17 feb

Florida

Un día cualquiera.
Sin nada de particular.
Igual que ayer y que mañana.
Te levantas.
Repites de forma mecánica todo lo que has aprendido.
Ducharte.
Lavarte los dientes.
Acariciarle la oreja a tu perro.
Jugar a tu videojuego favorito mientras tu madre te prepara el desayuno.
Saborear las tres cucharadas de ese cacao en polvo que tanto te gusta pero que nunca eres capaz de terminarte.
Luego, corriendo al instituto que llegas tarde.
Y por eso no le has dado un beso a tu madre.
Aunque da igual porque en un rato volverás a verla.
Además, tú ya no tienes edad para andar besando, que eres un adolescente.
Menos a esa preciosidad rubia de tercero b.
A esa sí la besarías.
Si tuvieras los arrestos para pedirle que fuera contigo al baile de fin de curso, claro.
Tío, eres un gallina, te dice tu mejor amigo.
Algún día, le dices tú.
Pero no habrá más días.
Tú no lo sabes, pero tu vida se va a acabar hoy.
En cuanto ese pequeño hijo de puta traspase la puerta de clase y te apunte con su rifle AR-15.
Después, todo se fundirá a negro.
Entiendes lo que eso significa?
Significa que habrás perdido toda oportunidad de pedirle a la chica de tercero b que te acompañe al baile.
Significa que no podrás terminar todo lo que has dejado a medias.
El cacao en polvo.
La partida de tu videojuego favorito.
Significa que no verás más a tu madre.
Ni a tu perro.
Ni a tu mejor amigo.
Y de repente, todos los actos mecánicos de tu corta existencia cobran importancia.
Ducharte.
Lavarte los dientes.
Todo eso es un milagro del que el sucio destino está a punto de privarte.
Así que antes de que eso suceda.
Vuelve atrás un instante.
Vuelve al punto exacto anterior a la detonación.
Y congélalo.
Congélalo porque eso es lo que te llevas.
El pequeño milagro de la vida.
Contigo.
Para siempre.

15 feb

El hombre de ébano

Lo veo todas las mañanas, sentado en la puerta de ese supermercado. Se le distingue desde lejos por el brillo de su piel de ébano y unas piernas largas y finas como las de un antílope; quién sabe si en otra latitud fue un corredor avezado. No obstante, su sello de identidad es la sonrisa asomada a sus labios de forma permanente para acompañar esos buenos días con un ligero acento que no se cansa de repetir. Nosotros, los demás, jamás nos miramos los unos a los otros. Caminamos arrastrando los pies como si la vida nos pesara una tonelada. Siempre desconfiados y circunspectos. El hombre de ébano y sonrisa franca no pide nada. Se limita a sentarse allí, en la puerta de ese supermercado, libre de la esclavitud occidental del tiempo y el espacio, permitiendo que el sol le dé en la cara y se vean sus cicatrices. Algunos dicen que es un caradura. Otros, un chiflado. Pero para mí, es un superviviente. La viva imagen de un hombre agradecido.

07 feb

El milagro del librero

El otro día, de casualidad, descubrí una pequeña plaza oculta entre el vertiginoso enjambre de calles y avenidas de la ciudad. Una especie de oasis de paz en mitad del caos de la jungla de asfalto. El lugar invitaba a quedarse y así lo hice. Deambulé sin prisa observando la arquitectura regia de otra época, los plataneros perfectamente podados, la extrema pulcritud del pavimento, las terrazas de los gastrobares, dispuestas con orden y concierto. Observé también a los hombres que jugaban al dominó en tiempo detenido, a los que discutían de política sin alzar la voz entre trago y trago de una noble copa de jerez, a los espíritus solitarios que leían el periódico con los dedos manchados de tinta. Una señora arreglada como para ir a misa con la que me crucé deslizó la mirada hacia el cochecito del bebé y me dedicó una sonrisa de aprobación. Las perlas de su collar refractaban la luz del sol invernal y tuve que dirigir la vista hacia otro lado para no quedarme ciega -espero que la buena mujer no pensara que estaba siendo una maleducada-. Fue entonces cuando divisé una minúscula librería en uno de los laterales de la plaza apenas perceptible a primera vista. Movida por la curiosidad, me acerqué y eché un vistazo a través del cristal del escaparate. No había oído hablar en mi vida de ninguno de los libros allí expuestos y algo se encendió en mi cerebro, una especie de clic, como una detonación. Con pasos titubeantes, abrí la puerta y entré. La madera del suelo crujía bajo mis pies. Olía a cera para muebles y a libros nuevos, acaso el olor más agradable del mundo, después del de los crêpes de chocolate. Un tipo con pajarita y chaleco de franela se me acercó. Deduje que era el dueño porque no había nadie más en el establecimiento y porque tenía el clásico atractivo algo desfasado de los libreros. Me sonrió y me preguntó si podía ayudarme. No lo sé, puede?, respondí presa de una repentina necesidad de empatía. Usted tiene pinta de querer que la entiendan, me dijo con gran aplomo. Se dirigió a uno de los estantes y regresó al cabo con un libro en las manos. Diario de un ama de casa desquiciada, de Sue Kaufman. Será una broma, le espeté enarcando las cejas con consternación. Hagamos una cosa, repuso él sin perder la serenidad, llévese el libro y léalo. Si al terminarlo, siente que por fin alguien la entiende, vuelve y me lo paga. Si no, considérelo un regalo, aunque de todos modos me gustaría conocer su opinión. Reconozco que tuve ciertas reticencias al principio, pero acabé accediendo a la inusual petición de aquel hombre. Hoy, cuatro días después, debo volver a esa minúscula librería con olor a cera y suelo de madera que cruje para pagárselo. Yo no sabía que un librero fuese capaz de mirar a alguien a los ojos y determinar qué necesita leer para aplacar su aflicción. Pero ya ven, los milagros no sólo existen en la ficción.

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