18 Mar

Vivir después de la muerte

Me extrañó cruzármela en el ascensor. No era una persona que se prodigara en demasía, así que rara vez coincidíamos. Le pregunté cómo estaba por pura cortesía, sin esperar nada más que el habitual “Tirando” con voz lastimera de las últimas veces. Sabía que su marido había muerto hacía unos meses, pero no me atreví a decir nada; nunca me ha gustado ahondar en la tristeza ajena. He estado muy jodida, me confesó, se confesó. Pero resulta que la vida sigue. La observé detenidamente. Se había teñido el pelo de un color que, sin ir a la moda, le otorgaba otro brillo a su rostro, lejos de la tétrica tonalidad apagada del ocaso de los días. Llevaba gafas nuevas, más grandes, como si ahora, a diferencia de antes, no quisiera perder de vista nada de lo que acontece día tras día. Su ropa era elástica y deportiva. Y yo que la creía marchita incluso antes de la muerte de su marido, pensé sorprendida. He estado medicándome, dijo. Pero, ¿sabes qué? Ninguna pastilla me va a devolver lo que la vida me ha arrebatado. Después, me vinieron a la mente las palabras que me dijo un psiquiatra una vez y que jamás he podido olvidar:
“Te garantizo que la única medicina eficaz contra la melancolía no es química”.
No, claro que no.
El pelo teñido, las gafas nuevas, la ropa elástica de esa nueva mujer que había nacido después del luto eran la medicina.
Su actitud vital era la medicina.

12 Mar

Infancia perdida, infancia recuperada

Hoy me he reencontrado con una persona que fue muy importante en mi infancia.
Mejor dicho.
La vida nos ha reencontrado a nosotras.
Cómo no iba a acordarme de ti, si fuiste mi primera amiga, me ha dicho al abordarla.
Y a mí se me ha llenado el corazón de plastilina.
La misma con la que nos ensuciábamos las manos a los tres años.
Cuando ni siquiera sospechábamos lo que había más allá de la cancela del patio del parvulario.
Porque nuestro mundo se sustentaba sobre la base de un cuento con final feliz.
Éramos unas niñas.
Yo, tu primera amiga.
Tú, la mía también.
Luego la vida nos marcó caminos separados.
Nos convertimos en adultas.
Se rompió la plastilina.
Ah, el paso del tiempo.
El jodido e ineluctable paso del tiempo.
Pero el destino.
O yo qué sé.
Ha querido obsequiarnos con una intersección.
Para que dos primeras amigas.
Tú y yo.
Podamos reconectar nuestros mundos un momento.
Y así ha sido.
Nos separa un océano.
Uno o dos o tres husos horarios.
Una vida de ausencias.
De no haber sido testigo de tu primer beso.
De cuando me licencié en la universidad.
De las frustraciones y los quebraderos de cabeza de la vida adulta.
De tu maternidad.
De mi maternidad.
Pero, sabes qué?
Nada de eso cuenta.
Porque hoy.
Sí, hoy.
A mis ojos.
Seguíamos siendo esas niñas que jugaban con plastilina.
Estábamos allí.
En el parvulario.
Tan pequeñas y risueñas que no parecíamos nosotras.
Pero lo éramos.
Y por un instante.
Todo ha sido como fue alguna vez llamada infancia.
Simplemente perfecto.

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