holmes? -inquirió Watson con un dejo de impaciencia en la voz.

-No haga… preguntas…. impertinentes… Watson -contestó Sherlock con la voz entrecortada, mientras se sacaba su invernal abrigo de franela y lo colgaba del perchero que la señora Hudson, la casera, había acomodado convenientemente en el recibidor. -He llamado a la puerta, ergo no llevo las llaves encima. La propia lógica responde a su cuestión -añadió algo más calmado. Subió con presteza las escaleras de dos en dos hacia la sala de estar y se dejó caer exhausto sobre el mullido sillón Chesterfield de piel.

-¡¿Es que no piensa venir?! -chilló exasperado a los pocos segundos.

Escuchó los gruñidos ininteligibles de Watson y sus pasos arrastrándose peldaño a peldaño, y sonrió para sí.

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