24 abr

Mis últimas tardes con Juan Marsé

Yo tendría 13 años; 14, a lo sumo. La señorita Alegre -la maestra de Lengua Castellana más antipática que se ha visto nunca- me había mandado castigada a la biblioteca como tantas otras veces. No recuerdo el motivo, aunque seguro que fue por cotorra, porque en aquella época, yo hablaba hasta en sueños. Allí siempre terminábamos los mismos: los rebeldes sin causa, los incomprendidos por el mundo, los que jugaban a ser mayores, los que tenían miedo de llegar a serlo y los que nos aburríamos en clase. A mí me gustaba mucho estar allí, a pesar de todo. En parte, porque me encantaba el olor de los libros viejos y las historias de otros lectores que me encontraba entre sus páginas amarillentas y ajadas. Y en parte -la menos poética, supongo-, porque detestaba las clases de la señorita Alegre y su obsesión enfermiza por el análisis gramatical de las oraciones subordinadas.

Aquel día, lo recuerdo como si hubiera sido ayer mismo, me senté en un pupitre junto a la ventana. El sol templado de mediados de abril se colaba a raudales iluminando como en una especie de visión profética el ejemplar de Últimas tardes con Teresa que alguien había dejado abandonado sobre la mesa. Yo nunca había oído hablar de ese libro, pero eso no impidió que me lanzara a leerlo con la misma avidez con la que un gato se abalanza sobre un ratón. Fue cosa de la edad, supongo. O tal vez, del destino; quién sabe. Lo devoré en apenas dos días, seducida como la adolescente que era por el desenfado chulesco de Manolo el Pijoaparte y por la nostalgia que desprendía el retrato de esa Barcelona canalla y gitana que una vez fue pero que yo ya nunca conocería. No fue mi primer amor literario, pero sí el más intenso hasta la fecha. Por eso, después de leer la última palabra de la última página, me quedó en la boca la amarga sensación de tener que desprenderme de algo que había significado mucho para mí. Una sensación que volvería a experimentar una y otra vez a lo largo de mi vida. Y en ese punto me prometí que yo, alguna vez, también escribiría algo de lo que costara mucho desprenderse.

El verano de mis 18 años me recibió con una noticia inesperada y excitante: al parecer, mi madre había empezado a confraternizar con la mujer de un escritor. Bueno, ¿y se puede saber quién es él?, le pregunté ansiosa una vez terminó de explicarme con detalle cómo había conocido a su nueva amiga. Un tal Juan Marsé, me respondió ella como si nada. ¿A ti te suena, hija? Noté entonces cómo el tiempo retrocedía hasta aquel día de abril, en la biblioteca del instituto, y todo lo que traerían después los años siguientes pasó ante mis ojos como la película de mi propia vida: Mis primeros relatos, el concurso aquel que gané tres veces, la rabia que le tenía al chaval de Primero B que se creía mejor escritor que yo, los elogios continuos, la universidad, la pluma inagotable. Por favor, mamá, dile a su mujer que lo quiero conocer; sería muy importante para mí.

Recuerdo el pánico que me sacudió en el momento en que traspasé la puerta de su espléndido chalé en aquel pequeño pueblo de la costa catalana. Y recuerdo que pensé, además, que hay ciertos miedos viscerales para los que uno nunca está lo suficientemente preparado. Marsé era como yo me imaginaba entonces que serían todos los escritores: de aspecto circunspecto, poco hablador, distante, pausado, ciertamente altivo. Y me sentí tan fascinada que, con esa inconsciente arrogancia mía de los 18 años, decidí contarle que yo también escribía. Pues me gustaría mucho leer algo tuyo, me confesó, aunque nunca he sabido si lo dijo en serio. Pocos días después, me presenté en su casa con el que yo consideraba mi mejor manuscrito en las manos -la historia de una familia marcada por las traiciones-, y se lo cedí confiada de mí misma. Cuando por fin la hubo leído, habían pasado tantos días que me sentí profundamente ofendida.  Me devolvió el manuscrito lleno de anotaciones garabateadas en los márgenes de los folios. ¿Es que no le ha gustado?, le pregunté sin poder ocultar mi decepción. Creo que es muy importante que entiendas que uno tiene que haber vivido un poco antes de poder llegar a escribir con profundidad. Te sugiero que crezcas, que madures, que vivas la vida, que aciertes y que te equivoques. Y luego, escribe sobre todas esas cosas. Aquella fue mi última tarde con Juan Marsé. Recuerdo que salí de su casa con una mezcla de sensaciones que me acompañarían durante mucho tiempo: ira, frustración, tristeza, confusión. Yo había escrito la mejor historia del mundo y a Juan Marsé no le había gustado. Así que, presa de la desilusión, enterré el manuscrito en un cajón y decidí olvidarme de escribir ficción para siempre. Supongo que, entonces, yo era demasiado débil para enfrentarme a mis propios demonios.

Hace poco, y de pura casualidad, tuve la suerte de dar con ese manuscrito en el fondo de una caja polvorienta llena de papeles viejos. Y digo que tuve suerte porque el paso del tiempo es uno de los regalos más maravillosos que le da a uno la vida. Lo releí sin ningún temor y me pareció entrañable. Estaba mal escrito, por supuesto. Demasiado pretencioso en la forma y extremadamente vacío en el fondo. Se notaba que quien lo había escrito no había vivido lo suficiente, aunque tuviera prisa por hacerlo. Pero no iba a castigarme por eso, ¿verdad? Hoy tengo 34 años y he aprendido unas cuantas cosas desde entonces. Por ejemplo, que uno no escribe sólo para que lo lean, sino para que lo quieran. Porque escribir no va sólo de contar historias, también va de crecer. Y para eso hay que mostrarse, exponerse, desnudarse. Enseñar todo lo bueno y lo malo que hay en uno aceptándose y sabiéndose. Y eso sólo se consigue después de haber vivido, de haber acertado y de haberse equivocado una y otra vez. En la forma y en el fondo. No he vuelto a ver a Juan Marsé y ni siquiera sé si se acuerda de mí y de aquellas pocas tardes que fueron las últimas. Pero si pudiera volver a verlo, sé perfectamente lo que le diría: Gracias por enseñarme que la vida es escribir sin prisas.

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19 comentarios de “Mis últimas tardes con Juan Marsé

  1. Sabes? Ayer en la feria del libro de Vecindario,me preguntaron varias veces por qué escribía y mi respuesta era porque ciertas etapas de mi vida necesitaba canalizarlas en algo.
    No era lo mismo un relato con dieciocho que con treinta el corazón tiene muchas heridas de guerra y la experiencia de superar obstáculos es mayor.
    Al leerte comprendí que fueron las respuestas certeras. Excelente Carmen, esta vez la has clavado.

  2. Nunca olvidaré esta frase que es una de las mayores verdades que he leído en mi vida. Gracias por ella, Carmen: “…uno no escribe sólo para que lo lean, sino para que lo quieran.”

  3. Desde el valor que me pueden otorgar los años, así es, Carmen. Gran consejo del gran escritor. En ocasiones, un “no” a tiempo te abre el camino para buscar el “si” en la perfección.
    En mi experiencia, nunca me supe exponer y desnudar, todo lo que acumulo. Hoy, lo sacudo al viento, porque esa es mi recompensa. Ser aceptada, ser querida, y dar pasos pequeños, para un fin mayor. Como dice el poeta, Antonio Machado:
    Caminante, son tus huellas
    el camino y nada más;
    Caminante, no hay camino,
    se hace camino al andar.
    Al andar se hace el camino,
    y al volver la vista atrás
    se ve la senda que nunca
    se ha de volver a pisar.
    Caminante no hay camino
    sino estelas en la mar.

    No corras. Sin prisas, sin pausas, todo llega.

    • Exacto, Dolors. ¿Y sabes lo mejor? Que ser pequeñas nos hace ser más grandes. Un abrazo de gigante y como siempre, mil gracias por pasarte por aquí y dejarme tus impresiones llenas de sensibilidad. Muack!

  4. ¡Qué bonito, Carmen! Cuando termino de leer una novela que me apasiona, es casi como si me arrebataran un pedacito de mí. En lo referente al consejo de Juan Marsé, muy cierto, así lo creo al menos. Enhorabuena por el artículo, resulta inspirador y emotivo.
    Saludos ;))

    • ¡Mil gracias, Míriam! Incluso a veces, me cuesta volver a leer unos días porque no me saco esa sensación de encima. Me alegro mucho de que te haya gustado mi pequeña reflexión. Al señor Marsé nunca le estaré lo suficientemente agradecida.

  5. Pingback: Mis últimas tardes con Juan Marsé

  6. Precioso, inspirador y nostálgico articulo Carmen. Por un momento me he visto en la biblioteca de mi cole, con ese sol mediterráneo y primaveral entrando por la ventana, el aroma de los libros, la paz… Mi primera vez, ese primer libro que nos quita la inocencia y nos desvirga para la literatura fue con Platero y yo, y no quiero bromas al respecto que te conozco…
    Tuviste muchísima suerte de conocer a Marsé y recibir ese primer consejo, la mayoría de autores no nos los pueden dar y menos aún en el momento en que más lo necesitamos. Yo creo que a veces escribimos para poder entender la vida, para tratar de explicarla, para que los demás puedan ver el color del cristal con que la miramos y así comprendernos nosotros mismos… y para eso, como decía Marsé hay que haber vivido mucho. Un beso cielo…PEDAZO ARTICULO!!

  7. Fantástico relato, niña!!! Por como lo narras, por como lo describes, por su carácter nostálgico y por lo emotivo del mismo, sin duda, uno de tus mejores. Se cumplen 20 años de aquel encuentro con el libro de Marsé en la biblioteca del instituto. Quién te lo iba a decir: Lo que empezó siendo casual (toparte con ULTIMAS TARDES CON TERESA) en aquel pupitre de la biblioteca del Instituto se convirtió en determinante para ti, en tu destino. Efectivamente, la vida y el paso del tiempo enseña muchas cosas, sobre todo a valorar los errores cometidos, no hay mejor aprendizaje que ése… Me gusta mucho el cierre que le das al relato, especialmente cuando aludes al significado de escribir. Sí!!! Es todo eso, incluso añadiría que, escribir es una terapia, la mejor terapia del mundo.



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