07 feb

El milagro del librero

El otro día, de casualidad, descubrí una pequeña plaza oculta entre el vertiginoso enjambre de calles y avenidas de la ciudad. Una especie de oasis de paz en mitad del caos de la jungla de asfalto. El lugar invitaba a quedarse y así lo hice. Deambulé sin prisa observando la arquitectura regia de otra época, los plataneros perfectamente podados, la extrema pulcritud del pavimento, las terrazas de los gastrobares, dispuestas con orden y concierto. Observé también a los hombres que jugaban al dominó en tiempo detenido, a los que discutían de política sin alzar la voz entre trago y trago de una noble copa de jerez, a los espíritus solitarios que leían el periódico con los dedos manchados de tinta. Una señora arreglada como para ir a misa con la que me crucé deslizó la mirada hacia el cochecito del bebé y me dedicó una sonrisa de aprobación. Las perlas de su collar refractaban la luz del sol invernal y tuve que dirigir la vista hacia otro lado para no quedarme ciega -espero que la buena mujer no pensara que estaba siendo una maleducada-. Fue entonces cuando divisé una minúscula librería en uno de los laterales de la plaza apenas perceptible a primera vista. Movida por la curiosidad, me acerqué y eché un vistazo a través del cristal del escaparate. No había oído hablar en mi vida de ninguno de los libros allí expuestos y algo se encendió en mi cerebro, una especie de clic, como una detonación. Con pasos titubeantes, abrí la puerta y entré. La madera del suelo crujía bajo mis pies. Olía a cera para muebles y a libros nuevos, acaso el olor más agradable del mundo, después del de los crêpes de chocolate. Un tipo con pajarita y chaleco de franela se me acercó. Deduje que era el dueño porque no había nadie más en el establecimiento y porque tenía el clásico atractivo algo desfasado de los libreros. Me sonrió y me preguntó si podía ayudarme. No lo sé, puede?, respondí presa de una repentina necesidad de empatía. Usted tiene pinta de querer que la entiendan, me dijo con gran aplomo. Se dirigió a uno de los estantes y regresó al cabo con un libro en las manos. Diario de un ama de casa desquiciada, de Sue Kaufman. Será una broma, le espeté enarcando las cejas con consternación. Hagamos una cosa, repuso él sin perder la serenidad, llévese el libro y léalo. Si al terminarlo, siente que por fin alguien la entiende, vuelve y me lo paga. Si no, considérelo un regalo, aunque de todos modos me gustaría conocer su opinión. Reconozco que tuve ciertas reticencias al principio, pero acabé accediendo a la inusual petición de aquel hombre. Hoy, cuatro días después, debo volver a esa minúscula librería con olor a cera y suelo de madera que cruje para pagárselo. Yo no sabía que un librero fuese capaz de mirar a alguien a los ojos y determinar qué necesita leer para aplacar su aflicción. Pero ya ven, los milagros no sólo existen en la ficción.

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6 comentarios de “El milagro del librero

  1. Desde luego, manejas las letras como pocas.
    Y la ternura que desprende este pequeño relato me ha entusiasmado, tal vez porque el tema literario me toca de una manera especial.
    Qué bonito.

  2. Niña, con este relato, describes una secuencia de tiempo-espacio bella, personal e interesante. Tiene toda la pinta de ser uno de esos momentos del hoy que no permanecerán como una curiosa anécdota, sino que acabará convirtiéndose en uno de esos recuerdos que se almacenan en el espíritu a perpetuidad, unos de esos recuerdos con olor y sabor. Lo que más me sorprende de este fabuloso relato, luego de ese casual encuentro, es que, casualmente te hayas encontrado con ese sorprendente librero…



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