19 Nov

Los malotes de novela

Los malotes.
Los gamberros.
Los tíos de alma atormentada que huelen a peligro a un kilómetro de distancia.
Los empotradores que tienen el súperpoder de hacer que se te caigan las bragas sólo con mirarte.
Los que te dicen “nena” con la voz ronca.
Eso está muy bien en la ficción, pero en la vida real lo que nos gusta a las mujeres son los hombres sencillos.
Accesibles.
La buena gente.
Sin poses ni pasados oscuros.
Que entenderlos no sea más complicado que completar el puto cubo de Rubik, por favor.
Que no haya que jugar a las adivinanzas.
¿Por qué no me contestas el puto mensaje si te has conectado a WhatsApp hace un minuto?
Ni a deshojar la margarita, que ya estamos todos creciditos, gracias.
Queremos versiones masculinas de nosotras mismas.
Hombres con capacidad de comprensión.
Con sentido del humor.
Buena conversación.
Tolerancia.
Civismo y educación.
Con las cosas claras.
Que actúen en consecuencia.
Capaces de darte mandanga de la buena y llorar al mismo tiempo.
O ¿qué pasa? ¿Que los héroes no lloran?
Que disfruten con las cosas pequeñas.
Que sueñen con las grandes.
Que compartan.
Que se abran y te abran.
Hombres normales.
Porque normalidad es igual a follabilidad.
Aquí y en la República China Popular.
Con tantos defectos como nosotras.
Porque de la perfección hay que desconfiar.
Y lo de la voz ronca, hacednos caso, nos la trae al pairo.

18 Oct

Una breve, brevísima, historia de amor

La noche cayó con rotundidad sobre la pequeña ciudad colonial. Se sentaron en la vieja escalinata de piedra de la plaza central, donde todo el mundo se congregaba tras la puesta de sol a escuchar a la banda. El bochorno se adhería a las pieles tostadas; la música y el ron exaltaban los ánimos. La gente era -o parecía- feliz. En aquella latitud, no existía el tiempo. Ni las prisas. Ni las obligaciones. No había un día de mañana al que rendirle cuentas. Empezaban a acostumbrarse a la sensación de ligereza que los acompañaba a todas partes desde su llegada. Aquello era, sencillamente, el paraíso, y como tal habría de ser recordado. De pronto, la bola de helado se desparramó sobre las piernas desnudas de ella y le manchó las sandalias. Él decidió ir a buscarle alguna otra cosa con la que mitigar el calor. No tardes, dijo ella. Se encontraban inmersos en esa etapa en la vida de toda pareja naciente en la que separarse constituye un auténtico ejercicio de fuerza de voluntad. Él respondió a su petición con un prometedor mordisco en el cuello y ella se estremeció. Después se marchó y ella siguió su figura bronceada con la mirada hasta que desapareció calle abajo. Un hombre ocupó inmediatamente el hueco que él había dejado en la escalinata. Carraspeó y se dirigió a ella. Me preguntaba si sería usted tan amable de prestarme sus anteojos un momento, para que pueda verla bien de cerca. Ella le devolvió una mirada de extrañeza y él se explicó. Verá, es que llevo meses juntando algo de plata para comprarme unos, pero todavía no me alcanza. Son muchas cosas, sabe usted, la vida está muy cara y uno a veces se ve en la obligación de escoger. O los anteojos o los frijoles. O ver o comer. El hombre le dispensó una sonrisa que se reveló sincera. Triste, pero sincera. Era ya mayor, pasada la cincuentena tal vez. La piel negra como el carbón, llena de surcos, el pelo ralo, del color de la nieve sucia. Era muy flaco y estaba algo jorobado. Le faltaba la mitad de los dientes y la otra mitad no tardaría mucho en despeñarse. Ella sintió pena y al punto aquel lugar dejó de parecerle tan idílico. ¿Y para qué quiere usted verme de cerca, caballero?, le preguntó ella, arqueadas las cejas y el aire incrédulo. Para tener la certeza de que es usted tan hermosa como de lejos, contestó él.

05 Oct

El final de una novela

El día que terminas de escribir una novela.
No importa si es la primera o la décima.
Y te sobreviene esa sensación como de haberte desnudado de todo.
Y un montón de imágenes de lo que han sido los últimos meses de tu vida se agolpan en tu cabeza como los fotogramas de una película.
Respiras.
Porque, a veces, has odiado la historia.
Pero no podías no contarla;
latía fuerte, muy fuerte en ti.
Hoy tienes más ojeras que ayer.
Más café deslizándose por la garganta.
Mantras para repetir.
Libros para recordar.
Y las lágrimas que derramas hoy son más serenas que las de ayer.
Cuando creías que cada letra de cada palabra de cada párrafo te acabaría fagocitando.
Porque has dado todo lo que tenías.
No importa si es la primera novela que terminas de escribir.
O la décima.

15 Sep

El lector

Volvía a casa de nuestro paseo matinal de rigor cuando reparé en aquel hombre. Tendría unos 60 años, 65 a lo sumo. La tez bronceada, sin tensiones aparentes, y un reciente divorcio del reloj manifiesto en su relajo corporal. Estaba sentado en un banco, solo, sin otra compañía que los rumores habituales de la vida urbana, aunque no parecía que le importara, y sus manos, llenas de historias, sostenían la cubierta de un libro abierto de par en par. Observé la expresión de su rostro mientras leía. La elevación de sus cejas. La conversión de sus labios en una fina línea. El parpadeo compulsivo. Estaba completamente absorto. Ajeno a cualquier otro mundo que existiera fuera de las páginas que acariciaban sus dedos. Entonces supe que esa historia lo había atrapado igual que un niño atrapa a una mariposa. Y pensé que hay cosas mágicas, muy mágicas, que sólo un libro es capaz de conseguir.

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