23 abr

Escribo, luego existo

Era el día que más me gustaba del año. Más que Navidad, más que el primero de mayo, o incluso, más que ese ansiado día en que apagas el portátil a toda mecha para largarte de vacaciones lo más lejos posible. Pero ese día, Barcelona estaba tan bonita, con sus balcones modernistas engalanados de rosas rojas y todas esas banderas que bailaban caprichosas al viento, reivindicando por una vez nada más que el amor por una tradición, que me parecía la ciudad más hermosa del mundo y me olvidaba de todos sus defectos.

Era de esos días en que inusitadamente, el jaleo y la gresca no me molestaban; a mí, que suelo detestar las aglomeraciones. Por el contrario, me parecían encantadoras las gitanas de larga melena azabache recogida en un un moño y ojos negros como el carbón que me paraban en cada esquina, con sus mandiles de improvisadas vendedoras de flores, y me decían eso tan gracioso de “¡Mira qué rosa guapa tengo, nena, do’ euro’ na’ ma’. Llévate una nena, pa’ tu mae, pa’ tu mae!”. Yo sonreía con los ojos y continuaba con mi recorrido hacia ninguna parte. O hacia donde quisieran llevarme los pies.

El 23 de abril de aquel año caminé por las calles de l’Eixample muy despacio. En parte porque la muchedumbre dificultaba el paso; en parte porque yo no tenía ninguna prisa. Quería que todos los poros de mi piel se abrieran para impregnarse de aquel aroma extraordinario que no sólo emanaba de las flores, sino especialmente, de los miles de libros que acaparaban las calles recortando el espacio de los transeúntes. Pensé que sería maravilloso que en el mundo hubiera más libros que personas. Aunque después llegué a la conclusión de que si sumáramos todas las personas reales que habitan en la Tierra con las personas ficticias que habitan en los libros, el resultado acabaría siendo el mismo: Más personas que libros. Y me dio un poco de pena.

Entonces la vi. Estaba sentada en uno de los innumerables stands que todas las librerías de la ciudad, desde la más pequeña a la más grande, montaban en plena calle para la ocasión. Ni siquiera había visto su rostro alguna vez, pero sentía que la conocía mejor que nadie e intuí que era ella. Y la larga fila de personas anónimas que esperaban pacientemente con su libro en la mano me lo acabaron de confirmar: Era ella y estaba firmando su obra. Cuando la vi allí sentada, con esa elegancia innata de los ingenieros de las palabras, supe inmediatamente que yo quería ser como ella. Me vi en ella. Me imaginé ocupando la misma silla que ocupaba ella en ese preciso instante, firmando un libro tras otro, con los dedos doloridos y montones de bolígrafos secos de tinta a mi lado.

No hablo de vender; hablo de emocionar.

De inventar lo que ella había inventado.

De ser capaz de crear un mundo paralelo en el que hacerle trampas al destino. Tener uno y cien amores de mi vida. Tener una y cien vidas.

Ser ella. Ser yo. Ser quien me dé la gana.

La miré a los ojos, que eran los míos, porque yo había visto muchas veces lo que su mente proyectaba dando forma con el verbo -¡ay, bendito sea su verbo!-, y me acerqué a ella, pero no fui capaz de decir nada. Habría querido darle las gracias, gracias infinitas, gracias que no me alcanzaban porque no eran suficientes, porque ese universo que nació de su pluma me hizo soñar. Y me convirtió en una insaciable voyeur que se inmiscuye en esas vidas ajenas tantas veces como quiera.

Querría haberle agradecido por esas letras que componen palabras que componen frases que componen emociones que permanecerán tatuadas para siempre bajo mi piel.

Habría querido decirle todo eso, y sin embargo, no fui capaz.

Giré sobre mis talones y me alejé. Algún día tal vez, me dije.

Pero después, no sé si a los pocos segundos, minutos, o quizás horas, volví, remontando la corriente como un salmón en aguas salvajes. Me coloqué al final de la cola, que cada vez era más larga, con todos los sentidos a flor de piel, oyendo conversaciones sin prestar demasiada atención, como si fueran un mero hilo musical. O no sé, quizás tan sólo ruido de fondo. Recuerdo que lo único que escuchaba con nitidez eran los latidos de mi corazón, que sonaban de forma casi atronadora a medida que avanzaba y me acercaba más a ella. Cuando por fin llegó mi turno, me dirigí primero a su agente y compré su libro. Ya lo había leído; me lo había regalado alguien muy especial que sabía que iba a encontrarme a mí misma entre aquellas páginas, y lo tenía en casa, expuesto como un trofeo en una de mis destartaladas estanterías repletas de libros. Pero no me importó; quise tener la sensación de comprar algo que olía a ilusiones y que me lo dedicara.

Y entonces, ahí sí, me giré hacia ella. Pensé que era preciosa y vi a su personaje dibujado en cada rasgo de su rostro. En su pelo elegantemente peinado. En su piel discretamente maquillada. En su vestido formal. En la manera grácil con la que sostenía el bolígrafo, con esa gestualidad que sólo tienen los escritores. Y recuerdo haberla amado en ese preciso instante.

Como se aman a las personas que marcan un antes y un después en la vida de uno.

Tal vez, platónicamente.

Tal vez, irracionalmente.

Pero la amé.

Y amándola, pude hablar. Le dije con la voz temblorosa y temiendo que escuchara el estentóreo sonido de mi corazón, cuánto había significado su libro para mí.

Cuánto me había inspirado.

Emocionado.

Redimido.

Y las lágrimas, que se agolpaban ansiosas por salir de mis ojos, me acabaron traicionando y mostraron la emotividad que le niego a un desconocido. Pero no a ella, porque la relación entre un escritor y un lector nace de un vínculo sagrado, y se convierte en irrompible.

Irreversible.

Sempiterno.

Ella me miró agradecida, con un fulgor húmedo en los ojos pero enmudecido, y supe que mi declaración le había atenazado el corazón. Y tuve la certeza de que algún día, pronto, muy pronto, yo sería ella. Yo sería yo. Yo sería quien me diera la gana ser. Le haría trampas al destino. Viviría uno y cien amores de mi vida. Viviría cien vidas. Y que alguien, no sé, quien fuera, soñaría con mi mundo como yo había soñado con el de ella.

Entendí que si yo existía era porque necesitaba escribir.

Entendí que si escribía, continuaría existiendo.

Share on Facebook0Tweet about this on Twitter243Share on Google+0Share on LinkedIn6Email this to someone

36 comentarios de “Escribo, luego existo

  1. Pingback: Bitacoras.com

  2. Igual que tu vivimos intensamente este gran día de fiesta. Igual que tú nos enamóramos de personajes, libros y autores. Me ha encantado esa evocación y recuerdo.

  3. Ya lo has conseguido. Emocionas ciando leemos lo que te sale de dentro y eso es lo principal.
    Tu éxito, el mio, es emocionar y provocar sentimientos.
    Feliz San Jordi y te regalo una rosa virtual

  4. ¡Ole! Pues felicidades por haber tenido la suerte al fin de conocerla,seguro que algún día si sigues escribiendo llegarás lejos :)

  5. Un emotivo relato que se convierte, no sólo en un homenaje a la literatura, sino a los sentidos; un deleite para la vista por poder leer las palabras que, encadenadas, nos emocionan y transportan lejos de la rutina y lo cotidiano, un deleite para el oído por poder escuchar el sonido de las propias palabras, que adquieren vida propia y tanto nos transmiten, un deleite para el tacto por poder entrar en contacto con la piel suave del libro, un deleite para el olor por poder sentir el aroma del papel de cada una de sus páginas y un deleite para el gusto porque estar cerca de un libro da hambre, pero hambre de lectura, hambre de escritura…

  6. Fantástico Carmen, evidencias el amor por la literatura como un niño el día de reyes. Esa pasión es la que en este agradecimiento a un día tan especial, has expresado con tanto acierto y bondad.

  7. Es el sueño de todo aquel que desea transmitir, no vender. Llegar al corazón del lector y que sientan y capten la esencia de tus letras. Genial, Carmen

  8. Aunque me duela, pues adoro la ingenuidad realista con la que hablas del día de ayer, no siento nostalgia del tiempo en que como tú vivia en la ignorancia y no era capaz de ver que lo del día del libro no es más que un escaparate ridículo de vividores y comerciantes de almas. Como con san valentín, estoy a favor de que se le reconozca a la lectura un día de homenaje. Mucho me temo que lo de ayer no fuese más que el día en que el librero consigue reflotar su negocio y los escritores alimentan su vanidad. Para mí el día del libro es todo el año, de ahí que nosotros regalemos libros todo el año. Así tendría que ser, ¿verdad?

  9. Bonita descripción de los sentimientos que provocan en el alma del lector, lo que el escritor relata en sus textos, y por supuesto el amor que suscita la literatua.
    El escritor escribe por que existe,sin ninguna duda, pero también en su fuero interno por que desea trascender.
    Enhorabuena por la maestria que demuestras en esta declaracion.

  10. Que buena pluma te traes Carmen. Me has puesto la piel de gallina. Espero y deseo que pronto tengas los dedos magullados y montones de bolígrafos secos de tinta a tu lado de tanto firmar ejemplares de tus libros. Mucha suerte

  11. Cuando alguien tiene la suerte de poder hacer aquello que ama y amar aquello que hace no hay límites ni barreras. Mucha suerte porque talento no te falta

  12. Pingback: Votar a los 16 « Demasiadas palabras

  13. Preciosas palabras que describen un sentimiento innato, una necesidad primigenia de expresar lo que bulle dentro de ti, me reconozco en tus palabras cada vez que me siento frente a frente con un autor (y ya son muchos), y siento nacer en mi esa sensacion.
    Enhorabuena un fuerte abrazo

    • Wow!! Muchísimas gracias, de verdad. Es un honor que me digas que te reconoces en mis palabras; es lo más maravilloso de escribir, poder emocionar a alguien. Gracias por comentar y ojalá vuelva a verte por aquí :)

  14. Maravilloso y evocador!!
    Me ha encantado, como siempre sabes encontrar las palabra exactas para describir lo inmaterial, siempre tan complicado.
    El texto es precioso!! enhorabuena!!!

  15. Te ha salido muy de dentro este texto, y eso se nota. Enhorabuena, te deseo que un día tú también estés ahí firmando libros!

  16. Me he identificado contigo muchísimo… esa forma de ver a un autor y soñar con hacer y conseguir lo que él hace y consigue, esos universos de palabras, de personajes, de vivencias. Por un momento he sido tú. Sólo me ha faltado tener el recuerdo de un Sant Jordi en Barcelona… algún día… algún día.

    • ¡Muchas gracias, Nina! Seguro que pronto te veremos sentada en uno de esos maravillosos stands llenos de libros y rosas firmando a destajo ejemplares de ‘¿Cómo que a qué huelen las nubes’?



Tu email no se mostrará


Recibir un email con los siguientes comentarios a esta entrada.
Recibir un email con cada nueva entrada.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR