16 feb

Mamá, he dejado el trabajo

Pero antes de que pongas el grito en el cielo, déjame explicártelo.

Yo era una persona normal, con una vida normal y un trabajo normal. Me despertaba todos los días a la misma hora, desayunaba, me vestía, me peinaba, bostezaba, encendía la radio, apagaba la radio, volvía a bostezar, me arrastraba hasta el metro, me subía en el metro, me dormía en el metro, me pasaba una o dos paradas, volvía hacia atrás, corría para no llegar tarde a la oficina, llegaba tarde a la oficina, mi jefe me echaba la bronca, le decía que no volvería a pasar, me sentaba frente al ordenador, mataba el tiempo ocho horas, me arrastraba hasta el metro, me subía en el metro, me dormía en el metro, me pasaba una o dos paradas, volvía hacia atrás, llegaba a casa, me desvestía, me metía bajo la ducha, cenaba, bostezaba y me iba a dormir. No recuerdo si además soñaba, pero diría que no.

Y así, todos los puñeteros días de mi vida.

Hasta hoy.

Hoy me he despertado con los pulmones llenos de gas. Sin poder respirar. En un devastador estado de epilepsia orgánica que me ha sacado de la cama convulsionando como un pez fuera del agua. Creía que me moría, te lo juro. O lo mismo me he muerto y es mi espíritu quien te habla ahora mismo. Vale, no te enfades, que sólo era una broma. El caso es que he sufrido muchísimo. Sí, ya sé lo que me vas a decir. Que yo qué leches voy a saber del sufrimiento si a mí nunca me ha faltado de nada. Y es verdad. Pero quiero que entiendas que no todo lo que se tiene le hace a uno necesariamente feliz. ¿Que si yo soy feliz, dices? Pues no, ya que lo preguntas. ¿Que por qué no? Y porqué sí, si llevo media existencia viviendo una mentira. Sí mamá, me has oído bien. Pero, por favor, deja que te siga contando lo que te he venido a contar.

No me preguntes cómo, porque no lo sé, pero al cabo de un rato he recuperado el ritmo respiratorio. Así, sin más. Una vez leí en un libro de autoayu… bueno, en un libro, que la mejor forma de acabar con la ansiedad es dejándola pasar. Espera, espera, que me he saltado una cosa. No te lo había contado antes porque no quería preocuparte, pero la cuestión es, mamá, que tengo ansiedad. Sufro ansiedad. ¿Que eso qué significa? Pues no lo sé, pero la gran mayoría de adultos de los países desarrollados está gravemente enferma, créeme. ¿Que si eso se trata? Pues claro que se trata. Vas al médico a que te recete un par de pastillas al día, una para poder dormir y otra para poder salir de la cama, y listos. Podría decirte que sólo lo sé porque me lo han contado, pero te estaría engañando y tú no te mereces eso. No, lo cierto es que yo también las tomo. De hecho, estoy convencido de que son las culpables de que siempre me quede doblado en el metro y me acabe pasando de parada. Pero tranquila mamá, te juro que hoy es el último día de mi vida que me enveneno el organismo con ansiolíticos. Porque por mucho que algún loquero financiado por las farmacéuticas se empeñe en querer convencerme de lo contrario, las pastillas no le quitan a uno la tristeza. Eso lo tengo yo más que comprobado.

Bueno, sigo. Cuando por fin han cesado los estertores, me he quedado un rato sentado en el borde de la cama meditando sobre qué hacer. Me levanto, me peino, me visto, me arrastro hasta el trabajo en metro y me disculpo por llegar tarde. Como ayer.

Y antes de ayer.

Y el día de antes de antes de ayer.

Porque soy una persona normal.

Con una vida normal.

Con un trabajo normal.

Y una ansiedad normal.

Entonces me he puesto a hacer balance de mi vida. ¿Lo has hecho alguna vez? Te lo recomiendo, de verdad. Total, que me ha dado por pensar en todos esos días de escaleras mecánicas infinitas. Amargos como el café sin azúcar. Solitarios entre la multitud solitaria que no te mira porque eres normal. Demasiado normal. Cuántos días perdidos, mamá. Cuánta vida tan llena de nada. Absolutamente nada. Y me parece que ha sido justo en ese momento cuando he comprendido lo que me pasa: Es el trabajo, mamá, el puto trabajo, que me está matando de normalidad. Es esa mierda de oficina de aire viciado y ambiente asfixiante que me secuestra cada día ocho horas, a veces nueve y a veces diez, la que me ha puesto la piel de este horrible tono macilento de enfermo terminal y me ha dibujado estas ojeras de zombi famélico. Son todas esas reuniones de mierda, todos esos e-mails de mierda, toda la palabrería grandilocuente, los informes, las gráficas, las corbatas, los clientes, los beneficios, las ascensiones, los despidos, las subidas salariales, las congelaciones salariales…¡Qué presión! ¡Es toda esa gran mentira la que me está enfermando, mamá! ¿Sabes porqué digo que es una gran mentira? Porque algo que te hace sentir tan frustrado no puede dignificarte. No es este trabajo en particular, mamá. Son todos los trabajos que he conseguido desde que puse los pies fuera de la facultad. Son todos los que conseguiré. ¿Te acuerdas de la ilusión que tenía cuando me licencié? ¿Te acuerdas de cómo me lancé al mercado laboral? Echao p’alante, creyéndome que ese máster que me había pagado con el sudor de mis veranos me iba a solucionar la vida. Qué engañado estaba, mamá. Y qué poco queda de aquel chaval que soñaba con enamorarse de su trabajo. Ahora no soy más que un amargao, un mercenario a sueldo, un conformista de clase media, un cagao, un apalancao.

¿Querrás saber lo que he hecho luego, no? No me he vestido, ni me he peinado, ni me he arrastrado al metro. He cogido el teléfono y he llamado a mi jefe. Le he dicho que me largaba, que no aguantaba más. Sí, ha intentado convencerme de lo contrario, pero le he dicho que se metiera su rollo corporativo por el ojete. Ya lo sé, me he pasado de la raya; pero tú no sabes lo duro que es vivir deseando que se acabe el día, mamá. Así que lo he dejado.  No te enfades y entiéndeme, por favor. Habré tenido muchas cosas, pero me ha faltado la más importante: la suerte de poder dedicarme a algo que me apasione. Quizás fue mi culpa, me equivoqué de camino, escogí mal la carrera, fui demasiado ambicioso. No lo sé. Es imposible saberlo. Es imposible volver atrás. No sé qué voy a hacer ahora, pero hasta que lo descubra no pienso seguir prostituyéndome. No te preocupes, mamá. Sobreviviré.

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25 comentarios de “Mamá, he dejado el trabajo

  1. Pingback: Bitacoras.com

  2. La historia de una persona normal. Como tú, como yo, y por desgracia de tantísima gente. La esclavitud no ha sido abolida, simplemente se ha puesto en nómina.

    Gran reflexión Carmen!!

  3. Yo creo que es una pregunta que deberíamos hacernos todos como mínimo una vez: ¿qué quiero hacer con mi p… vida?
    Yo me la hice, y a día de hoy soy un trabajador feliz que se levanta temprano sin rechistar a penas (solo lo justo y necesario). Lo mejor de todo es que, gracias a eso, también me siento valorado por la empresa en la que trabajo, así que…

    ¡En fin!
    Un fuerte (y feliz) abrazo

    • Querido señor Vallés,
      Muchas gracias por pasarse y comentar. No sabe lo que me alegro de que su sabia decisión le haya llevado por el buen camino. Yo también me pregunté, como nuestro protagonista y como usted mismo, qué mierda hacer con mi vida. Por fortuna no es una pregunta retórica y una vez lo descubrí, me aventuré de lleno a por ello. La vida no está hecha para vivirla desde la cama.
      Felices comienzos y continuaciones, compañero!

  4. Y aunque te apasione tu trabajo a veces hay “gentaza” que te hace que no te apasione, te putea, terminas sin ganas de ir a trabajar, sin dormir… Con ansiolíticos.ay!!! Que recuerdos. Salva no sé si acordará… Alguna manilla me echó con cosas de stock.Me siento identificada. Yo me “ahogaba” cada vez que cogía el metro para ir a ese trabajo. Al final hice lo mismo me levanté un día y dije.Finito! Mi salud vale más. Y Buahalá. Perfect! Todo a mejor!Muy buen artículo. Sigue así Carmen!!! Me gusta mucho lo que escribes.

    • Muchas gracias por el comentario, Irene! No sabes cómo te entiendo. Yo también sé lo que es estar rodeada de gente que hace que tu trabajo resulte todavía más detestable. Me alegro mucho de que al final tomaras la decisión correcta. Por lo que estoy leyendo en vuestros comentarios, somos cada vez más!! 😉

  5. Ayer le pase el link a dos amigas y las dos me dijeron lo mismo al terminar de leerlo. “Me siento tan identificada”. Basta decir, no cal que tu marido me pase el link para ir leyendo lo que vas colgando. Congrats!

    • Muchas gracias por compartirlo, Irene. Me alegro de que a tus amigas y a ti os haya gustado, pero sobre todo, de que os hayáis sentido identificadas, que de eso se trataba. Espero verte por aquí a menudo entonces;)

  6. Ais Carmeta, cuánta razón tienes nena!
    Yo tengo dos despertares: Uno a las 6 de la mañana y otro a las 14h donde me despierto de una pesadilla y vuelvo a ser una gran mujer con grandes proyectos y con ganas de comerme el mundo 😉
    Sigue así bonica…yo te seguiré 😉

    • Muchas gracias Carol!! Sé muy bien a qué te refieres con eso de los dos despertares, pero yo más bien diría que el primero no es nada más que para darse la vuelta en la cama. El que te hace pegar el bote del catre, el auténtico, es el segundo 😉

  7. Como disfruto leyéndote, Carmen.Con mi pizca de imaginación y tu fluida y agradable prosa, haces que viva lo que escribes, como si lo estuviera visionando.
    Te descubrí por casualidad, y bendita sea esa casualidad.

  8. No sabes cuánto me he identificado con la historia, Carmen. Una decisión valiente y así es cómo hay que ser en la vida porque sino terminas tomando pastillas 😉
    Llega un momento en el que tienes que pararte a pensar si es eso (el estar secuestrado en la oficina) lo que quieres hasta que te jubiles. Después dar el paso aunque la gente te llame loca.
    Un abrazo

    • Muchas gracias por pasarte y comentar, Erika! Me encanta que te hayas sentido identificada. Hay veces en la vida que o das un puñetazo sobre la mesa o te vuelves loca. Hay que luchar por lo que quieres, porque aunque nos cuenten que no se puede, no es imposible.
      Los locos son los demás, que viven resignados.

      Muchos besos!

  9. Has conseguido captar mi atención con el título de la entrada.
    Has conseguido de alguna forma que entre la cantidad de minutos que dedicamos a navegar por internet, me haya quedado a leer el texto de inicio a fin.

    Y, para colmo, has conseguido que comente para decirte que me ha gustado.
    Sátira, irónica, realista… Y muy interesante.



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