18 mar

Con dos cojones

N punto E punto es una alumna de la academia privada CTO Medicina de Barcelona. Como cada jueves, N punto E punto ha asistido a su clase de Dermatología con el profesor A punto B punto D punto, residente de dicha especialidad en el Hospital Clínico, se ha sentado en un pupitre en segunda fila y ha abierto su libreta de apuntes.

-Hoy vamos a comparar dos tipos de glándulas, y para ello, os he preparado un interesantísimo ejercicio mnemotécnico -ha dicho el profesor. Qué bien, esto promete, ha pensado N punto E punto, acusando el hartazgo de los interminables e insípidos Power Points tan habituales en su carrera. Sin embargo, algo en la presentación la ha molestado profundamente, y se ha visto en la obligación ciudadana de compartirlo a tiempo real en todas sus redes sociales.

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22 feb

Bienvenidos a la era de la mediocridad humana

Bienvenidos a la era de la tecnología ilimitada, del 5G, de los drones que entregan pizza a domicilio, de las tazas de café que levitan, de las apps que predicen cuándo echarás tu próximo polvo. La era de los gurús de vaqueros y camiseta, como Mark Zuckerberg, cuya camiseta, por cierto, está hecha en Bangladesh, donde por cierto, se cobra el salario mínimo más mínimo del mundo (0,25 euros la hora), mientras él, el tal Zuckerberg, se embolsa lo mismo pero multiplicado por infinito al cubo por convencernos en ese escaparte de capitalismo desbocado llamado Mobile World Congress de que el móvil lo es todo.

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25 ene

15 cosas que no molan nada (pero nada, nada) del trabajo

    1. El lunes.  Uff, el lunes. El lunes es el día chungo de la semana por antonomasia. Es tan chungo, pero tan chungo, que todavía no entiendo cómo es que no lo marcan en rojo en el calendario en vez del domingo. El lunes siempre estás de mala leche. Y es lógico. A nadie le hace gracia volver a la cruda realidad de los e-mails sin responder, las broncas del energúmeno de tu jefe o esas presentaciones que nunca acaban de estar bien, después de haber estado dos días tirado a la bartola.
    2. El metro en hora punta. Todo un clásico. Debería haber ya una ley que prohibiera semejante atentado contra los sentidos. El niñato swager de turno oyendo su Ya tu sabe’ mamita a toda ostia en el móvil; esos jubilados que compiten en voz alta -tan alta que parece que se hayan tragado un altavoz, los jodíos– por ver cuál de los dos tiene más achaques, la choni ultra maquillada y ultra perfumada que masca chicle como si hiciera algún tipo de ejercicio antiaging, el rifugiato della Rumania y su coñazo de acordeón, las universitarias de primero y sus risitas a lo “jo tía tía jo,  es que no he estudiado pero nada, nada, nada”, o ese comercial motivado que empieza la ronda de llamadas de su jornada en el metro, con ese mítico monólogo “¿Me oye, señor Sánchez? ¿Señor Sánchez? ¿Me oye? ¿No me oye?”. ¡No, no te oye soplapollas! ¿No ves que estás en el metro y no hay cobertura?
    3. El café de la máquina del curro. Supongo que lo de llamarlo café es una especie de pacto tácito que hemos asumido entre todos, porque ‘Dame-veneno-que-quiero-morir’ ya estaba pillado por Los Chunguitos.
    4. Que en tu trabajo tengan capado el Facebook y el Twitter. Un auténtico drama, vamos. No porque eso signifique que no puedas entrar en todo el día a ver cuántos de tus amigos le han dado Like o RT a las chorradas que te dedicas a postear. Sino porque si quieres estar al tanto de todo lo que se cuece en las redes -y tienes la obligación de hacerlo o serás un looser- vas a tener que conectarte desde tu móvil, así que prepárate para fundirte los datos antes de que se haya acabado la primera quincena del mes.
    5. Que tu jefe te añada al Facebook. NO, NO, NO. Bajo ningún concepto puedes tener a tu jefe agregado a tu Facebook. Tu jefe no es tu amigo. Tu jefe es ese cabrón que finge que te paga mientras tú finges que trabajas. No quieres compartir con él las fotos de la bochornosa borrachera del sábado en las que algún monger con menos luces que una lancha de contrabando te ha etiquetado. Ni quieres que sepa que hace 5 años fuiste gótica; hace 4, rapera; hace 3, mormona; hace 2, hipster, y ahora, su empleada.
    6. Que tu jefe esté descaradamente bueno. La peor de las tragedias, sin duda alguna. Desde ya te aconsejo que rechaces trabajar en empresas en las que el jefe tenga mejor físico que un actor de Hollywood, porque la cantidad de horas que vas a pasar mirándolo embobada es inversamente proporcional a la cantidad de horas que vas a currar de verdad. Y no hace falta que te diga que a las niñas vagas las acaban enviando derechitas a la cola del INEM, ¿verdad?
    7. Las cenas de empresa, sobre todo las que se alargan hasta altas horas de la madrugada. Madre mía, qué peligro. ¿Sabes la cantidad de verdades de las que luego me he arrepentido he soltado yo por culpa de la hiperemotividad etílica? Que sí, que es muy fácil venirse arriba en estos saraos y al tercer gin tonic soltarle a tu jefe una burrada como que no es más que un puto negrero, ahí con toda la confianza del mundo. O el peor escenario de todos. Que acabes tan bolinga que te enrolles con el más pazguato de tus compañeros delante de media empresa. Entre la resaca y la vergüenza, al día siguiente no tienes huevos de presentarte al trabajo, te lo digo yo.
    8. La clásica figura de “el trepa”. Ya sabes, ese enchufado que es el primo de la tía de la sobrina del abuelo de la mujer del jefe, al que, para mayor irritación, tienes que poner siempre buena cara porque es un asqueroso topo corre-ve-y-dile. Por desgracia, estos especímenes abundan en las empresas, tanto en su versión femenina como en la masculina, y son fácilmente reconocibles por una inutilidad integral que extrañamente los lleva a ascender mucho más rápido -y a mejor precio- que tú.
    9. Los motivados plastas que hablan de trabajo fuera del trabajo, cuando a estas alturas de la vida todo el mundo ya debería saber que fuera del trabajo sólo está permitido hablar de trabajo si es para rajar del personal.
    10. Esos minutos de postureo y obligado cumplimiento al acabar la jornada para que luego nadie pueda acusarte con resquemor de aquello tan español de “Vaya jeta que tiene el Fulanito; todos los días se le cae el lápiz a las 6 en punto.”
    11. Que el puto Windows -porque no tiene otro calificativo- se ponga a actualizarse precisamente a la hora de darse el piro. La mala leche que me entra a mí con el dichoso mensajito ese de “2 actualizaciones completadas de 358 restantes”, oye.
    12. Esas llamadas telefónicas extemporáneas a las que tu jefe es un gran aficionado, del tipo “Tengo un problema y tienes que venir a resolverlo ahora mismo. No me importa que estés de luna de miel en Honolulú; móntatelo como quieras, pero esto tiene que estar solucionado para ayer”. Nótese que el tono que suele acompañar a estas llamadas S.O.S. es de urgencia extrema nivel riesgo de alerta nuclear. Porque sí, porque en el trabajo, todo, pero absolutamente todo, es urgente.
    13. Que el mamón de tu jefe le pague al cliente una mariscada muchimillonaria en el Botafumeiro, pero que luego te venga lloriqueando con que no tiene ni un puto duro si le pides que te suba aunque sea el triste IPC.
    14. Los guays que lo dicen todo en inglés porque es más cool y más pro. Esos no van a reuniones, van a meetings. Ni preparan diapositivas, sino slides. Y esperan que te sientas free para darles un feedback de su report , a poder ser respetando el timing, porque, For Your Information, el Product Manager ya les ha dicho en el loop del mail que la deadline es inamovible. T’anterao? Pues yo tampoco.
    15. Proactividad, competitividad, rentabilidad y otras muchas “idades” que se repiten 200 veces a diario en el trabajo. Términos muy del post-modernismo laboral ese de “Siéntete en la empresa como en tu casa”, pero que en realidad significan –y por ese orden- “O te pones a currar en serio, o te echo a la puta calle, que hay muchos como tú, y tú me estás costando una pasta”.

 

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