21 oct

Invisibles: Amina (Parte Dos)

527 días.

Es el tiempo que Amina pasó retenida contra su voluntad en los bosques de Sambissa, al nordeste de Nigeria.

Pero no estaba sola. Junto a Amina, había muchas más chicas.

La pesadilla había comenzado algo más de un año antes, la noche de un fatídico 14 de abril, cuando un grupo de hombres con el rostro cubierto irrumpió a punta de metralleta en el colegio femenino de Chibok en el que estudiaba Amina. Primero, masacraron a los guardias de seguridad. Después, se colaron en los dormitorios de las chicas y las cargaron por la fuerza en camiones que las llevarían a un destino incierto, en algún lugar de la selva. En ese momento, en la escuela había cerca de 300 chicas de varias aldeas cercanas.

Todas fueron secuestradas.

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14 oct

Invisibles: Aisha (Parte Uno)

Aisha tiene 8 años y vive con su padre y sus dos hermanos mayores en la pequeña aldea rural de Jaryi, en el interior del Yemen. Todas las mañanas, Aisha se despierta nada más arrancar el alba y ordeña la vaca de su padre. Después, hierve la leche y la vierte en cuatro cuencos de madera, mezclándola con unos pocos trozos de pan duro del día anterior. A Aisha no le está permitido comer en la misma habitación que los hombres, y aunque le entristece tener que hacerlo sola, en el fondo se siente agradecida por tener una familia que la protege y vela por ella.

Como tantas mujeres yemeníes, su madre murió en el parto, a los 21 años de edad. A pesar de no haberla conocido, Aisha sabe que era muy hermosa, porque conserva una vieja foto de ella que besa todas las noches antes de irse a dormir. Aisha está convencida de que su madre la protege, allí donde esté.

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07 oct

El bloqueo

Odiaba escribir, pero adoraba haber escrito

Cuando terminó el capítulo, se sintió aliviado. Había pasado las últimas 136 horas sumergido en la escritura de lo que consideraba la parte más importante de la trama. Para entonces,  el mundo había dejado de existir, la barba le picaba de forma preocupante y los surcos bajo sus ojos habían adoptado el intenso tono oscuro del azabache. No tenía nada en la nevera, salvo una botella de vodka que se bebió a palo seco y sin contemplaciones.

Creyó que se lo merecía.

Después, se desplomó como un saco de patatas, balanceado por el sopor etílico, hasta que el sueño lo venció y se quedó dormido en el suelo, con un gesto de satisfacción dibujado en los labios entreabiertos.

Pero no siempre había sido así.

El escritor no solía dormir. Ni mucho menos, sentirse satisfecho.

 

136 horas antes

En el cuarto intento, pensó que era un fracasado.

Mucho antes de eso, había hecho lo que hacía cada mañana: Se había despertado en el lado izquierdo de la cama a las siete en punto; se había preparado un café americano con tres gotas y media de edulcorante; y se había fumado un pitillo en el balcón antes de sentarse frente al portátil.

Exactamente lo mismo que hacía cada mañana. Era un escritor de costumbres.

Pero aquella vez, aunque era igual a las otras, fue distinta.

Aquella vez, las palabras daban vueltas en sus dedos y se quedaban atoradas en las teclas. Las agujas del reloj corrían y el insistente parpadeo del cursor no hacía más que recordarle que la hoja seguía en blanco.

Primero inspiró.

Luego trató de darle sentido a aquel caos y se obligó a escribir una frase.

Dos frases.

Tres.

Cuando releyó aquello, le pareció dolorosamente absurdo y desprovisto de estilo. Así que lo borró y volvió a intentarlo.

Y en el cuarto intento, pensó que era un fracasado.

 

Miedo

Al principio, creyó que lloraba de rabia, pero después se dio cuenta de que estaba aterrado.

Se suponía que aquella era la parte más importante de la trama.

La parte en el que se mediría su talento.

Y sin embargo, no era capaz de escribir.

Porque no tenía talento.

O sí.

El problema era trasladar al papel lo que acontecía en su mente.

El olor.

El color.

El sabor de lo que acontecía en su mente.

No había palabras lo suficientemente precisas. O quizás sí, pero él no lograba encontrarlas. Y eso lo atormentaba, porque tenía miedo de ser mediocre.

Tenía miedo de contar lo mismo que ya habían contado otros.

Tenía miedo de no ser recordado.

Y como creyó que ya era demasiado tarde, decidió que no volvería a escribir jamás. Lloró mucho y mucho rato, como si le hubieran extirpado el alma.

Después, cuando hubo agotado todas las lágrimas, se sentó de nuevo frente al portátil y deslizó los dedos hacia el teclado.

Odiaba escribir, pero adoraba haber escrito.

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