27 Abr

Educación anti manadas

Tengo un hijo pequeño.
Cuando sea un adolescente, probablemente beberá alcohol los fines de semana.
Quizá hasta se fume un porro o dos.
Querrá tatuarse.
Teñirse el pelo de azul.
Agujerearse las cejas.
Llevar la ropa raída porque eso es lo cool.
Tal vez escuche esa bazofia llamada trap que algunos se empeñan en catalogar como música.
No lo sé.
Pero la verdad es que nada de todo esto me importa.
Porque en la adolescencia, lo natural, es buscarse a uno mismo sin encontrarse.
Yo no voy a decirle a mi hijo quién tiene que ser.
Yo lo que voy a hacer es educarlo.
Educarlo para que, fundamentalmente, sea una buena persona.
No un abusón.
Ni un matón.
O un maltratador.
Para que no utilice nunca el poder de su condición masculina para atemorizar ni hacer daño a una mujer.
Ni vejarla.
Ningunearla.
O despreciarla.
No quiero que mi hijo forme parte nunca de ninguna manada.
Ni quiero que ninguna mujer tenga que correr si se encuentra a mi hijo sola por la calle de noche.
Y quiero que entienda que, el día de mañana, cuando esté con una mujer, o un hombre, me da igual, todo vale mientras haya respeto mutuo.
Consentimiento.
Lo que no vale es dar por hecho que.
Si me ha dejado que la bese, entonces querrá que le meta la mano dentro de las bragas.
Si me ha dejado que le meta la mano, ya no hay marcha atrás.
Pero siempre la hay.
Siempre hay marcha atrás.
Se llama educación.
Se llama respeto.
Y se llama igualdad.
Madres y padres del mundo.
Dejemos de educar a nuestras hijas para que se protejan.
Empecemos a educar a nuestros hijos para que no las agredan.
Enseñémosles que la piel no es un pasaporte hacia ninguna parte.
Eduquemos a personas.
No a monstruos.

20 Abr

Moraleja japonesa

Sin duda, aquella era la línea ferroviaria más larga de la región de Kansai. El trayecto comenzaba en la prefectura de Wakayama y terminaba dos horas y cuarenta y cinco minutos después en la estación central de Kyoto. Una duración que los japoneses calificaban con candor como meras cercanías, pero que resultaba insufrible para la mayoría de occidentales. Yo me había subido en Nara. Entonces el tren todavía iba relativamente vacío. Apenas unos pocos turistas norteamericanos que, como yo, volvían de visitar la ciudad de los ciervos sagrados. El vagón se fue llenando poco a poco y al llegar a Osaka, ya no cabía ni un alfiler. Saben lo que sucede en un tren abarrotado? El aire se permeabiliza de efluvios, se mezclan los perfumes, los alientos y los sudores, las pieles se rozan, los gritos ajenos invaden los oídos propios, los cuerpos chocan por la inercia del movimiento. Es realmente desagradable. Pero en Japón eso no pasa. Nunca. Porque invadir el espacio personal de uno se considera una verdadera afrenta. Y por eso, no era de extrañar que en un tren como aquel, que cubría prácticamente la distancia entre cinco prefecturas, nadie estableciera contacto visual con nadie. Ni que nadie rozara siquiera a nadie. Ni mucho menos, que nadie tuviera que soportar el olor corporal de nadie. Tal vez por eso, porque todo el mundo estaba demasiado concentrado en su propio espacio, la presencia de aquella pobre mujer pasó desapercibida. Era diminuta. Y tenía los ojos diminutos. Tanto que había que mirarla un par de veces a la cara para tener la certeza de que estaban allí. Si hubiese tenido que adivinar su edad, habría dicho que por los menos rondaba los cien años. Vestía un kimono oscuro de algodón y llevaba el pelo recogido en un moño a la altura de la nuca. Sin ornamentos de ninguna clase. No quiero que piensen que frivolizo, pero en aquel momento me recordó a algún personaje de esas series de animación nipona que me acompañaron cada tarde durante mi ya lejana infancia. La pobre mujer trataba de hacerse paso como podía entre la multitud, sosteniéndose a duras penas sobre un viejo cayado de bambú. Le temblaban las piernas y arrastraba los pies de forma lastimera. Aun así, era invisible. Nadie la miró. Nadie se compadeció de ella. Nadie quería ver su espacio invadido por una centenaria abuela de ropas raídas y huesos frágiles. Entonces, me levanté y le ofrecí mi asiento. Ella lo declinó con una amabilidad difícil de encajar pero yo insistí hasta que conseguí que se sentara. La pobre no dejaba de encorvarse en reverencias de agradecimiento y yo enrojecí de vergüenza. Al poco rato, el tren se detuvo en su parada. Después de una eternidad, se puso de nuevo en pie y se acercó a mí, abrió su pequeño bolso de tela, sacó un paquete de pastelillos de judías rojas y me lo tendió. Yo no salía de mi asombro. Arigato, arigato gozaimasu, repetía una y otra vez mientras me apretaba con fuerza las manos, sin temor a invadir mi espacio personal. Me habría gustado decirle muchas cosas en ese instante, pero todo lo que pude articular en mi precario japonés fue un “Corra, señora, corra, no se le vayan a cerrar las puertas del vagón”.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies