27 may

Ana. Peso muerto

Cuando la besé en las mejillas, sus pómulos cadavéricos golpearon mi rostro sin ninguna compasión. Tenía la mirada diluida en una tristeza exageradamente manifiesta y los dedos pelados y amarillentos.

-Es por los vómitos -dijo con una sorprendente naturalidad, extendiendo las manos para que pudiera observarlas mejor.

Llevábamos meses hablando a través de las redes sociales y habíamos quedado en una céntrica cafetería de Barcelona para conocernos por fin. Bueno, no. Fundamentalmente, era ella quien hablaba; yo me limitaba a escuchar.

Ana me había contado que estaba enferma desde hacía más de 20 años y en el preciso momento en que la vi de frente, me di cuenta de que llevaba escrita esa enfermedad en cada vértice de su cuerpo.

-No sé qué aspecto tengo. Tendrás que disculparme si estoy despeinada. No acostumbro a mirarme en los espejos -dijo.

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20 may

Senectud

Llegaba tarde a la que sería mi primera entrevista de trabajo en muchos meses. Como siempre, había salido de casa con el tiempo justo, así que tocaba correr. De camino al metro, decidí atajar por una callejuela por la que no acostumbraba a pasar. Estrecha, polvorienta, y oscura. Circundada por bloques de pisos con la pintura de las fachadas desconchada y el aire decrépito de las antiguas ciudades dormitorio. El tipo de calle que uno siempre tiende a evitar, sea la hora que sea. Miré el reloj y aceleré el paso. Joder, que no llego, me dije sintiendo cómo la ansiedad me colapsaba poco a poco los pulmones.

Entonces la vi.

Era tan poquita cosa que no había reparado en ella hasta que la tuve tan cerca que prácticamente pude olerla. Olía como huelen las habitaciones que llevan mucho tiempo cerradas; como el jabón de antes; como el paso del tiempo. Olía a una agridulce antigüedad. Caminaba muy despacio, encorvada, sin apenas levantar los pies del suelo, arrastrando un destartalado carrito de la compra contra el que luchaba exangüe, como si supiera de antemano que esa batalla la tenía más que perdida. Se detuvo frente a un portal, sucumbiendo al gran esfuerzo que parecía suponerle la propia vida, y con la mano trémula se palmeó el bolsillo de su vieja bata de algodón a cuadros en busca de unas llaves que acabaron en el suelo antes de contar hasta cinco. Vi cómo peleaba contra su más que probable artrosis, tratando de doblar las rodillas sin ningún éxito, con una mueca de dolor, pena o tal vez rabia, quién sabe, compuesta en su gesto. Vi cómo intentaba superar en vano el abismo que se interponía entre su frágil cuerpercillo y aquel suelo lejano que parecía extenderse hacia las mismísimas entrañas de la Tierra. Y vi cómo ese mismo suelo traidor acababa atrayéndola hacia sí como un imán, y a su carrito de la compra, como estocada final.

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11 may

Una charla con Fernando Berlín

Al principio me costó reconocerlo. Estaba tan acostumbrada a sus eternas monturas negras de pasta y a ese estilo sobrio de vestir que suele llevar en televisión, que no caí en la cuenta de que era él hasta que un revelador rayo de sol iluminó su espesa cabellera castaña. De forma casi premonitoria, despegó la vista del ejemplar de El País que estaba leyendo, dirigió sus ojos marrones hacia mí y una amplia sonrisa se dibujó en su boca.

-¿Y esas gafas? -pregunté acercándome a él.

-¿No te gustan?

-Mmm… -fruncí los labios calibrando la respuesta- No están mal; el rojo te sienta bien.

-Anda, tardona -dijo con cariño. -Siéntate.

-Lo siento -me excusé-. El tráfico; ya sabes.

Era sábado. Los fines de semana no había programa, y a no ser que alguna bomba informativa de ultimísima hora requiriese de su imperativa presencia en una u otra tertulia televisiva, a Fernando le gustaba coger el Ave de vez en cuando y venirse a pasar la mañana a Barcelona. Solíamos sentarnos en la céntrica y por lo general soleada terraza de la cafetería Sherwood, en Plaza de Sants, desde la que nos entusiasmábamos arreglando el mundo como dos chiquillos llenos de ilusiones.

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04 may

Una conversación en la frutería

-¿A cómo va el tomate, Pepe?

-A 4, 90 el kilo, Don Francisco.

-¡¿A 4,90?! Pero bueno, ¿es que los has lavado con agua bendita o qué? ¡Me cagüen la mar, qué caros!

-Hombre, Don Francisco, que son de proximidad, de un huerto de aquí, al ladito de Mataró…

-Por mí como si son del huerto de la mismísima Moncloa, Pepe.

-¡Ay, qué gracioso es usted, Don Francisco! De ese huerto me da a mí que no salen más que manzanas podridas.

-Hombre, no te pases, Pepe, que en ese huerto, como tú dices, ha crecido el mejor presidente que ha tenido España en toda la historia de su democracia.

-¿Quién? ¿Zapatero?

-¿Zapatero? Mira, porque los tomates esos de Mataró o de dónde cojones sean son muy caros, que si no, te los tiraba ahora mismo a la cara. Anda, echa ahí un kilo, pero no me los pongas muy grandes que luego la mestressa me echa la bronca.

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