18 Dic

Laura

Quiero ser libre.
Poder caminar por la calle tranquila.
De día o de noche.
Lleve la ropa que lleve.
Sin tener que mirar hacia un lado y otro.
Estudiando las posibilidades que tengo de escapar en el hipotético caso de.
Sin estar constantemente vigilándome las espaldas.
Desconfiando de cada mirada masculina que me acecha.
De cada paso.
De cada sombra.
Con los dedos en tensión sobre el teléfono.
Y la garganta lista para gritar.
Me quiero viva, sí.
Pero sin miedo.
Señores, esto no va de protección.
Va de educación.
De justicia.
Entiendan que el machismo mata
y la impunidad remata.
Y por eso, tú.
Yo.
Ella.
Nosotras.
Tenemos miedo.
Pero ¿qué clase de sociedad enferma es esta que permite que las mujeres sean maltratadas, ultrajadas y asesinadas?
¿Qué mensaje estamos dando a nuestros hijos?
Hoy han matado a Laura.
Ellos dicen porque salió a correr sola.
Yo digo cuando salió a correr sola.
Podría haber sido yo.
Y aunque tengo miedo.
Me niego a encerrarme.

10 Dic

Una comedia nocturna y maternal

Basado en hechos reales.

Me despertó un intenso olor a agrio. Al principio, traté de resistirme a abrir los ojos, pero el hedor, que aleteaba junto a mis fosas nasales con la persistencia de un insecto, me obligó a hacerlo. Madre mía, pero qué peste, pensé. A tientas, busqué el móvil y comprobé la hora. Las cinco. Él dormía plácidamente en el lado derecho de la cama, con un ligero tembleque en el párpado y la almohada agarrada por debajo, ajeno a todo como de costumbre. Junto a su cuerpo húmedo de calima, el bebé pataleaba con decisión sobre el arrullo, como si hiciera aspavientos. Te has hecho caca, ¿a que sí?, pregunté en voz baja sin esperar respuesta alguna. Vale, pero no hagas ruido, ¿eh?, que papá tiene que levantarse en una hora, dije, una vez más para mí misma. Me incorporé entre suspiros que se confundían con bostezos, cogí al bebé en brazos y me deslicé a su habitación con la misma habilidad de un ninja en plena noche. La lámpara del techo hacía ruido. A ver si tu padre arregla eso de una vez, mascullé mientras desvestía al pequeño con los ojos aún medio pegados. Luego, cuando abrí el pañal y retiré sus piernecitas, no pude evitar que se despegaran de golpe. Pero hijo mío, ¿tú qué es lo que comes para cagar así? ¡Qué barbaridad!, exclamé al dar cuenta del pastel, de unas dimensiones y un espesor inéditos hasta el momento. Fueron necesarias tres toallitas para neutralizar semejante bomba radioactiva. Las tres últimas que quedaban, para ser exactos. Y menos mal, me dije, porque a estas horas se iba a poner a lavarte el culo con agua y jabón Rita la Cantaora. Pero el karma. Ay, el karma. Acababa de ajustarle al bebé el adhesivo izquierdo del pañal limpio, cuando de repente, un ruido como de piedras que se despeñaban colina abajo me puso frente a la cruda realidad: el jodío se había vuelto a cagar. Y encima no me quedaban toallitas. ¡Joder! De nuevo, cargué al bebé en brazos y, a oscuras me dirigí al baño para llenar su cubito de agua. Pero, como por lo visto, había sobreestimado mis habilidades como ninja, tropecé y se me derramó la mitad. ¡Joder! De nuevo en su cuarto, dejé al bebé sobre el cambiador, le desabroché el pijamita, le quité el pañal sucio y tal como me di la vuelta para coger uno limpio, oí otro ruido. Esta vez, como de arroyo discurriendo por una ladera. O de pipi discurriendo por un cambiador y cayendo en cascada hacia el suelo, que también. ¡Joder, joder y joder! ¿Se podía tener peor suerte?

Y a todo esto, papá sin inmutarse. Puta vida…

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