07 oct

El bloqueo

Odiaba escribir, pero adoraba haber escrito

Cuando terminó el capítulo, se sintió aliviado. Había pasado las últimas 136 horas sumergido en la escritura de lo que consideraba la parte más importante de la trama. Para entonces,  el mundo había dejado de existir, la barba le picaba de forma preocupante y los surcos bajo sus ojos habían adoptado el intenso tono oscuro del azabache. No tenía nada en la nevera, salvo una botella de vodka que se bebió a palo seco y sin contemplaciones.

Creyó que se lo merecía.

Después, se desplomó como un saco de patatas, balanceado por el sopor etílico, hasta que el sueño lo venció y se quedó dormido en el suelo, con un gesto de satisfacción dibujado en los labios entreabiertos.

Pero no siempre había sido así.

El escritor no solía dormir. Ni mucho menos, sentirse satisfecho.

 

136 horas antes

En el cuarto intento, pensó que era un fracasado.

Mucho antes de eso, había hecho lo que hacía cada mañana: Se había despertado en el lado izquierdo de la cama a las siete en punto; se había preparado un café americano con tres gotas y media de edulcorante; y se había fumado un pitillo en el balcón antes de sentarse frente al portátil.

Exactamente lo mismo que hacía cada mañana. Era un escritor de costumbres.

Pero aquella vez, aunque era igual a las otras, fue distinta.

Aquella vez, las palabras daban vueltas en sus dedos y se quedaban atoradas en las teclas. Las agujas del reloj corrían y el insistente parpadeo del cursor no hacía más que recordarle que la hoja seguía en blanco.

Primero inspiró.

Luego trató de darle sentido a aquel caos y se obligó a escribir una frase.

Dos frases.

Tres.

Cuando releyó aquello, le pareció dolorosamente absurdo y desprovisto de estilo. Así que lo borró y volvió a intentarlo.

Y en el cuarto intento, pensó que era un fracasado.

 

Miedo

Al principio, creyó que lloraba de rabia, pero después se dio cuenta de que estaba aterrado.

Se suponía que aquella era la parte más importante de la trama.

La parte en el que se mediría su talento.

Y sin embargo, no era capaz de escribir.

Porque no tenía talento.

O sí.

El problema era trasladar al papel lo que acontecía en su mente.

El olor.

El color.

El sabor de lo que acontecía en su mente.

No había palabras lo suficientemente precisas. O quizás sí, pero él no lograba encontrarlas. Y eso lo atormentaba, porque tenía miedo de ser mediocre.

Tenía miedo de contar lo mismo que ya habían contado otros.

Tenía miedo de no ser recordado.

Y como creyó que ya era demasiado tarde, decidió que no volvería a escribir jamás. Lloró mucho y mucho rato, como si le hubieran extirpado el alma.

Después, cuando hubo agotado todas las lágrimas, se sentó de nuevo frente al portátil y deslizó los dedos hacia el teclado.

Odiaba escribir, pero adoraba haber escrito.

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24 comentarios de “El bloqueo

  1. Carmen,
    Que sana envidia siento cada vez que te leo. Que facilidad para hilvanar ideas y pensamientos. No creo que sientas nunca el bloqueo del escritor. Solo tienes que dejar que tus dedos se muevan sobre el teclado.
    El bloqueo viene cuando se quiere escribir por obligación. Escribir debe ser siempre un íntimo placer, guste a los lectores o no. Claro… El problema surge cuando hay que pagar facturas a fin de mes :-), pero no renunciemos a nuestros sueños.
    TE FELICITO DE NUEVO.

  2. Un papel, una pantalla, una pared por salvar de la vulgaridad de tantas casualidades, de redundancias, de personajes repetidos, de palabras vacías de sentimientos. Y es ese el punto de inflexión el que marca la diferencia.
    Grande eres.

  3. Hermanita, te juro que te estoy escribiendo estas líneas a las 3’30 de la mañana, en un día lleno de intensidad, tras muchos otros más intensos y con un ritmo de trabajo al que no estaba, en absoluto, acostumbrado. Pero, ha valido la pena leer el fantástico, intenso y profundo relato sobre la creación, aun iría más lejos, sobre la soledad de la creación… Y, de éso, sólo unos poco podemos hablar. Por favor, sigue deleitándonos con tus maravillosas historias, que con el paso del tiempo, son cada vez mejores…

  4. Leí tu post, me gustó y me dispuse a escribirte algún comentario original. Pensé, repensé, escribí, reescribí, borré, reborré y no encontré nada original que decirte. Me decantaré por el clásico “felicidades” añadiendo: ¡Maldito post contagioso!

  5. La creatividad no tiene mapa. Sentirse perdido es una sensación aterradora.Hallar un camino soluciona el problema a corto plazo, a la vez que añade un peso más al reto de permanecer satisfecho y no defraudar. Gestionar ese vaivén es una cruz muy pesada.

  6. Buenas Carmen.

    Intuyo que esta ficción no estará tan ficcionada. El caso es que en este retal describes muy bien esos miedos que siente la gente que se desnuda ante un papel (o el portátil, como es el caso)

    Según mi experiencia, y lo que siempre he hablado con otros colegas, viene de esa tendencia, me atrevería a calificar de inevitable, de estar siempre juzgando el propio trabajo tanto desde uno mismo, como imaginando el juicio de los lectores.

    Yo creo que el escribir es un acto muy generoso de cara al prójimo y que adquiere mayor riqueza conforme el autor da más pureza, entrega el máximo número de gotas de su esencia, se expone más y es capaz de plasmar sin censuras ni miedos. Con lo cual, si uno supera el escollo de estar seguro de sí mismo, parece que podría ser un escollo salvable. Creo que precisamente en esta entrada se muestra esta idea, has regalado una parte de ti novelada y por eso el texto adquiere tanto valor. Gran trabajo!

    Un placer leerte!



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