27 abr

Follen, amigos, follen

En esto que abro el Facebook y veo que un conocido me ha etiquetado en un vídeo.

En esto que me da por leer el titular, que reza, “Una pareja pillada practicando sexo en el metro de Barcelona” y me pica la curiosidad. Porque reconozcámoslo; es oír la palabra sexo y empezarle a uno a picarle todo.

En esto que le doy al Play, y a pesar de la pésima calidad del vídeo que algún curioso ha tenido a bien hacer con su móvil -por cierto, señor curioso, si me estás leyendo, la próxima vez, el vídeo en horizontal. Gracias-, me encuentro con una pareja que está ahí dándole al bombeo en pleno andén de la estación de Liceo. Sin escrúpulos. Sin vergüenza alguna. Sin que parezcan ser conscientes de que hay docenas de personas observándolos. Haciéndoles fotos. Riéndose, los muy cretinos. Como si el sexo provocase hilaridad. Como si a todos esos meapilas que se sonrojan mientras tuercen una decorosa sonrisa de soslayo no se les hubiera puesto dura al ver la escena. Y encima en directo. Sin tener que pagar un duro por un asiento en primera fila en la sucia cabina de algún Peep Show de barrio. Sin que su mierda de ADSL les joda la última peli porno de Orgasmatrix.com a mitad de la paja.

Leer más

23 abr

Escribo, luego existo

Era el día que más me gustaba del año. Más que Navidad, más que el primero de mayo, o incluso, más que ese ansiado día en que apagas el portátil a toda mecha para largarte de vacaciones lo más lejos posible. Pero ese día, Barcelona estaba tan bonita, con sus balcones modernistas engalanados de rosas rojas y todas esas banderas que bailaban caprichosas al viento, reivindicando por una vez nada más que el amor por una tradición, que me parecía la ciudad más hermosa del mundo y me olvidaba de todos sus defectos.

Era de esos días en que inusitadamente, el jaleo y la gresca no me molestaban; a mí, que suelo detestar las aglomeraciones. Por el contrario, me parecían encantadoras las gitanas de larga melena azabache recogida en un un moño y ojos negros como el carbón que me paraban en cada esquina, con sus mandiles de improvisadas vendedoras de flores, y me decían eso tan gracioso de “¡Mira qué rosa guapa tengo, nena, do’ euro’ na’ ma’. Llévate una nena, pa’ tu mae, pa’ tu mae!”. Yo sonreía con los ojos y continuaba con mi recorrido hacia ninguna parte. O hacia donde quisieran llevarme los pies.

Leer más

15 abr

Welcome refugees

“Nadie pone a su hijo en un barco a no ser que el agua sea más segura que la tierra.”  Warsan Shire

Solía pasear todas las tardes por la misma calle. Me había acostumbrado al ajetreo de la principal arteria de aquel barrio de Barcelona y al tedio de sus escaparates. No perseguía nada en particular; tan sólo mover las piernas, que me diera un poco el aire, o encontrarme con algún rostro conocido. Quién sabe.

Pero una de esas tardes en las que nunca pasaba nada más que el tiempo, sucedió algo extraordinario. Había estirado las piernas, me había dado el aire, y aunque no me había encontrado con ningún rostro conocido, decidí permanecer un poco más en la calle antes de volver a casa. En una concurrida plaza en la que los niños acostumbraban a devorar sus meriendas al salir del colegio mientras sus padres charlaban de esto y de aquello, un grupo escaso de personas se había congregado en torno a una pancarta circundada de velas rojas. Me acerqué lo suficiente como para poder leer el mensaje sin necesidad de llamar demasiado la atención. Welcome refugees, leí. Una muchacha de unos 35 años, delgada, demacrada, con aspecto de tener mucho mundo a las espaldas, cogió un micrófono y, con la voz firme pero impregnada de tristeza, comenzó a relatar su experiencia. Decidí quedarme a escucharla, intuyendo que lo que tenía que contar era importante. Que para sería importante. Y no me equivoqué.

Leer más

12 abr

Sherlock Holmes y el enigmático caso de las nuevas elecciones

-¡Ya voy! ¡Ya voy! ¡Válgame el cielo, Holmes! Si sigue aporreando la puerta de esa manera, va a conseguir echarla abajo.

Watson abrió la puerta del 221B de Baker Street y se topó con un Sherlock jadeante y de tez sonrosada.

-¿Ha vuelto a olvidar las llaves Holmes? -inquirió Watson con un dejo de impaciencia en la voz.

-No haga… preguntas…. impertinentes… Watson -contestó Sherlock con la voz entrecortada, mientras se sacaba su invernal abrigo de franela y lo colgaba del perchero que la señora Hudson, la casera, había acomodado convenientemente en el recibidor. -He llamado a la puerta, ergo no llevo las llaves encima. La propia lógica responde a su cuestión -añadió algo más calmado. Subió con presteza las escaleras de dos en dos hacia la sala de estar y se dejó caer exhausto sobre el mullido sillón Chesterfield de piel.

-¡¿Es que no piensa venir?! -chilló exasperado a los pocos segundos.

Escuchó los gruñidos ininteligibles de Watson y sus pasos arrastrándose peldaño a peldaño, y sonrió para sí.

Leer más

08 abr

Una conversación en la pescadería

-¿Cómo te limpio la lubina, nena?

-Pues no sé, tú eres la experta. Es para hacerla a la plancha.

-Entonces te la corto a filetitos y te dejo las escamas para que no se te quede pegada a la sartén, ¿eh, reina?

-Tú sí que sabes, Mariví.

-Hija, qué remedio. Son muchos años en el oficio.

-Y qué oficio tan complicado, ¿verdad?

-¿Cuál? ¿El de pescadera? ¡Que va a ser complicado ni complicado! Complicado es gobernar un país; esto sólo es práctica.

-No estoy muy de acuerdo, Mariví. Mira cómo estás eviscerando a ese pobre pez, con más precisión que un cirujano. Ya le gustaría a Rajoy ser la mitad de diestro que tú.

-Uy, a ése ni me lo mentes. Que últimamente me tiene de un contento…

-A ti y a media España.

Leer más

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR