26 Sep

Del fundamental respeto por las lenguas

Muchos sabéis que durante una época de mi vida, viví en Euskadi, para mí uno de los lugares más hermosos y acogedores del mundo. Y eso que conozco unos cuantos. Lo que supongo que no todos sabréis es que durante ese período intenté aprender euskera. Lo básico para poder comunicarme aquí y allí; lo suficiente para mostrar mi respeto hacia la tierra que me estaba cobijando por aquel entonces. Algún que otro obtuso de miras me acusó de estar perdiendo el tiempo. Pero cómo se te ocurre molestarte en aprender la lengua esa de caseríos y tabernas pudiendo hablar el castellano?, clamaba con indignación el cerrado en cuestión. Por la misma razón por la que nunca se me ocurriría irme a vivir a Suecia y no aprender el sueco, oiga. Ojalá hubiera aprendido mucho más euskera y hoy pudiese hablarlo de forma fluida. Igual que esos amigos de Marruecos, Brasil, Italia, Inglaterra o Rusia que viven en Barcelona y hablan catalán a la perfección. Porque una lengua siempre suma.
Nunca jamás resta.

15 Sep

El lector

Volvía a casa de nuestro paseo matinal de rigor cuando reparé en aquel hombre. Tendría unos 60 años, 65 a lo sumo. La tez bronceada, sin tensiones aparentes, y un reciente divorcio del reloj manifiesto en su relajo corporal. Estaba sentado en un banco, solo, sin otra compañía que los rumores habituales de la vida urbana, aunque no parecía que le importara, y sus manos, llenas de historias, sostenían la cubierta de un libro abierto de par en par. Observé la expresión de su rostro mientras leía. La elevación de sus cejas. La conversión de sus labios en una fina línea. El parpadeo compulsivo. Estaba completamente absorto. Ajeno a cualquier otro mundo que existiera fuera de las páginas que acariciaban sus dedos. Entonces supe que esa historia lo había atrapado igual que un niño atrapa a una mariposa. Y pensé que hay cosas mágicas, muy mágicas, que sólo un libro es capaz de conseguir.

06 Sep

Arbeit macht frei

No tendría que haberme puesto estas sandalias, pensé; hay barro por todas partes.
Había estado lloviendo sin tregua durante las últimas horas. El lodo y la niebla acrecentaban el aspecto lúgubre de aquel lugar. Ciertamente, el clima no acompañaba. Estábamos en pleno agosto, pero la sensación térmica era de noviembre para adelante. Miré al cielo. Los cúmulos de color gris plomizo sin duda presagiaban más agua. Con pasos titubeantes, me acerqué a la entrada. En la parte superior de la vieja cancela que separaba este mundo de aquel podía leerse la inscripción “Arbeit macht frei”. El trabajo os hará libres. Me estremecí. Después tomé aliento y traspasé la puerta. A partir de ese momento, comencé a verlo todo en blanco y negro. En uno de los barracones que todavía quedaban en pie, permanecía intacto tras una vitrina el mejor resumen de lo que había sido el holocausto. Allí se conservaban toneladas de zapatos desparejados. Toneladas de maletas con las direcciones de sus dueños escritas en letra grande en uno de sus lados, acaso esperando ser devueltas a su destino cuando aquello terminase. Toneladas de pelo humano. Toneladas de botones para uniformes militares hechos con piel humana. Toneladas de pijamas a rayas. Y junto a todas aquellas toneladas de horror, millones de fotografías del mismo rostro, una y otra vez. Cabeza rapada. Pómulos huesudos. Cuencas de los ojos hundidas. Malnutrición severa. Mirada perdida. Sueños rotos. Y un número tatuado en el antebrazo. Quizás, lo que más me impactó. Después, en otro barracón, las literas donde los internos se hacinaban a montones junto a las letrinas infectas y las ratas, compartían el último mendrugo de pan rancio entre las mantas raídas y se preguntaban por qué el 2.267 no había vuelto todavía de la ducha. Y más allá, las celdas de castigo, como si estar en un sitio como aquel no fuera un castigo en sí mismo. Habitáculos minúsculos y sombríos por donde calaba el frío invernal en días mucho peores que ese. Me miré las sandalias y al punto tuve ganas de vomitar. Pero retuve la náusea en mi estómago; aún no había visto lo peor. Me quedaba el último barracón, del que jamás regresarían sin saberlo. Las cámaras por cuyas paredes penetraba el mortífero zyklon b que los aniquilaba. Y en la sala aneja, un horno crematorio. En ese punto, tuve que salir al exterior; el olor a muerte allí dentro se me hizo irrespirable. Fuera, observé los raíles de tren que partían el campo de concentración en dos y no pude evitar pensar en todas las personas que habrían pisado aquella misma tierra que se hundía bajo mis sandalias. Sobre todo, pensé en el millón y pico de personas que no pudieron contarlo. Judíos. Homosexuales. Liberales. Diferentes. Y una vez más, miré la inscripción de la vieja cancela de hierro. No es el trabajo lo que nos hará libres, me dije. Es la Historia.

*Auschwitz-Birkenau no sólo fue el mayor campo de concentración y exterminio nazi, sino también el más letal: más de un millón de personas fueron asesinadas tras aquellas alambradas.

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