15 Sep

El lector

Volvía a casa de nuestro paseo matinal de rigor cuando reparé en aquel hombre. Tendría unos 60 años, 65 a lo sumo. La tez bronceada, sin tensiones aparentes, y un reciente divorcio del reloj manifiesto en su relajo corporal. Estaba sentado en un banco, solo, sin otra compañía que los rumores habituales de la vida urbana, aunque no parecía que le importara, y sus manos, llenas de historias, sostenían la cubierta de un libro abierto de par en par. Observé la expresión de su rostro mientras leía. La elevación de sus cejas. La conversión de sus labios en una fina línea. El parpadeo compulsivo. Estaba completamente absorto. Ajeno a cualquier otro mundo que existiera fuera de las páginas que acariciaban sus dedos. Entonces supe que esa historia lo había atrapado igual que un niño atrapa a una mariposa. Y pensé que hay cosas mágicas, muy mágicas, que sólo un libro es capaz de conseguir.

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06 Sep

Arbeit macht frei

No tendría que haberme puesto estas sandalias, pensé; hay barro por todas partes.
Había estado lloviendo sin tregua durante las últimas horas. El lodo y la niebla acrecentaban el aspecto lúgubre de aquel lugar. Ciertamente, el clima no acompañaba. Estábamos en pleno agosto, pero la sensación térmica era de noviembre para adelante. Miré al cielo. Los cúmulos de color gris plomizo sin duda presagiaban más agua. Con pasos titubeantes, me acerqué a la entrada. En la parte superior de la vieja cancela que separaba este mundo de aquel podía leerse la inscripción “Arbeit macht frei”. El trabajo os hará libres. Me estremecí. Después tomé aliento y traspasé la puerta. A partir de ese momento, comencé a verlo todo en blanco y negro. En uno de los barracones que todavía quedaban en pie, permanecía intacto tras una vitrina el mejor resumen de lo que había sido el holocausto. Allí se conservaban toneladas de zapatos desparejados. Toneladas de maletas con las direcciones de sus dueños escritas en letra grande en uno de sus lados, acaso esperando ser devueltas a su destino cuando aquello terminase. Toneladas de pelo humano. Toneladas de botones para uniformes militares hechos con piel humana. Toneladas de pijamas a rayas. Y junto a todas aquellas toneladas de horror, millones de fotografías del mismo rostro, una y otra vez. Cabeza rapada. Pómulos huesudos. Cuencas de los ojos hundidas. Malnutrición severa. Mirada perdida. Sueños rotos. Y un número tatuado en el antebrazo. Quizás, lo que más me impactó. Después, en otro barracón, las literas donde los internos se hacinaban a montones junto a las letrinas infectas y las ratas, compartían el último mendrugo de pan rancio entre las mantas raídas y se preguntaban por qué el 2.267 no había vuelto todavía de la ducha. Y más allá, las celdas de castigo, como si estar en un sitio como aquel no fuera un castigo en sí mismo. Habitáculos minúsculos y sombríos por donde calaba el frío invernal en días mucho peores que ese. Me miré las sandalias y al punto tuve ganas de vomitar. Pero retuve la náusea en mi estómago; aún no había visto lo peor. Me quedaba el último barracón, del que jamás regresarían sin saberlo. Las cámaras por cuyas paredes penetraba el mortífero zyklon b que los aniquilaba. Y en la sala aneja, un horno crematorio. En ese punto, tuve que salir al exterior; el olor a muerte allí dentro se me hizo irrespirable. Fuera, observé los raíles de tren que partían el campo de concentración en dos y no pude evitar pensar en todas las personas que habrían pisado aquella misma tierra que se hundía bajo mis sandalias. Sobre todo, pensé en el millón y pico de personas que no pudieron contarlo. Judíos. Homosexuales. Liberales. Diferentes. Y una vez más, miré la inscripción de la vieja cancela de hierro. No es el trabajo lo que nos hará libres, me dije. Es la Historia.

*Auschwitz-Birkenau no sólo fue el mayor campo de concentración y exterminio nazi, sino también el más letal: más de un millón de personas fueron asesinadas tras aquellas alambradas.

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22 Ago

Imagina que fueras un inmigrante

Imagina que vivieras en un país en guerra.
Que han matado a machetazos a tu familia.
A tus vecinos.
A tus amigos.
Que cuelgan a los disidentes políticos del árbol más cercano.
Que no hay trabajo.
Ni prosperidad.
No hay futuro.
Porque no tienes nada que llevarte a la boca.
Eres pobre.
Y eres negro.
No tienes libertad.
Todo lo que tienes es coltán.
Níquel.
Oro.
Crudo.
Y ni siquiera te pertenece.
Porque les pertenece a ellos.
Ellos son blancos.
Y tienes un hoy, porque el mañana en tu país no existe, es incierto.
Imagina ahora que te dicen.
Que te explican.
Que te cuentan con los ojos muy abiertos.
Que, en un lugar remoto, hay libertad.
Dinero.
Comida.
Futuro.
Trabajo.
Paz.
Tú qué harías?
Te irías.
Hervirías por dentro y te irías.
A pesar de los riesgos.
Del largo viaje.
Y de los muros de los dueños blancos del coltán.
Seguro que no perderías la esperanza.
Aunque te quedaras por el camino.
Convertido en polvo y huesos.
Porque en tu oídos seguiría resonando con fuerza una palabra.
Vida.

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06 Ago

La esclavitud estival del cuerpo

Este verano, luce silueta por fin.

Cada vez que paso por delante de un gimnasio, un centro de estética o una tienda de productos dietéticos y veo uno de esos jodidos carteles reclamo, me entran ganas de atiborrarme a donuts. Pero por joder a los evangelizadores de la belleza, básicamente. No sé vosotras, pero yo estoy harta de que se manipule la imagen de las mujeres con pretextos tan absurdos como la salud o esa palabra tan de moda ahora, wellness, porque es mentira. La cosa no va de salud. Va de etiquetarnos, como siempre. Y no. No hay que tener curvas para ser una mujer de verdad, ni caber en una talla 34 para sentir que no le debemos nada al mundo. No se trata de eso. La auténtica feminidad no tiene nada que ver con la forma de nuestros cuerpos, por muchos siglos que nos lo lleven vendiendo así. La feminidad va de comprensión, de las redes que sólo nosotras sabemos tejer, de sororidad, de fuerza. Y los cánones estéticos de los que todas somos/hemos sido víctimas, un envoltorio bonito, pero falaz, efímero, debilitante, aprisionador. No tenemos por qué pedir perdón por el cuerpo que la naturaleza y la genética nos han otorgado. Gruesas o delgadas, qué más da si parece que siempre va a ser demasiado, que nunca va a ser suficiente. Yo sin ir más lejos, bailo entre la talla 40 y la 42. Tengo cartucheras. El culo redondo como una plaza de toros. Unos muslos que se rozan constantemente cuando camino en pantalón corto. Y ni os cuento qué tetas se me han puesto desde que soy mamá. Y qué? Acaso estoy condenada al ostracismo por ello? Acaso se creen en los gimnasios, los centros de estética o las tiendas de productos dietéticos que voy a salir de mi casa envuelta en un burka? Que me voy a negar a mí misma el placer de sentir en mi piel las olas del mar este y todos los veranos que tengo por delante? Luce silueta una mierda. Yo no quiero lucir silueta. Quiero vivir la vida sin complejos que para eso es de un solo uso. En verano y en invierno.

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04 Jul

Desmemoria histórica

Vale, esto es verídico. Existe un bar en algún punto remoto de la meseta castellana que parece más un parque temático del franquismo que una casa de comidas. Entre sus atracciones, una carta que incluye delicias como gazpacho fusilado o chuletas del Valle de los Caídos, una enorme bandera preconstitucional junto a un cartel que reza “Está usted entrando en zona nacional” y que hace las veces de recibidor, paredes colmadas de imaginería facha, y la constante cantinela de vítores nostálgicos entre su casposa clientela. “Viva España, una, grande y libre!”
Me pregunto qué pasaría si en Alemania, por ejemplo, a algún tarado le diera por vender chucrut del guetto o salchichas gaseadas. Supongo que no tardarían mucho en condenarlo por un delito de apología nazi. Y es que en ese país, donde sí ha habido justicia y reparación, se toman en serio su historia. Imagino que por aquello de no repetirla.

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