22 Ago

Imagina que fueras un inmigrante

Imagina que vivieras en un país en guerra.
Que han matado a machetazos a tu familia.
A tus vecinos.
A tus amigos.
Que cuelgan a los disidentes políticos del árbol más cercano.
Que no hay trabajo.
Ni prosperidad.
No hay futuro.
Porque no tienes nada que llevarte a la boca.
Eres pobre.
Y eres negro.
No tienes libertad.
Todo lo que tienes es coltán.
Níquel.
Oro.
Crudo.
Y ni siquiera te pertenece.
Porque les pertenece a ellos.
Ellos son blancos.
Y tienes un hoy, porque el mañana en tu país no existe, es incierto.
Imagina ahora que te dicen.
Que te explican.
Que te cuentan con los ojos muy abiertos.
Que, en un lugar remoto, hay libertad.
Dinero.
Comida.
Futuro.
Trabajo.
Paz.
Tú qué harías?
Te irías.
Hervirías por dentro y te irías.
A pesar de los riesgos.
Del largo viaje.
Y de los muros de los dueños blancos del coltán.
Seguro que no perderías la esperanza.
Aunque te quedaras por el camino.
Convertido en polvo y huesos.
Porque en tu oídos seguiría resonando con fuerza una palabra.
Vida.

06 Ago

La esclavitud estival del cuerpo

Este verano, luce silueta por fin.

Cada vez que paso por delante de un gimnasio, un centro de estética o una tienda de productos dietéticos y veo uno de esos jodidos carteles reclamo, me entran ganas de atiborrarme a donuts. Pero por joder a los evangelizadores de la belleza, básicamente. No sé vosotras, pero yo estoy harta de que se manipule la imagen de las mujeres con pretextos tan absurdos como la salud o esa palabra tan de moda ahora, wellness, porque es mentira. La cosa no va de salud. Va de etiquetarnos, como siempre. Y no. No hay que tener curvas para ser una mujer de verdad, ni caber en una talla 34 para sentir que no le debemos nada al mundo. No se trata de eso. La auténtica feminidad no tiene nada que ver con la forma de nuestros cuerpos, por muchos siglos que nos lo lleven vendiendo así. La feminidad va de comprensión, de las redes que sólo nosotras sabemos tejer, de sororidad, de fuerza. Y los cánones estéticos de los que todas somos/hemos sido víctimas, un envoltorio bonito, pero falaz, efímero, debilitante, aprisionador. No tenemos por qué pedir perdón por el cuerpo que la naturaleza y la genética nos han otorgado. Gruesas o delgadas, qué más da si parece que siempre va a ser demasiado, que nunca va a ser suficiente. Yo sin ir más lejos, bailo entre la talla 40 y la 42. Tengo cartucheras. El culo redondo como una plaza de toros. Unos muslos que se rozan constantemente cuando camino en pantalón corto. Y ni os cuento qué tetas se me han puesto desde que soy mamá. Y qué? Acaso estoy condenada al ostracismo por ello? Acaso se creen en los gimnasios, los centros de estética o las tiendas de productos dietéticos que voy a salir de mi casa envuelta en un burka? Que me voy a negar a mí misma el placer de sentir en mi piel las olas del mar este y todos los veranos que tengo por delante? Luce silueta una mierda. Yo no quiero lucir silueta. Quiero vivir la vida sin complejos que para eso es de un solo uso. En verano y en invierno.

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