27 ene

La triste vida de una yonki del Like

Me llamo Carmen, y soy una yonki del Like.

¡Bienvenidaaaaa Caaaaaaarmeeeeen!

Llevo exactamente 1 minuto y 36 segundos limpia, sin consultar las notificaciones de Facebook.

¡Bravo Carmen, así se hace!

No, no, no cantéis victoria todavía. Os tengo que confesar que ahora mismo me están picando horrores los dedos de las ganas que tengo de echarle mano al móvil y darle a la dichosa bolita esa del mundo -sí, yo también pienso como vosotros; a esa mierda de bolita la carga el diablo-,  así que si en algún momento veis que se me van las manos al bolsillo, por lo que más queráis, impedídmelo.

¡Ánimo compañera, querer es poder!

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25 ene

15 cosas que no molan nada (pero nada, nada) del trabajo

    1. El lunes.  Uff, el lunes. El lunes es el día chungo de la semana por antonomasia. Es tan chungo, pero tan chungo, que todavía no entiendo cómo es que no lo marcan en rojo en el calendario en vez del domingo. El lunes siempre estás de mala leche. Y es lógico. A nadie le hace gracia volver a la cruda realidad de los e-mails sin responder, las broncas del energúmeno de tu jefe o esas presentaciones que nunca acaban de estar bien, después de haber estado dos días tirado a la bartola.
    2. El metro en hora punta. Todo un clásico. Debería haber ya una ley que prohibiera semejante atentado contra los sentidos. El niñato swager de turno oyendo su Ya tu sabe’ mamita a toda ostia en el móvil; esos jubilados que compiten en voz alta -tan alta que parece que se hayan tragado un altavoz, los jodíos– por ver cuál de los dos tiene más achaques, la choni ultra maquillada y ultra perfumada que masca chicle como si hiciera algún tipo de ejercicio antiaging, el rifugiato della Rumania y su coñazo de acordeón, las universitarias de primero y sus risitas a lo “jo tía tía jo,  es que no he estudiado pero nada, nada, nada”, o ese comercial motivado que empieza la ronda de llamadas de su jornada en el metro, con ese mítico monólogo “¿Me oye, señor Sánchez? ¿Señor Sánchez? ¿Me oye? ¿No me oye?”. ¡No, no te oye soplapollas! ¿No ves que estás en el metro y no hay cobertura?
    3. El café de la máquina del curro. Supongo que lo de llamarlo café es una especie de pacto tácito que hemos asumido entre todos, porque ‘Dame-veneno-que-quiero-morir’ ya estaba pillado por Los Chunguitos.
    4. Que en tu trabajo tengan capado el Facebook y el Twitter. Un auténtico drama, vamos. No porque eso signifique que no puedas entrar en todo el día a ver cuántos de tus amigos le han dado Like o RT a las chorradas que te dedicas a postear. Sino porque si quieres estar al tanto de todo lo que se cuece en las redes -y tienes la obligación de hacerlo o serás un looser- vas a tener que conectarte desde tu móvil, así que prepárate para fundirte los datos antes de que se haya acabado la primera quincena del mes.
    5. Que tu jefe te añada al Facebook. NO, NO, NO. Bajo ningún concepto puedes tener a tu jefe agregado a tu Facebook. Tu jefe no es tu amigo. Tu jefe es ese cabrón que finge que te paga mientras tú finges que trabajas. No quieres compartir con él las fotos de la bochornosa borrachera del sábado en las que algún monger con menos luces que una lancha de contrabando te ha etiquetado. Ni quieres que sepa que hace 5 años fuiste gótica; hace 4, rapera; hace 3, mormona; hace 2, hipster, y ahora, su empleada.
    6. Que tu jefe esté descaradamente bueno. La peor de las tragedias, sin duda alguna. Desde ya te aconsejo que rechaces trabajar en empresas en las que el jefe tenga mejor físico que un actor de Hollywood, porque la cantidad de horas que vas a pasar mirándolo embobada es inversamente proporcional a la cantidad de horas que vas a currar de verdad. Y no hace falta que te diga que a las niñas vagas las acaban enviando derechitas a la cola del INEM, ¿verdad?
    7. Las cenas de empresa, sobre todo las que se alargan hasta altas horas de la madrugada. Madre mía, qué peligro. ¿Sabes la cantidad de verdades de las que luego me he arrepentido he soltado yo por culpa de la hiperemotividad etílica? Que sí, que es muy fácil venirse arriba en estos saraos y al tercer gin tonic soltarle a tu jefe una burrada como que no es más que un puto negrero, ahí con toda la confianza del mundo. O el peor escenario de todos. Que acabes tan bolinga que te enrolles con el más pazguato de tus compañeros delante de media empresa. Entre la resaca y la vergüenza, al día siguiente no tienes huevos de presentarte al trabajo, te lo digo yo.
    8. La clásica figura de “el trepa”. Ya sabes, ese enchufado que es el primo de la tía de la sobrina del abuelo de la mujer del jefe, al que, para mayor irritación, tienes que poner siempre buena cara porque es un asqueroso topo corre-ve-y-dile. Por desgracia, estos especímenes abundan en las empresas, tanto en su versión femenina como en la masculina, y son fácilmente reconocibles por una inutilidad integral que extrañamente los lleva a ascender mucho más rápido -y a mejor precio- que tú.
    9. Los motivados plastas que hablan de trabajo fuera del trabajo, cuando a estas alturas de la vida todo el mundo ya debería saber que fuera del trabajo sólo está permitido hablar de trabajo si es para rajar del personal.
    10. Esos minutos de postureo y obligado cumplimiento al acabar la jornada para que luego nadie pueda acusarte con resquemor de aquello tan español de “Vaya jeta que tiene el Fulanito; todos los días se le cae el lápiz a las 6 en punto.”
    11. Que el puto Windows -porque no tiene otro calificativo- se ponga a actualizarse precisamente a la hora de darse el piro. La mala leche que me entra a mí con el dichoso mensajito ese de “2 actualizaciones completadas de 358 restantes”, oye.
    12. Esas llamadas telefónicas extemporáneas a las que tu jefe es un gran aficionado, del tipo “Tengo un problema y tienes que venir a resolverlo ahora mismo. No me importa que estés de luna de miel en Honolulú; móntatelo como quieras, pero esto tiene que estar solucionado para ayer”. Nótese que el tono que suele acompañar a estas llamadas S.O.S. es de urgencia extrema nivel riesgo de alerta nuclear. Porque sí, porque en el trabajo, todo, pero absolutamente todo, es urgente.
    13. Que el mamón de tu jefe le pague al cliente una mariscada muchimillonaria en el Botafumeiro, pero que luego te venga lloriqueando con que no tiene ni un puto duro si le pides que te suba aunque sea el triste IPC.
    14. Los guays que lo dicen todo en inglés porque es más cool y más pro. Esos no van a reuniones, van a meetings. Ni preparan diapositivas, sino slides. Y esperan que te sientas free para darles un feedback de su report , a poder ser respetando el timing, porque, For Your Information, el Product Manager ya les ha dicho en el loop del mail que la deadline es inamovible. T’anterao? Pues yo tampoco.
    15. Proactividad, competitividad, rentabilidad y otras muchas “idades” que se repiten 200 veces a diario en el trabajo. Términos muy del post-modernismo laboral ese de “Siéntete en la empresa como en tu casa”, pero que en realidad significan –y por ese orden- “O te pones a currar en serio, o te echo a la puta calle, que hay muchos como tú, y tú me estás costando una pasta”.

 

22 ene

Esto no es serio

Por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a estar de acuerdo con Don Mariano. Y no por su comedida reprimenda al locutor de radio que le llamó haciéndose pasar por Puigdemont. Aunque he de reconocer, muy a mi pesar, que gracias a la broma, a  Rajoy  se le ha visto el plumero, y no sólo hemos descubierto que el presidente en funciones tiene la agenda muy libre y una secretaria un pelín inepta, sino, además, un talante cercano y sorprendentemente dialogante, nada que ver con la hostilidad a la que nos tiene acostumbrados en sus performances de teatrillo de corralas .

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20 ene

Enero visto por un fofisano

Soy un tío corriente, con un nombre corriente -pongamos que Juan, Pepe o Antonio-, con una edad corriente -entre los 30 y los 45-, y una barriga corriente. O al menos eso creía yo, hasta que esta mañana he tenido dificultades para verme la chorra al mear.  De hoy no pasa que te apuntes al gimnasio o no te vas a acercar a una hembra ni pagando, me he dicho contemplándome el buche consternado. Así que he desempolvado las zapatillas de deporte, le he puesto pilas al pulsómetro y me he descargado una de esas milagrosas aplicaciones cuenta calorías, con la firme determinación, esta vez sí, de ponerme como Cristiano Ronaldo.

Dar el paso no ha sido tarea fácil. Yo, que soy más bien de llevar una vida relajada, he tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para no hacer caso a esas vocecitas capciosas que me susurraban “Tú lo que en realidad necesitas es ir a tomarte unas cañas a Los 100 Montaditos” al salir del trabajo. Sí, vale, lo reconozco, casi me dejo engatusar. Pero qué queréis que os diga, yo no tengo la fuerza de voluntad de Son Goku.

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17 ene

Spain is not that different

El español es un espécimen envidioso por definición. Y en cuanto empieza a compararse con los países vecinos, su codicia se acrecienta. Que si los franceses tienen, que si los alemanes son. Pero basta con viajar un poco por ahí y, salvo por algunos oasis de sociedades civilizadas muy al norte de nuestras latitudes, se da uno cuenta de que en Europa tenemos todos la misma mierda: políticos mentirosos y bravucones, calles sucias, transportes que no funcionan y precios por encima de nuestras posibilidades.

 

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