23 jul

La otra Barcelona

Me gusta la otra Barcelona.
La que suena como sonaban antes las ciudades.
A barrio.
Con el afilador.
Y el griterío del gitano que vende melones en un camión.
Con las risas de los chiquillos que juegan con sus pistolas de agua en la calle.
Y las cigarras de día.
Y los grillos de noche.
La Barcelona con acento en la e de extrarradio.
Que late rápido y late lento.
La siempre nostálgica.
La siempre rumbera.
La que no sale en Lonely Planet.
Esa es la otra Barcelona.
Mi Barcelona.
La que me gusta.

24 abr

Mis últimas tardes con Juan Marsé

Yo tendría 13 años; 14, a lo sumo. La señorita Alegre -la maestra de Lengua Castellana más antipática que se ha visto nunca- me había mandado castigada a la biblioteca como tantas otras veces. No recuerdo el motivo, aunque seguro que fue por cotorra, porque en aquella época, yo hablaba hasta en sueños. Allí siempre terminábamos los mismos: los rebeldes sin causa, los incomprendidos por el mundo, los que jugaban a ser mayores, los que tenían miedo de llegar a serlo y los que nos aburríamos en clase. A mí me gustaba mucho estar allí, a pesar de todo. En parte, porque me encantaba el olor de los libros viejos y las historias de otros lectores que me encontraba entre sus páginas amarillentas y ajadas. Y en parte -la menos poética, supongo-, porque detestaba las clases de la señorita Alegre y su obsesión enfermiza por el análisis gramatical de las oraciones subordinadas.

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07 oct

El bloqueo

Odiaba escribir, pero adoraba haber escrito

Cuando terminó el capítulo, se sintió aliviado. Había pasado las últimas 136 horas sumergido en la escritura de lo que consideraba la parte más importante de la trama. Para entonces,  el mundo había dejado de existir, la barba le picaba de forma preocupante y los surcos bajo sus ojos habían adoptado el intenso tono oscuro del azabache. No tenía nada en la nevera, salvo una botella de vodka que se bebió a palo seco y sin contemplaciones.

Creyó que se lo merecía.

Después, se desplomó como un saco de patatas, balanceado por el sopor etílico, hasta que el sueño lo venció y se quedó dormido en el suelo, con un gesto de satisfacción dibujado en los labios entreabiertos.

Pero no siempre había sido así.

El escritor no solía dormir. Ni mucho menos, sentirse satisfecho.

 

136 horas antes

En el cuarto intento, pensó que era un fracasado.

Mucho antes de eso, había hecho lo que hacía cada mañana: Se había despertado en el lado izquierdo de la cama a las siete en punto; se había preparado un café americano con tres gotas y media de edulcorante; y se había fumado un pitillo en el balcón antes de sentarse frente al portátil.

Exactamente lo mismo que hacía cada mañana. Era un escritor de costumbres.

Pero aquella vez, aunque era igual a las otras, fue distinta.

Aquella vez, las palabras daban vueltas en sus dedos y se quedaban atoradas en las teclas. Las agujas del reloj corrían y el insistente parpadeo del cursor no hacía más que recordarle que la hoja seguía en blanco.

Primero inspiró.

Luego trató de darle sentido a aquel caos y se obligó a escribir una frase.

Dos frases.

Tres.

Cuando releyó aquello, le pareció dolorosamente absurdo y desprovisto de estilo. Así que lo borró y volvió a intentarlo.

Y en el cuarto intento, pensó que era un fracasado.

 

Miedo

Al principio, creyó que lloraba de rabia, pero después se dio cuenta de que estaba aterrado.

Se suponía que aquella era la parte más importante de la trama.

La parte en el que se mediría su talento.

Y sin embargo, no era capaz de escribir.

Porque no tenía talento.

O sí.

El problema era trasladar al papel lo que acontecía en su mente.

El olor.

El color.

El sabor de lo que acontecía en su mente.

No había palabras lo suficientemente precisas. O quizás sí, pero él no lograba encontrarlas. Y eso lo atormentaba, porque tenía miedo de ser mediocre.

Tenía miedo de contar lo mismo que ya habían contado otros.

Tenía miedo de no ser recordado.

Y como creyó que ya era demasiado tarde, decidió que no volvería a escribir jamás. Lloró mucho y mucho rato, como si le hubieran extirpado el alma.

Después, cuando hubo agotado todas las lágrimas, se sentó de nuevo frente al portátil y deslizó los dedos hacia el teclado.

Odiaba escribir, pero adoraba haber escrito.

15 jul

Sherlock Holmes y el (in)comprensible panorama político español

-Me preocupa, Watson. Le noto un tanto taciturno y eso no es propio de usted. ¿Qué le ocurre?

Watson dobló el tabloide matinal por la mitad y lo lanzó de mala gana sobre la mesa.

-Qué observador es usted, Holmes -dijo tensando una sonrisa forzada pero efímera-. Lo cierto es que no dejo de darle vueltas a todo este asunto de las elecciones.

Sherlock negó con un gesto de la cabeza, recogió el periódico y lo depositó con sumo cuidado a los pies de su ajado sillón Chesterfield de piel oscura.

-No debería torturarse de esa manera, mi querido amigo. Afortunadamente, todavía quedan enigmas más interesantes por resolver que el panorama político español.

-Lo sé, lo sé. Lo que pasa es que… -se interrumpió para ponerse de pie-. Lo que pasa es que no consigo entender qué problema tienen los españoles -añadió, mesándose la barbilla.

-¿Quiere decir, además del desempleo, la corrupción, la crisis económica y la falta de transparencia democrática? -inquirió Sherlock en tono sarcástico.

-¿Ve? ¡A eso es a lo que me refiero, Holmes! -exclamó Watson señalándolo con el dedo índice. -No parece que a los españoles les preocupen mucho todas esas contrariedades, dadas las circunstancias.

-Permítame, Watson -replicó Sherlock alzando la mano-. Hay un ligero error de precisión semántica en su afirmación que voy a tomarme la libertad de corregir ahora mismo. No es que a los que los españoles no les importen “mucho” todas esas contrariedades; es que no les importan en absoluto. -matizó.

-¿Y a usted le parece normal? -preguntó Watson volteando las palmas de las manos hacia arriba.

-Normal o no, es un hecho constatado, a juzgar por los resultados del 26J. ¿Quiere una taza de té? -Se inclinó ligeramente sobre la mesa, destapó la tetera y agitó con suavidad las dos bolsitas de Earl Grey que la señora Hudson había sumergido previamente en ella.

-¡¿Pero cómo puede usted pensar en tomar té, Holmes?! -voceó Watson. Había comenzado a caminar hacia un lado y otro de la estancia de forma prácticamente mecánica.- ¿Acaso no le perturba esta situación? ¿Acaso no le extraña?

-Lo que me extraña es que le extrañe a usted, Watson -respondió Sherlock impertérrito, mientras vertía el agua burbujeante en el interior de una de las tazas. Después se la tendió a su compañero, haciendo caso omiso de su negativa anterior. -Tome, bébaselo, ¿quiere? Las cosas suelen verse mejor acompañadas de un té. Sobre todo, si es tan delicioso como éste.

Watson puso los ojos en blanco y cogió la taza.

-Lo que usted diga -masculló.

-Deje que le haga una pregunta muy sencilla, Watson. ¿De qué se sorprende?

-¿Que de qué me sorprendo? -repitió Watson con gesto sorprendido. -Tal vez de que la sociedad española sea tan poco patriótica.

-Vaya- Sherlock frunció los labios-. Esa sí es una afirmación contundente.

-Bueno, ¿y qué espera que diga, Holmes? Sólo un pueblo que se desprecia a sí mismo es capaz de otorgar el poder, una y otra vez -remarcó abriendo los ojos con amplitud-, a una banda de delincuentes en potencia cuya máxima preocupación es asegurarse la jubilación en alguna multinacional de turno.

-No piense con el corazón, Watson. Piense con la cabeza. El español es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. ¿Y sabe por qué?

Watson suspiró profundamente y se dejó caer sobre el sofá.

-Adelante, ilumíneme Holmes. Yo ya no sé qué demonios pensar.

-Mi querido Watson -dijo Sherlock con una sonrisa inusualmente cándida. -Reconozco que su ingenuidad me conmueve. No obstante, deje que le diga que es intolerable que alguien tan instruido como usted se sorprenda ante una evidencia de tales magnitudes.

-Haga el favor de hablar claro de una vez, Holmes. Su tendencia a la divagación me resulta importuna. -sentenció Watson con un tono que indicaba una total e inminente pérdida de la paciencia.

-¡Santo Cielo! -exclamó Sherlock incorporándose de un bote. -¿Es que no lo ve? ¿Pero de verdad se creía usted que iba a cambiar algo? ¿De verdad pensaba que unas elecciones, unas simples elecciones, bastarían para corregir a un pueblo que usted mismo califica, y con razón, de poco patriota? ¿Es que todavía no se ha dado cuenta de que ese mismo pueblo carece de la cultura democrática necesaria, porque vive instalado en el sopor al que lo han condenado los poderes fácticos?

-Pero las encuestas decían… -balbuceó Watson.

-¡Paparruchas! No me diga que no ha oído usted hablar de la “cocina”.

Watson tensó su cuerpo y en su rostro se dibujó una repentina mueca de horror.

-¿Está usted insinuando que las encuestas previas a las elecciones fueron manipuladas, Holmes? -preguntó, luego de llevarse la mano a la boca.

Sherlock encadenó unos cuantos chasquidos de lengua.

-Francamente, Watson, me decepciona usted. ¿Debo ser yo quién le recuerde que en España toda, absolutamente toda la información proveniente de cualquier medio de comunicación convencional se encuentra bajo sospecha de secuestro, tergiversación o falseamiento?

-Sí, pero, en cualquier caso, ¿al interés de quién se supone que responden unos sondeos tan alejados del resultado final? A no ser que… ¡Un momento! -El rostro se le iluminó de repente, como si una lámpara se hubiera encendido sobre su cabeza- A no ser que la intención de voto haya sido deliberadamente maquillada por los medios del establishment para movilizar a todos esos indecisos entre los que la campaña del miedo no había cuajado todavía. ¡Claaaaaro!

Sherlock esbozó una sonrisa cínica y comenzó a aplaudir con deliberada lentitud.

-¡Bravo, Watson! ¿Lo ve? No era tan difícil llegar a esa conclusión. Ahora ya lo sabe: Los españoles no tienen remedio, así que no me haga perder más tiempo con asuntos de poca relevancia. ¿Otro té?

07 jul

Una puta. Tercera parte

No entendí lo que dijo, pero a juzgar por la furia con la que había lanzado el móvil contra el lavamanos, deduje que se trataba de alguna palabra gruesa en su lengua materna.

-¿Qué ocurre? -pregunté contemplando atónita la pantalla resquebrajada por el impacto.

¡Es tersera ves en mes que cliente hijo de puta cansela servisio! ¡Estoy harta! ¡Harta! 

-¿Te han cancelado el servicio? ¿Y por qué? -quise saber.

¡Ay, mujer! ¿Por qué va a ser? -dijo haciendo aspavientos, con un tono que parecía dar por sentado que yo ya debía saberlo. –¿No ves que ya no soy ninguna ninia? Tengo 33 anios; estoy vieja para gusto de hombres que contratan putas de lujo –se lamentó con acritud.

La miré con perplejidad y tuve que contener las ganas de soltar uno de esos sonoros resuellos de indignación que se me escapan a veces.

¿Vieja?

Por lo visto, también hay putas de primera y de segunda.

Qué cruel puede llegar a ser a veces el mundo.

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